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New Zulú Time

Por Germinal Castillo
11/01/2026 - 07:24
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Imágenes cedidas

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“A” tiene “algo” y no se lo quiere dar a “B”.

Como “B” insiste y comprueba que “A” no se deja ni engañar ni cede, “B” emplea la fuerza bruta.

Resultado: B le quita, mediante la guerra, ese “algo” a “A”. Mientras, las demás letras apenas osan moverse del sitio que tienen asignado en el alfabeto. Esta paráfrasis tiene su origen en la novela “El oso y el dragón” de Tom Clancy.

Tom Clancy (1947-2013) es un escritor de muchísimo éxito, con millones de libros vendidos y varias adaptaciones al cine con películas y series que han pulverizado las audiencias, e incluso con videojuegos de estrategia bélica.

Su primera obra la encontré por casualidad en una noche de temporal de Levante y una larga espera en el puerto de Algeciras. “Tormenta roja” recrea, con precisa exactitud, un conflicto armado a gran escala, en los años ’80, entre los países de la OTAN y las tropas del Pacto de Varsovia (equivalente de la OTAN en territorio soviético). La causa, el petróleo.

Muy bien escrita y mejor documentada, esta novela fue toda una revelación. Con ella, Clancy se fue haciendo un hueco en el mundillo de la ficción bélica.

Luego vendría “Juego de Patriotas” y su tercer libro fue el que, definitivamente, lo propulsó a la fama, y a algo más.

“A la caza del submarino rojo”, que en España se tradujo como “A la caza del octubre rojo”, se transformó en un hito en el ambiente literario y militar y ello al margen de la película del mismo nombre que protagonizaron Alec Baldwin y el magistral Sean Connery.

Muy bien detallada, está seguramente basada en hechos reales, tanto que algunas fuentes apuntan a la deserción, en bloque, de la tripulación del submarino soviético K-129 a finales de los años ‘60. Sea como fuere, la novela resultó tan impactante en círculos militares y de inteligencia que Clancy pasó a ser consultor externo de la Casa Blanca. Ahí es nada.

La obra de Clancy es, en realidad, una saga que relata la ascensión de un analista de la CIA, doctor en Historia, Jack Ryan, hasta lo más alto del poder norteamericano. Muy bien documentado y mejor informado, el de Baltimore sabe cómo llevar al lector por los vericuetos de las agencias de información y las tropas de combate en los diferentes teatros de guerra.

Tanta es su precisión en algunos temas castrenses que, desde el Pentágono se llegó a sospechar de la existencia de filtraciones hacia el escritor. No solamente era exacto en sus descripciones de los ingenios de guerra, sino que imaginó dispositivos que, a la sazón, eran reales y ultrasecretos y, por lo tanto, nadie podía conocer.

Visionario, Clancy anticipó el ataque a las Torres Gemelas en su libro “Deuda de honor”, aunque aquí el avión de pasajeros se estrella contra el Capitolio, terminando con el poder ejecutivo y legislativo a la vez. De la misma forma, ideó una fuerza de combate que libraba batallas en las redes protegiendo al “mundo libre” y que fue, sin lugar a dudas, otra anticipación en toda regla.

Pero poco a poco, el que tenía como fan a Ronald Reagan, fue derivando en una línea editorial cada vez más neoliberal y militarista. Situó siempre a EE.UU (Noblesse oblige) como el eje central del mundo del bien, el gendarme del planeta y el objetivo de todas las malas malísimas de este mundo. Esa vertiente neocon, y adepta de la doctrina del shock y hasta fascistoide en algunos momentos, no produce en ningún momento la pérdida de un ápice de interés en Clancy como escritor de novelas de este estilo.

Con Clancy aprendimos milimétricamente el funcionamiento de un submarino, las armas que se cargan en un F16, los secretos del radar y del contraradar o el complejo desarrollo de los juegos de poder en las sombras, semi sombras o a plena luz.  Un maestro de la intriga militar y diplomática.

Como no, también aprendimos de la existencia de la UTC (Universal Time Coordinated), esa medida hora que, basándose en el horario de huso horario de Greenwich (UTC+0), permite tener una referencia horaria común.

¿Pero qué tienen que ver la UTC y las bélicas novelas de Tom Clancy? Pues que la UTC permite que todas las fuerzas (terrestres, navales y aéreas) tengan un mismo horario, independientemente del lugar donde se encuentren.

Esa medida del tiempo, que se emplea también en la navegación comercial aérea y marítima, posibilita, por ejemplo, coordinar una operación desde diferentes puntos del globo, sin que importe, para los distintos intervinientes, su posición alrededor de la Tierra y la hora real en ese lugar.

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Es lo que se denomina, en medios castrenses, la “HORA ZULÚ”. La hora universal militar.

Y en esas estamos.

2025 nos pareció convulso, y todas, al arrancar del calendario la hoja del 31 de diciembre, esperábamos un 2026 de forma algo más sosegado. Pero no, Trump Imperator, sus chicas del Pentágono y las del Departamento de Estado tenían otros planes, tanto para el 2026 como para nosotras. Y vaya planes.

En un arranque de pseudodefensor de la Democracia, cual Capitán América (pero sin estilo, ni carisma) contra las malas malísimas, al Trump Imperator le dio un arrebato de querer salvar a Venezuela de las garras del dictador Maduro, secuestrándolo.  Porque yo lo valgo.

En un encendido mensaje tuitero de los suyos, anunció querer librar a las venezolanas de una sociedad podrida por la corrupción. Y aquí acabó el cuento, claro, porque lo único que realmente le interesaba era el petróleo. ¿O no?

La verdad es que no se entiende como pueden causar, ahora, tanta sorpresa las falsas afirmaciones de Trump Imperator.  Como datos ilustrativos, recordar que, el periódico británico Daily Mirror realizó un control exhaustivo (Fact Cheking) de uno de sus discursos del pasado mes de diciembre. Los datos son brutales: una mentira cada 22 segundos en un discurso de 18 minutos. El Washington Post también hizo un Fact Cheking del primer mandato de Trump Imperator y los resultados son aún más impresionantes. Según el Post, el que tiene a Abascal como uno de sus fieles amigos lanzó treinta mil falsedades durante cuatro años. Es decir, veintiuna al día.

Al más puro del que estuvo a su servicio como estratega de la Casa Blanca, Steve Banon (ver la “Banonización de la política” en el blog H2SO4), fue el autor de aquella mentira salvaje en campaña electoral contra Kamala Harris afirmando que en, Springfield, las migrantes haitianas se comían los perros y los gatos de los habitantes de esa ciudad del estado de Ohio. Obviamente se desmintió, pero su porquería quedó. Es más, preguntados los portavoces de Trump por la producción de tantas mentiras por parte del presidente USA, éstos contestaron que Trump Imperator basa sus afirmaciones en “hechos alternativos”. Qué asco.

Volviendo al tema que nos ocupa, surge directamente una pregunta bañada en ácido puro: ¿Con estos antecedentes, qué podía salir mal en el tema Venezuela? (Nótese la ironía).

Eso sí, apuntar que la misma culpa tiene Trump Imperator como quienes jalean de forma nauseabunda y aplauden hasta con las orejas sus acciones de pirateo y sus mentiras. A la dueña del negocio siempre hay que tenerla contenta.

Por eso mismo, las que, de pronto, se quisieron olvidar de los aranceles norteamericanos contra el campo español, buscaron afanosamente un sitio al sol de la Casa Blanca y valentía democrática. Alabando el vuelo de los helicópteros y la fuerza quirúrgica de los Delta Force, elevaron al olimpo de la libertad a una Administración que acababa de pisotear (una vez más) el derecho internacional. Tanto es así, que portavoces de su Administración se han descolgado con “la ONU no tiene ni puta idea de nada” o “somos una superpotencia y con el presidente Trump nos vamos a comportar como tal”. Con un par.

Pero, si a estas alturas del partido alguien todavía cree que con Trump pueden llegar a funcionar los cauces institucionales “normales”, debe señalarse que ha afirmado que no necesita el Derecho Internacional para nada y que, para sorpresa de nadie, se guía por su moralidad y por su mente. El programa promete.

Que Maduro, y las que formaban su podrida corte, eran tiranía pura es algo que no admite dudas. Que los bombardeos y el secuestro del que falseó las elecciones de Venezuela no iban a significar el fin de una dictadura, tampoco albergaba sospechas.

Pero aquí, las que se desgastaron en alabanzas hacia Trump  Imperator reivindicaron, al mismo tiempo y con razón (todo sea dicho), la figura de María Corina Machado como la política elegida para patronear la transición hacia un estado creíble.

La adoración pública y desaforada al líder del mundo libre norteamericano duró lo que la república catalana de las independentistas de Puigdemont, las “Falange de la Junts”, como las califica con acidez el presentador de “Hora Veintipico”, Hector de Miguel. Es decir, aquello fue un suspirito. Ni Corina, ni nadie más. Aquí sólo vale lo que dice y hace Trump Imperator. Y punto en boca.

Después del bochorno, todas han procurado desandar el camino con más o menos acierto. Apuntar, que, para tranquilidad de todas sus fans algo desubicadas, a Trump Imperator ni le importan las palmaditas en la espalda de sus súbditas de provincias, ni sus críticas. Él está a otra historia.

En Palm Beach, desde su mansión de Mar-a-Lago (que Naomi Klein llamó el parque temático de las super ricas) el presidente estadounidense juega a rediseñar el nuevo orden mundial, su nuevo orden mundial. Y no repara en medios.

¿Qué hace falta dejar en el poder a Delcy Rodríguez y al mafioserío venezolano para lograr el objetivo? Se así sea.

¿Que las calles de Venezuela continúan siendo patrulladas por hordas de policías paralelas que viven de la extorsión? Que continúe.

¿Que el pueblo venezolano pasa hambre? Nada de todo esto es el problema de Trump Imperator, que ha hecho, de la ahora presidenta Rodríguez, su Trujillo venezolana. Sin despeinarse, oiga.

(Recordar que Cordell Dull, Secretario de Estado con Franklin D. Roosevelt, afirmó en 1938 que Trujillo, dictador en Santo Domingo, era “un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Roosevelt volvió a emplear esa expresión para referirse a Anastasio Somoza padre. Toda una declaración de intenciones).

Evidentemente, la noticia de la liberación de algunas presas políticas (concretamente de españolas) no puede ser otra cosa que una enorme satisfacción. En este H2SO4 se opina que bien empleado sería todo el ácido sulfúrico del mundo si se usase para disolver los barrotes de todos los presos de conciencia. Desgraciadamente, en este tema Venezuela sólo es un criminal botón de muestra. Sea como sea, alegría por esas liberaciones al tiempo que exigimos la liberación de las demás. ¡Y ya!

Que Trump mienta ya no es novedad y quizás ahí resida su fuerza. En realidad, parece que el petróleo del ex reino de Maduro no es lo que le preocupa. Infraestructuras en muy mal estado y crudo difícil de extraer hacen una combinación complicada para explotar allí esa riqueza natural. ¿Para qué entonces ese golpe de efecto?

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Seguramente para cortar la expansión china en el hemisferio que la Casa Blanca considera de su propiedad, y también para demostrar quién es el Boss de verdad.

Es la aplicación de la muy cacareada Doctrina Monroe, quinto presidente de los EE.UU. En román paladino significa, “haré todo lo que tenga que hacer para que ninguna potencia interfiera en el continente americano”. Y ya estará todo.

Posteriormente, otro presidente, Theodore Roosvelt, enmendó esa doctrina ampliándola para darle a los USA la posibilidad de intervenir en los asuntos internos de cualquier nación del continente americano si cometían “faltas flagrantes o crónicas”. El patio trasero es del Tío Sam y eso es sagrado.

Mi mañica preferida lo hubiese sintetizado todo en un “intervendré cuando me pase por los cojones”, la diplomacia trumpiana desencriptada en estado puro. Simple.

En realidad, Venezuela no deja de ser una mera anécdota en las actuaciones norteamericanas en la aplicación de la Doctrina Monroe en el continente americano

Comprobemos los golpes de estado ejecutados con el apoyo e impulso de los EE.UU de México para abajo:

-Nicaragua, 1912

-México, 1914

-Cuba, 1952

-Guatemala, 1954

-Paraguay, 1954

-Haití, 1959

-Desembarco fallido en Bahía Cochinos en Cuba, 1961

-Perú, 1962

-Brasil, 1964

-República Dominicana, 1965

-Chile, 1973

-Uruguay, 1973

-Perú, 1975

-Argentina, 1976

-El Salvador, 1980

-Nicaragua, 1980

-Bolivia, 1980

-Haití, 1985

-Panamá, 1989

-Haití, 1994

-Venezuela, 2002

-Haití, 2004

-Honduras, 2009

-Venezuela, 2025

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, y deberá elegir dignidad y libertad frente a servilismo. Eso sí, debe saber que oponerse a Trump Imperator, o a sus palmeras, siempre tiene un coste.

Dos ejemplos.

El juez francés de la Corte Penal Internacional (CPI), Nicolas Guillou, es conocido por haber emitido órdenes de arresto contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu y el ministro de Defensa, Yoav Gallant, ambos acusados de crímenes de guerra.

Mediante la “Orden Ejecutiva 14203, este magistrado ha sido puesto por Trump en la misma lista negra que Hezbollah, Irán, Corea del Norte, Estado Islámico o Al-Qaida, entre otros. ¿Consecuencias? Bloqueo total a servicios norteamericanos como Amazon, Google, PayPal, Apple, Visa, Master Card y un largo etcétera. Y si sus familiares directos fuesen norteamericanos (como es el caso de su mujer y de su hijo) estos incurren en una pena de 20 años de cárcel por no denunciarle al ser un integrante de esa lista negra. Cabe señalar que el caso no es aislado, ya que otros nueve miembros de la CPI están en las mismas circunstancias. Seguid aplaudiendo al amo, malditas.

Siguiente ejemplo.

El semanario alemán Der Spiegel aseguraba, hace unos días, que desde la Administración Trump se estaban preparando sanciones contra las magistradas que, presumiblemente, iban a confirmar la sentencia contra la líder del partido de extrema derecha “Rassemblement National” Marine Le Pen. Ni más ni menos.

El delito de Le Pen es un desvío ilícito de fondos del Parlamento Europeo. La compañera de lucha de Santiago Abascal tiene en Trump Imperator un defensor a ultranza y usted, que ya es grandecita, logrará deducir el por qué.

Pero hay más. La subsecretaria de Estado para la Diplomacia Pública, Sara B. Rogers, ha amenazado al periódico francés l’Humanité con sanciones por difundir noticias falsas, y ello por hacerse eco de la noticia antes citada.

Parafraseando al coronel Willard en la película Apocalipsis Now, que la Administración Trump quiera imponer sanciones por difundir noticias falsas es como poner multas por exceso de velocidad en la carrera de las 200 millas de Indianápolis. Sería de risa si no fuese de miedo.

¿Una más?  Viendo la deriva autoritaria que está tomando Trump Imperator, un periodista le preguntó se si planteaba suspender el “Habeas Corpus”. Respuesta de Trump. “¿Suspender a quién?”. No sabría decir si es ignorancia supina fruto de una panda de indocumentadas intelectuales, o hijaputez en estado puro. No sé, la verdad.

Se ha decretado, pues, la Hora Zulú. A partir de ahora, usted y sólo usted, deberá saber si pone las manecillas de su reloj en sincronía con el poder o si, por lo contrario, quiere dejar de vivir de rodillas. En 1933 eligieron cambiar la hora, propiciando que Hitler se alzase con el poder. Las consecuencias aún las estamos pagando.

En 2026, desde Europa, no podemos votar contra el Trump Imperator, pero dejar sin escaños a sus procónsules de la extrema derecha del viejo continente, sí podemos hacerlo.

La internacional neofascista se está instalando, no diga que no se lo dijimos.

Eso sí, cuando le aprieten los grilletes no nos venga con lágrimas, a los campos de concentración se va llorada.

Nada más que añadir, Señoría.

(Fotos del autor)

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