Hoy no quiero escribir de política. Tampoco sobre problemas o desencuentros. No quiero hacerlo. Es Navidad. Nuestra sociedad parece aparcar por unos días sus desavenencias, sus cuitas y problemas para celebrar conjuntamente una fiesta de paz y fraternidad.
Y sorprende comprobar como, de una forma o de otra, seguimos celebrando la Navidad a través de los siglos al igual que sorprenden lo recurrente de sus elementos y sus símbolos. La comida, el abeto, el Belén o los adornos son acontecimientos u objetos simbólicos comunes a todas nuestras familias y que nos sirven para dar contexto a estas fiestas.
Es un hecho que nuestras sociedades occidentales tienen un gran componente de tradición cristiana que, aún debilitada por el paso de los siglos, por el laicismo predominante y por la necesaria separación de iglesia y ciudadanía, continúa viéndose reflejada en nuestra forma de organizar los tiempos y de celebrar en común. Y ese es el importante papel que ha venido a adoptar la festividad del nacimiento de Nuestro Señor: en la Navidad estamos festejando a la familia, a todos los tipos de familias, como forma básica y esencial de estructurar nuestra convivencia, sin cuya existencia no tendrían sentido las mismas sociedades en las que nos desenvolvemos y desarrollamos nuestras vidas.
La Navidad perdura, triunfa y se ha extendido por todo el mundo porque realmente trasciende su componente religioso así como el aspecto comercial que tanto se critica. Desempeña un papel importante y no solo festivo en el seno de nuestras familias y para los individuos que las componen. Esto es particularmente relevante para los niños: la fiesta de la Navidad marca para ellos la entrada en la cultura familiar, permite la construcción de sus identidades dentro de la familia así como la transmisión de valores a través de las generaciones...
En última instancia, cuando nos preguntamos qué es lo que valoramos más de la Navidad, creo que siempre responderemos que, sin duda, es el hecho de estar juntos. La Navidad sigue siendo la gran fiesta anual de la familia por excelencia, porque reúne a varias generaciones con dos polos esenciales, los nietos y los abuelos. De hecho, cuando estos últimos pueden, son ellos los que reciben a la familia. Es la manera de “ocupar su lugar" y ocupando ese lugar dar sentido a esa pirámide generacional trasmisora de valores , a la familia.
En nuestra ciudad, esta Ceuta a la que tantos vuelven por estas fechas, debo confesar que disfruto cuando unos y otros, musulmanes y cristianos, judíos o hindúes, nos felicitamos la Navidad. Quiero pensar que así compartimos la celebración de la familia, de su esencia y de todos los valores comunes que ello supone. Son deseos sentidos, compartidos más allá de los credos y las tradiciones y que, de nuevo, nos unen por encima de las diferencias.
Que la celebración de la familia, la fraternidad y la paz no sean flor de un día. Que prolonguemos el entendimiento y la comprensión. Que ampliemos nuestra disposición al diálogo y al encuentro. Y que Ceuta sea aquello que nos une.
A todos los que leéis estas lineas, Feliz Navidad.





