El ingreso en prisión del secretario de Organización del PSOE, Santos Cerdán, sacude de lleno a la política. No es solo el PSOE el que va a sufrir las consecuencias de uno de los mayores escándalos.
Cohecho, organización criminal, tráfico de influencias y un auto que lo manda directo a prisión con sospechas de un botín que puede superar los cinco millones de euros.
Son los ingredientes de un escándalo que, a pesar de tener un origen concreto, salpica a todos, es malo para la acción política de todo el país, para la creencia de una sociedad a la que se le pide el voto y se le solicita que confíe.
Es complicado, cada vez más ante escándalos que no respetan nada y que son propios de un guion para otra película de la saga Torrente.
Las mentiras hasta el último momento, la indiferencia ante lo que se va descubriendo, incluso los intentos por torpedear instituciones como la Guardia Civil y sus unidades de investigación dice mucho de una estructura en la que el ciudadano debe creer.
Feijóo pide la dimisión de Sánchez y la convocatoria de elecciones. Es como el niño a quien le acaban de entregar el regalo de Reyes y tiene que afanar los últimos días de vacaciones. Igual.
La entrada en prisión de Santos Cerdán va más allá de esas salidas facilonas en un partido que busca aprovechar los escándalos obviando los suyos propios. Ese gesto supone algo mucho más grave como es la desestabilización de los pilares sobre los que se sostiene una acción política que debe ser transparente.
Que puedan producirse este tipo de situaciones evidencia un daño brutal a nuestra democracia.
El daño a las instituciones es brutal. Ya se ha hecho, pero las consecuencias serán aún peores.






