Trescientas mil veces, y no me gusta exagerar, todos los medios de comunicación del planeta han recogido la noticia: Julio Iglesias es denunciado por dos exempleadas de agresión sexual.
La Fiscalía investiga tras recibir el 5 de enero una denuncia relacionada con los presuntos hechos, presuntamente ocurridos hace unos 5 años fuera de España.
Sin negar la importancia de la noticia y de la inmensa repugnancia que nos produce cualquier abuso de este tipo, no es menos cierto que la noticia sea una de las más comentadas del universo da que pensar.
Ayuso, a muerte con Julio; Feijóo, más moderado; los socialistas, “que han denunciado este tipo de actos a la más mínima sospecha” - y lo entrecomillo para que se note la ironía- declararon que “No cuestionamos la palabra de una víctima: el Gobierno apoya a las denunciantes de Julio Iglesias y Adolfo Suárez”.
Y de los desmanes sexuales del emérito, ¿No se pronuncia nadie?
La noticia vende tanto que se ha cotizado más que las amenazas de Trump sobre Groenlandia, que los más de 2.400 muertos en Irán y el riesgo de ejecuciones inminentes, juicios exprés y penas de muerte, de Erfan Soltani, el primer condenado a muerte por las protestas en Irán, de las 400 personas que han muerto por ataques israelíes en la Franja de Gaza desde la entrada en vigor del alto el fuego, de la financiación autonómica ideada por Pedro Sánchez y Oriol Junqueras y del apoyo del secretario general de la OTAN a Trump para atacar a Dinamarca.
Si Jesucristo hubiera vuelto, la noticia sería la de Julio Iglesias.
No cuento lo que me pasó en mi instituto cuando tenía 15 años, aunque ya hayan pasado 46, porque El Faro y otros medios lanzarían ediciones especiales y se silenciarían otras noticias más importantes.






