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Historias de frontera: el día a día de ‘las muchachas’

Algunas han perdido sus trabajos por las restricciones en el Tarajal. Otras se enfrentan a la ‘advertencia’ de tener que trabajar más días por el mismo dinero si son regularizadas. Unas y otras han hablado con El Faro

Asma cruzaba todos los días la línea que separa Marruecos de Ceuta. Era (ahora ya no) una de esas ‘cifras’ que se esconden en la economía sumergida de la ciudad para atender las labores del hogar de ‘su señora’ a cambio de un sueldo al mes. Las restricciones a pie de Tarajal, convertidas en un pulso de la Delegación del Gobierno a toda una forma tradicional de entender el trabajo doméstico en Ceuta, terminaron con esa labor. Asma esperaba día tras día para poder cruzar. Esa jornada de suerte empezaba a las tres de la madrugada. La imposibilidad de cumplir con el trabajo irregular que prestaba en un hogar del centro de la ciudad le ha hecho perderlo.

Ella no es un caso aislado. Son muchas mujeres las que o bien han sido ‘despedidas’ de su trabajo sin contrato o bien han desistido de intentar cruzar sin éxito una frontera descontrolada a la que ahora se quiere llevar por el buen camino. Lo cierto es que son muy pocas las mujeres marroquíes que gozan de un contrato de trabajo que regule esa función de ama de casa que prestan en Ceuta. Unas 1.300 están dadas de alta, un tercio de la cifra real estimada. El melón abierto por la Delegación del Gobierno para incrementar esas regularizaciones ha hecho aflorar situaciones dispares. La que protagoniza Asma es una, pero El Faro se ha dedicado en las últimas semanas a hablar con las encuadradas en el término de ‘muchachas’ para conocer de primera mano no sólo las circunstancias en las que trabajan sino también cuál va a ser su futuro inmediato en ese proceso de regularización anunciado.

Amina. Tiene 32 años. Aparenta bastantes más. Trabaja desde hace cinco en una vivienda del extrarradio. Tres días por semana: 120 euros, “que no incluye el autobús”, explica. Amina estaba ilusionada con que ‘su señora’ le iba a hacer los papeles. Pero la historia tenía truco. Esos papeles llegarán “pero me ha dicho que es mucho dinero”, explica. Si se los hace, como anima la Delegación, Amina tendrá que venir de lunes a sábado a trabajar por ese mismo dinero: 120 euros. Es el ofrecimiento que se le ha hecho para que ‘sufrague’ el coste de un papeleo que dotaría de legalidad lo que ahora no es. Amina tiene tres hijas, “todas niñas y seguidas... El varón no llega”, sonríe. Los días que no trabaja en Ceuta los dedica a su hogar. El cambio puede que no le resulte rentable.

Bushra. Su nombre significa augurio. Quién sabe si hasta marca unos presagios cumplidos. El pasado mes de diciembre no recibió el dinero de siempre. Muchos días no había conseguido cruzar la frontera del Tarajal a pesar de haberse levantado temprano, haber esperado horas, haber sufrido golpes y empujones, haberse perdido entre los miles de hombres y mujeres que quedaban retenidos en el lado marroquí para pasar. Esos fallos le han sido descontados de la nómina que no tiene. Bushra trabaja en pleno centro de la ciudad. En un hogar en el que hace la comida y lleva a los niños de ‘la señora’ a particulares e incluso los recoge del colegio. Bushra no cobró los 200 euros que se le pagan por trabajar de lunes a viernes desde primera hora de un día que termina cuando convenga. Se le descontaron del sueldo todas y cada una de las jornadas en las que no llegó a tiempo a un hogar en el que lleva años trabajando y teniendo las mismas condiciones. Cuenta, casi justificando la medida, que ‘la señora’ se enfadó bastante cuando se echaba la hora de acudir a un evento oficial y no sabía qué hacer con los niños ni tenía la ropa preparada.

Si estos casos son indignos, más los son algunos contados por estas mismas mujeres a este periódico. Casos protagonizados por féminas del sur de Marruecos que están ‘internas’ en casas de Ceuta en un régimen de semiesclavitud porque viven en esas viviendas en donde pasan noches y días, sin parar, trabajando en todo lo que se les pida, sin marchar a Marruecos salvo las fiestas en las que regresan a sus lugares de origen. Son mujeres humildes, que no tienen familia y que permanecen día y noche, semana tras semana, como guardianes de casas sin contrato alguno y siendo utilizadas para todo. Ellas representan lo peor de un trabajo sobre el que han puesto sus miras las oenegés, exigiendo así que se adopten medidas para finalizar con estas prácticas.

La Delegación del Gobierno emitía una circular para conocimiento de la ciudadanía al objeto de informar de los pasos que deben dar para regularizar a estas mujeres evitando así las restricciones que sufren. Son más de 500 las peticiones presentadas y se esperan muchas más en cuento se incremente el personal de Extranjería para que pueda asumir esa carga de trabajo.

Pero lo que no se pregunta Delegación ni ninguna entidad social es la forma en que se llevará a cabo esa regularización en muchos hogares. Amina lo sabe porque ya se le ha advertido de que cobrará lo mismo pero tendrá que trabajar más. En otros casos las advertencias han sido de otra manera: cobrarán directamente menos, o lo toman o lo dejan. Y ya hay quienes lo han dejado al mostrar su sorpresa ante tal situación. En el fondo no causan problema alguno en hogares en los que ‘las muchachas’ se reponen como objetos de un mostrador de supermercado.

Los salarios percibidos por estas mujeres son fruto de un acuerdo entre las partes y del ‘boca a boca’ entre las propias empleadoras. De hecho hay transfronterizas compartidas por familias que pagan según días: de 20 a 40 euros por estar toda la jornada limpiando, planchando y arreglando las distintas habitaciones del hogar.

Los casos de regularizadas en las que sus sueldos se adecuan al salario de cualquier trabajador son escasos. Y muchas veces el argumento que se utiliza para justificarlo es que “el sueldo que cobran aquí es digno de marqueses en Marruecos”. Pero la diferencia estriba en que esa persona está trabajando en España y no en el vecino país. Los ánimos hechos público por dignificar una costumbre mantenida de generación en generación puede que terminen escondiendo una mayor penuria económica para las protagonistas de estas historias de frontera.

Los pagos que se acuerdan en casas

En los pagos que se hacen a las mujeres transfronterizas acostumbra a incluirse el abono del autobús. De hecho son muchas las que disponen del bono para que salga mucho más rentable. Las mujeres sin papeles que han hablado con este medio indican que se les ha advertido de que, al ser regularizadas, no se les abonará este servicio además de restarles el 50% del coste de Seguridad Social a su ‘nómina’.

Los casos que están al margen de lo legal

Todas las prestaciones en el hogar deberían estar regularizadas a través de Extranjería. Pero los casos son los menos. Y lo más grave es que al ser un trabajo sobre el que no hay control tampoco se puede saber los precios que se abonan. Hay de todo, hasta pagos que muestran condiciones inhumanas así como exigencias de todo tipo sobre algunas mujeres tenidas como eso, como ‘muchachas’.

Un control imposible de ejercer sobre el cumplimiento de la legalidad

No es la primera vez que la Administración advierte sobre la necesidad de controlar el trabajo de las mujeres del hogar. Tampoco es la primera vez que se ha deslizado cierta amenaza de control en las viviendas para comprobar si quienes allí trabajan tienen o no papeles. Pero de eso no se ha pasado puesto que ese pretendido control policial resulta complicado de ejercer, ya que se trata de trabajos que se realizan en viviendas particulares y beneficiadas de su privacidad. Solo el hecho de que se haya producido algún accidente doméstico ha hecho aflorar algunos servicios.

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