A criterio de expertos y analistas, el entorno geográfico, o séase, el terreno, donde se definen las operaciones militares, es un elemento cardinal en las resoluciones del mando. Y como no podía ser de otra manera, en el caso específico del entresijo del Rif, el terreno, valga la redundancia, ocupa un espacio esencial para determinar las fuentes de suministros, fundamentalmente, en lo que afecta a la alimentación y el agua.
Con echar una simple ojeada a un mapa físico de lo que en su día caracterizó el Protectorado de Marruecos, éste nos muestra un relieve escabroso en que las incisiones accidentadas transversales al litoral mediterráneo junto a los del margen atlántico, segmentan la franja entorpeciendo las comunicaciones. A ello hay que añadir la exigua pluviosidad, que difícilmente deja cauces de torrenteras casuales que persisten secos, salvo en localizaciones puntuales. De ahí, la penuria de recursos para cuidar los menesteres de abastos de las Tropas y cuantos obstáculos para su locomoción con los medios limitados del momento.
Si a esta ilustración sucinta del terreno, que por instantes se convierte en campo de batalla infernal y deja visible un abismo de piedras fatídicas, ha de ensamblarse la condición específica de sus nativos, rudos e inclementes como su territorio, repartidos en cabilas y constituidos por un grupo de familias apartadas unas de otras por la compartimentación terrestre, en los que el agua, los pastos y la leña eran irrisorios, resalta la pertenencia más valiosa como el fusil, bien el Mauser español Modelo 1893, o el Lebel francés Modelo 1886 y un fajo de cartuchos. Sin obviar, la figura del caballo, como componente distintivo en la imaginería del conflicto hispano-marroquí.
Dicho esto, si se pone en conjunción el desarrollo del apoyo logístico de las Fuerzas Coloniales de España en Marruecos que reportaba las ordenanzas militares en vigor, asentada en un engranaje territorial de la que adquirir recursos, bien por adquisición, incautación o explotación particular, con inexistencia de rutas para los traslados y una urbe bereber que remotamente de reconocerse lugareños, era atrevidamente independiente y asiduamente contrapuesta, resulta quimérico acondicionar el Sistema de Apoyo Logístico presumido y se hacía indispensable forjar uno más apropiado a las coyunturas insólitas que confluían, como iba a evidenciar el escenario del septentrión alauí. Y en todo momento afianzado por el rifeño levantisco ceñido a cualesquiera del corolario de cabilas satélites, pero ahora, acuñado sobre una tierra baldía en la que se priorizaba la agresividad enardecida y embadurnada con la actividad justiciera, por lo que interpretaban que aquello comportaba la depredación de sus zonas, hasta desenmascarar el retrato colosal y empecinado de las huestes cabileñas.
Con lo cual, lo que pretendo desgranar en las páginas del cuerpo narrativo que me otorga este campo fascinante de la presencia hispana en el teatro jerifiano, hace referencia a los aspectos y pormenorizaciones logísticas en campaña. O séase, al abastecimiento puesto en acción en la Guerra del Rif (8-VI-1911/8-VII-1927), también llamada Segunda Guerra de Marruecos, del que habría que comenzar planteando que encadenaba sobre sí el lastre de una falta de interés general. Tal vez, por ser una cuestión que no ocupaba el puesto merecido y de los menos lustrosos de la época y que en definitiva, quedaba sepultado de lo más aparatoso del momento: la lucha cuerpo a cuerpo y la sangre derramada que sumaba y seguía cegando innumerables vidas.
Todo ello, porque el Servicio de Subsistencias se veía gravemente abrumado por la climatología de los parajes, obligando a la adopción de raciones específicas a las que las Tropas no se adaptaban. Además, hay que poner el acento en las innumerables irregularidades e inconvenientes de los pasos y travesías de comunicación, comprometiendo el desplazamiento pertinente de las provisiones.
En tanto, resulta llamativo distinguir el contraste entre la distinción que el mando escondía propiamente sobre la idiosincrasia de la Logística y las Tropas Combatientes, porque en aquel período prevalecía la táctica junto a la estrategia, pero no así para potenciar las necesidades básicas de la guerra para quiénes luchaban y pugnaba in situ ante un enemigo incógnito, curtido, despiadado y firme en su razón de ser como el rifeño, quedando camuflado el valor del agua y los abastos y el rompecabezas del puzle para transportarlo por senderos de herradura y bajo los disparos fulminantes de los pacos o francotiradores, hasta las posiciones avanzadas.
“El arquetipo de apoyo logístico se descorchó a medias tintas, a tenor de una guerra colonial como la irrumpida en el territorio norteño, con una superficie enjuta y afilada y habitada por nativos desafectos con su atávico espíritu rebelde”
Vistas las connotaciones preliminares, sirva de ejemplo las Unidades establecidas para los acopios y reserva y su posterior conducción, que siguieron incrementando la cuantía de integrantes conforme confirmaban tanto su rendimiento, como el beneficio e incuestionable fuste.
De este modo, a partir de 1891 y a cargo de los Oficiales de Intendencia desde dos años antes, iban a ser dos las Brigadas de Tropas de la Administración Militar avaladas por el Reglamento de Instrucción Técnica y Táctica que las engalanaba con la cadencia de unidad de doctrina. Concisamente, los cometidos del Servicio de Intendencia en campaña englobaba desde posibilitar el ejercicio del Mando, hasta aportar a las Tropas lo imprescindible para subsistir, desenvolverse y sobre todo, combatir. Al mismo tiempo, que desocuparlas de lo improductivo o no aprovechable y, por último, explotar el conjunto de los recursos, que no eran muchos, para la guerra.
O séase, la puesta en práctica del modus operandi logístico, en mayúsculas.
Ciñéndome en la disposición de las dotaciones de abastecimientos y los convoyes de la Comandancia de Intendencia de Melilla, hay que partir del contexto de clara carestía en los reductos periféricos, e incluso en la munición, cuando se acortaban los mecanismos en el Parque de Artillería para emprender los convoyes de municionamiento en la Comandancia General.
Ni que decir tiene que este ejercicio de calado se intrincaba por la suerte de surtir agua, sin que hubieran aljibes o recipientes suficientes para al menos constituir una reserva, fusionado a la falta en las Unidades de medios de transporte, pues contaban entre sus instrumentos con un carro de combate por Batallón, cuando normalmente las Unidades o Compañías de menor trascendencia maniobraban en solitario. Conjuntamente, las baterías de artillería no poseían los medios adecuados para poner en camino columnas de municionamiento. Esta casuística igualmente sucedía con los Ingenieros para derivar los enseres de obras a las posiciones y así mejorar los accesos. Al igual que ocurría con la Sección de Sanidad, debiendo ser aliviada con más efectivos para evacuar los heridos y enfermos con mayores garantías de seguridad.
Digamos, que la amalgama de deberes que me atrevo a valorar de descomunal, incurría sobre las únicas Unidades de Transporte coordinadas que correspondía a las Compañías a lomo de Intendencia, yuxtapuestas con las del Parque Móvil de Artillería para las municiones, cuyos convoyes habían de duplicarse repetidamente para solventar las demandas venidas del mando en el transcurso de la evolución del despliegue.
Esta variante de convoyes era factible y como es fundado a base de ahínco y brío, dada la orografía imperante y la reducción de medios en cursos de estabilidad, conformado al tránsito apresurado de las columnas sin obstrucción contrincante, pero a duras penas, llevadera con las pocas, más o menos, precarias vías de comunicación atajadas por la intervención del contendiente. Lo que daba origen a que mientras entrecortaban el trayecto hasta su destino, se ocasionaran escaramuzas para salvaguardar las columnas de abastecimiento con Unidades de Caballería e Infantería. Y este marco desfavorable se agravaba al alcanzar una posición cuya embocadura se encontraba custodiada bajo el fuego enemigo, más o menos, asediada, en la que no quedaba otra que adentrarse, cuando ciertamente existía un mínimo resquicio para infiltrar el convoy, deshacerse de la carga y volver a salir de nuevo ante la inclemencia del ímpetu rifeño y desde ese momento esforzarse al máximo por salvar el itinerario de regreso.
Por ende, los suministros de subsistencias, o lo que es igual, los bienes y servicios primordiales para cubrir las necesidades básicas, residían en harina, pan, aceite, azúcar, café, galleta, garbanzos, arroz, judías, tocino, sal, vinagre, ajos, cebada, leña, paja y petróleo. Y prestando aplicación en las raciones de mochila, se incluían dos ranchos o comidas con embutido en manteca, o bien, carne en conserva, además de café con azúcar y la ración de galleta. Con el rasgo que para las Tropas Indígenas éstas se disponían sin productos derivados del cerdo. Asimismo, cuando los tiempos eran favorables las Compañías conseguían en cantinas ubicadas en la misma posición y con sus fondos, vino, chorizo, patatas y tomates.
Las raciones empacadas en África y fijadas por Real Orden de 17/VII/1905, pertenecían a tres tipos estipulados: carne, tocino y de vigilia, más la ración de pan o galleta. Con lo cual, una ración media equivalía a 1.160 gramos y con sus envolturas pesaba aproximadamente 1.200 gramos. Obviamente, a las provisiones había que encuadrar el combustible para la elaboración de comidas, determinado en 700 gramos al día para cada sujeto.
Análogamente, hay que hacer hincapié en las raciones destinadas a los mulos y caballos, pues para cada Plaza Mayor (Ceuta y Melilla) incumbía 5 kilos de pienso de cebada y paja. Evidentemente, como resultante de la restricción de agua habida en la región, las raciones habrían de normalizarse, al menos en la descriptiva, atajándose en 3 litros por individuo al día en estación invernal, por 5 litros en verano. Y en razón de los mulos y caballos, respectivamente, por jornada, de 16 a 26 litros y 20 a 39 litros. Sin inmiscuir, el peso máximo de carga de un mulo en 95 kilos para un bloque de unos 1.000 hombres y para 100 cabezas de ganados se precisaban 13 mulos en el cargamento de víveres, 11 para pienso y 11 para la leña. Luego, la hechura del convoy iba a ser lo bastante versátil en función de la cifra de personas y semovientes a apoyar, como de los medios utilizables y de los embalajes manejados.
Las mercancías de los convoyes de Intendencia perfiladas para víveres, de igual forma se ordenaron para portear agua, sacos terreros, materiales de construcción, municiones, armamento, medicinas, instrumental de enfermería o algo tan singular como la correspondencia. Y si en el intervalo de los diversos combates se habría una mínima rendija de actuación, a la vuelta el convoy rescataba a retaguardia los heridos y enfermos. Claro, que prolongados al límite los trazos de abastecimiento, el andamiaje de convoyes se justificó que no encajaba tras el Desastre de Annual (22-VII-1921/9-VIII-1921), por hallarse sometido día y noche al fuego cabileño. Inclusive con escoltas apuntaladas, no se alcanzaban las posiciones. Tal y como se terció con el asedio y la consiguiente caída de Igueriben (17-21/VII/1921), emplazada a vanguardia del enclave de Annual y preludio del descalabro hispano.
Pero con anterioridad a los hechos precedentes, claudicaba el puesto avanzado de Abarrán (30-V-1921/1-VI-1921), aunque previamente y como si quedasen a merced de una reacción en cadena, se precipitaron un eslabón de fuertes y posiciones acondicionados concienzudamente por las Fuerzas Militares de Marruecos, al objeto de penetrar en la demarcación a su cargo por acuerdo internacional.

Recuérdese al respecto, que estos puestos acordonados incesantemente por tiradores insurrectos que percutían contra los mismos, no eran más que construcciones quebradizas apartadas, habitualmente en la cresta de un cerro o intersección de cruces, la amplia mayoría sin agua potable, por lo que el suministro mediante las aguadas era de obligado cumplimiento. Si bien, en reiteradas circunstancias muchas de estas cubas llegaban a su destino sin su contenido, tras antes ser acribilladas en su peliagudo peregrinar. Con el matiz, que estos puntos a modo de recintos neurálgicos, en ocasiones morían en manos cabileñas con un espacio de tiempo suficiente, para que desde lo que se estimaba una posición excepcional, acorralar a las Fuerzas españolas que diezmadas, trataban en vano de recuperarlo.
Tras la hecatombe de Annual con incalculables estocadas en plena ebullición, las Compañías de Intendencia que en principio procedían para velar por las Fuerzas de la Comandancia General de Melilla, se vieron drásticamente empequeñecidas en número y a las que se les incorporaron las Tropas de Refuerzo encaminadas desde la Península y la Plaza de Ceuta.
No cabe duda, de que las bajas generadas surgían de los convoyes encadenados que guarnecían a las posiciones y cómo no, de los perímetros de reserva de abastos en los sectores bloqueados que finalmente flaquearon y que participaban con una minúscula dotación de activos humanos de Intendencia. Aun así, en el repliegue se cosechó al menos asegurar y librar parte de las Compañías que provenientes de la devastación de Annual, se atinaban en Dar Drius para una vez desalojar con sus medios a los heridos hacia la retaguardia, enfilarse a Betel y alcanzar la Plaza de Melilla, no sin el protagonismo de las refriegas y disparos aflorados de las harcas rifeñas.
La primera empresa diseñaba la entrega dificultosa de pertrechos a las posiciones que arduamente digerían la oleada de fusiles y espingardas en el contorno de Melilla. Llámense, El Atalayón, Zoco El Had, Ait-Aixa y Sidi-Ahmet, cuyos trazados quedaban a expensas del fuego cruzado. Toda vez, que para las defensas de Hidum y Tizza, la escolta debía colarse entre colisiones sostenidas. También hay que referir de manera somera y como merecen, otras posiciones fuertemente hostigadas como Ain-Rapta, Kudia Tahar o Tizzi-Assa, que a base de bravura y sin perder la cara a las condiciones nefastas de la fragosidad del terreno, recibieron el reparto de provisiones.
Y no quedando aquí la razón de ser de los méritos que concurrieron y servicios consagrados del Cuerpo de Intendencia, tras amarrar una fuerza lo bastante dispuesta y con las ayudas aparejadas, los avances graduales hasta proseguir la línea del Kert se remataron con el Desembarco de Alhucemas (8/IX/1925), que conjeturó un envite logístico en toda regla por la cantidad de miembros implicados.
Pero sobre todo, por ser la primicia cristalizada en la cual las Tropas de Intendencia se topaban ante la trabajosa tesitura de hilvanar y llevar a término una acción tipo desembarco anfibio, para la que como es sabido no existían premisas e indicios donde asirse.
Llegados a este día del que se conmemora un siglo, se trataba de la primera ‘Operación Aeronaval de la Historia Militar Conjunta' que marcó un punto de inflexión en la Guerra del Rif, con el cóctel magistral de las Fuerzas del Ejército y la Armada españolas y, en menor medida, un contingente aliado francés, cuyo designio estratégico se fundamentó en doblegar e imponerse a la cabila de los Beni Urriaguel y la rendición sin paliativos, del máximo exponente del nacionalismo rifeño y promotor del levantamiento del Rif, Abd el-Krim El-Jattabi (1883-1963).
En aquellos trechos, España trataba de sacar pecho a su irreal corpulencia militar, apostándose a una carta su reputación mundial y según algunos historiadores, con el Gobierno de Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1870-1930) en el alambre, e incluso la monarquía del Rey Alfonso XIII (1886-1941) trepidando.
Al ajustarme en el semblante logístico y omitir el dibujo inicial ocupando la cabeza de playa y vertebrar el bastión defensivo, el siguiente paso consistía en dejar la Fuerza asistente junto a sus puntales y prosperar hacia el interior hasta asaltar la cabila de los Beni Urriaguel, invalidando así al adversario. A la par, se dirigían avances en el tramo oriental del Protectorado para marcar al rival, pero sin originar luchas y como artimaña de distracción, aunque se desencadenaron cruentos duelos como el asedio de la posición Kudia Tajar (3-13/IX/1925), situada en Beni Karrich. Pero con arreglo a la envergadura de la maniobra, se suscitaron diversas complicaciones logísticas, dados los visos cambiantes en que la horquilla de respaldo había de ser desigual, aunque calculada desde su génesis porque la retaguardia, foco de los abastos, recaía en los puertos de Melilla y la Península Ibérica.
“El encaje logístico que puso el broche y final a la Guerra del Rif, se implementó con depósitos de suministros intercalados y convoyes a lomo, acoplando la retaguardia con las posiciones de vanguardia y reforzando la distribución de agua”
En otras palabras: el interregno de gestación aguardaba como materia principal tanto la agrupación de medios, como su embarque en dos flotas de transporte para cada Brigada y la adjudicación más satisfactoria posible, para que la merma de algún barco no entreviese un quebranto significativo en la capacidad del apoyo logístico.
Como reseñas representativas de la imponente eficiencia y fuerza de gravedad agilizadas y, digamos que servidas, por el Cuerpo de Intendencia, horas más tarde de realizarse el Desembarco de Alhucemas comenzó a operar el Servicio de Abastecimiento Marítimo que conectaba con Melilla y Ceuta. Primeramente, logró racionar con regularidad pan hasta que las panaderías de campaña estaban operacionales, así como las reservas o el utillaje de sanidad, entre algunos, y por supuesto, la tan ineludible evacuación de los heridos y enfermos.
Desde la observancia de las Órdenes de Operaciones y en función de los individuos a proveer y plazos augurados, se implantó un Servicio de Abastecimiento Marítimo en los que rayarían los acopios proporcionados, con dos jornadas de raciones en frío y dos de pan en las Unidades, más otro tanto trenzado en las barcazas K, pero en este caso con pan galleta.
Por otro lado, la ración ordinaria en caliente articulada en el Reglamento de 1905, se amplió en 200 gramos de carne, una parte en conserva y otra obtenida del ganado transportado con Unidades de Carnización de Intendencia. Y con respecto al agua, por fin se evaluó como un componente elemental a administrar a las Tropas. De forma, que desde este momento decisivo por la estela de lo que denotaría, la milicia española acarreaba cantimploras y mochilas de agua.
En síntesis, el encaje logístico que puso el broche y final a la Guerra del Rif, se implementó con depósitos de suministros intercalados y convoyes a lomo, acoplando la retaguardia con las posiciones de vanguardia y reforzando la distribución inexcusable de agua.
En consecuencia, el arquetipo de apoyo logístico se descorchó a medias tintas, a tenor de una guerra colonial como la irrumpida en el territorio norteño, con una superficie enjuta y afilada y habitada por nativos desafectos con su atávico espíritu rebelde, en lo que concebían una injerencia en su hábitat natural. Por lo que no quedó otra que apropiar un patrón congruente a la realidad dominante.
Es más, el entorno táctico inusitado y el desenvolvimiento del Ejército de África apremió la puesta en escena del tren de víveres con el tiento y acierto de los convoyes, sin prescindir del procedimiento de tiempos pasados de acometer la carga a lomo, pero con el sorbo amargo de verlas venir y pasar súbitamente de retaguardia a vanguardia. Ello, con depósitos de reserva apostados in extenso de los ejes de incursión y con una encomienda escalonada para taponar la hemorragia de medios y acoger las asignaciones de agua al límite, al igual que las municiones y las evacuaciones sanitarias de heridos y enfermos. Sobraría mencionar que dicha praxis era permisible gracias al celo morrocotudo y el desgaste intachable de las Unidades de Intendencia, para conjugar al milímetro sobre el terreno el verbo ‘jugar’ y el sustantivo abstracto ‘ingenio’ con la contribución del ganado.
Lo cierto es que tras el cataclismo calcinante del Desastre de Annual, estas usanzas inclinaron la balanza en el Desembarco de Alhucemas, resultando ser un éxito de la Logística de Operaciones, únicamente eclipsada años después por la mayor invasión marítima de la Historia: el Desembarco de Normandía (6-VI-1944/30-VIII-1944). En tal ocasión, los convoyes hacia vanguardia, barrían sendas inspeccionadas por las Tropas. Curiosamente, las lecciones aprendidas en Marruecos para conferir a la Logística el calibre reconocido con la plasmación impertérrita del Cuerpo de Intendencia, parecieron no servir de mucho. Hasta el punto, de esfumarse de un plumazo, porque no habría de distar demasiado en el tiempo, cuando España volvería a tropezar en la misma piedra reproduciendo los mismos deslices, al abrazar el ideal de ir tirando sobre el terreno y apurar los requerimientos desde la retaguardia más contigua.






