Empezamos 2026 atrapados en una especie de día de la marmota. Nada cambia, me temo que empeora. Llevamos 8 muertos en mes y medio. Los desaparecidos no hacen más que aumentar. 8 muertos recogidos en aguas de Ceuta o en el entorno del vallado, porque al otro lado las cifras ni siquiera trascienden.
Normalizar esto es indecente. Como también lo es la nula reacción para poner remedio a una sangría auténtica que tiene como fondo los espigones. No es un problema que Ceuta pueda solucionar, pero lo sufrimos. España debe incluir en eso que llaman hoja de ruta un necesario debate para forzar la búsqueda de soluciones, exigir a quien se etiqueta como “país seguro” que cuide de sus gentes y sus fronteras.
Nadie se echa al mar en un día de temporal porque sí, por gusto. Detrás de esos números hay historias como la de Bilal, un padre de familia que terminó ahogado cuando quiso bordear el espigón de Beliones.
Se han contado tantas historias, se han documentado tantísimos entierros que parece que nos hayamos acostumbrado a que esto forme parte del día a día en una ciudad frontera como Ceuta en donde hay quienes mueren ahogados o de frío.
Así fallecieron los subsaharianos cuyos cuerpos fueron encontrados cerca de la valla.
Muertos de frío, entregados a un sueño que se los llevó para siempre, sin poder ser identificados y sin que sus familias sepan su destino final.
Esto normal no es, tampoco se puede ignorar ni mucho menos transformarlo en rutina. Marruecos no cuida a los suyos, no les proporciona alicientes que eviten que un padre se eche al mar en pleno temporal para mejorar la vida de los suyos.
Si el que quiere ser etiquetado como “país seguro” es incapaz de serlo, otros se lo deben no solo recordar sino también obligar a cumplir con la humanidad exigida para su pueblo.






