Nunca puedes acostumbrarte. Es imposible. Cada historia es distinta, cada servicio lleva parejo un riesgo... el mar puede convertirse en una trampa mortal para los hombres, mujeres y niños que intentan cruzar el Estrecho simplemente porque quieren tener una vida que no encuentran en África.
Todos somos culpables de esta situación. África es el producto de la mala conciencia de unas potencias que la han explotado y lo siguen haciendo. Que a diario haya personas que buscan la manera de huir es el resultado de una cadena de fallos permitidos, analizados estratégicamente, provocados. Ayer la Guardia Civil rescató a 11 subsaharianos que estaban a la deriva en una patera a motor. Semanas atrás hizo lo mismo con otros tantos inmigrantes, más atrás en el tiempo fueron 51 los que llegaron hasta puerto deportivo después de permanecer tres días perdidos en el mar. Las estadísticas recuperarán estas cifras, servirán para que los partidos políticos eleven propuestas, se tendrán en cuenta a la hora de repartir fondos. Pero detrás de esos números hay personas que arrastran auténticos dramas, que llevan sufriendo una vida de penurias y que vienen marcados además por un futuro incierto al no saber si volverán a ser expulsados o conseguirán hacerse hueco en una hilera de países que cada vez ponen más complicada la vida. Ellos, los ejemplos más duros del drama, vienen de países marcados por desgracias, por auténticas catástrofes, por el ébola (lo recuerdan), por las amenazas terroristas (el Estado Islámico opera más allá de Siria)... Nunca olviden que si vivimos ajenos a esos problemas vitales (tenemos desgraciadamente otros pero ni por asomo de este calado) es porque el nacer a este lado de la línea nos ha llenado de los derechos que arrebatamos a África.





