El duque de Montpensier escogió el lugar en el que se construiría. Han pasado 174 años desde esa decisión y aún sigue en pie en el punto álgido de Punta Almina, en el cerro de los Mosqueros. Allí, en ese montículo que se impone ante la carretera con vistas a la fortaleza del Hacho, se alza el faro de Ceuta.
Guía a los barcos en la noche para que puedan navegar en una ruta segura desde hace más de siglo y medio. Más allá de esa función, tiene tras de sí un legado histórico. Los inicios de esta torre vigía se remontan a 1851. Ese año se inició la obra bajo la dirección del ingeniero Juan Martínez de la Villa.
Fruto de los trabajos realizados en la zona, se fraguó y tomo forma. El resultado fue una torre de siete metros. Cuando se puso en marcha, tres fareros se hicieron cargo de él. El primer destello que reflejó en el mar se produjo en diciembre de 1855, cuatro años después de su edificación.
La luz que orientó a las embarcaciones en aquellos años procedía de una óptica de 920 milímetros de distancia focal. Después de un largo periodo de servicio, fue reformada y extraída antes de emprender su viaje a Gerona, donde sería finalmente instalada en el faro de San Sebastián.
Se colocó una nueva lente tallada a mano en 1919. Esta estaba formada por cristales de roca reforzado con láminas de cobre y alcanzaba una altura de 3,5 metros. No fue la única modificación que sufrió.
A finales del siglo XX, en 1990, el foco de giro lento fue reemplazado por otro de 700 milímetros de distancia focal, tal y como detalla Ricardo Lacasa, colaborador asiduo en este medio.
Inicialmente, la lámpara funcionaba gracias a un sistema mecánico de relojería. Para activarlo solo era necesario alimentarlo con aceite de oliva. Contribuyó a su servicio durante 61 años hasta que en 1912 fue sustituida por otra de vapor de petróleo.
A su vez, se instaló una maquinaria que, al accionar una manivela, permitía que el catadióptrico girase por dos horas. Otra de las variaciones a las que se vio sometido fue la incorporación de un mechero Dotti de cinco mechas.
Sin la reina Isabel II quizá esta edificación no habría sido posible, pero mucho menos lo habría sido sin la figura de Antonio de Orleans, duque de Montpensier. No solo eligió el sitio; también contribuyó financieramente. Pagó una parte de los 175.937 reales que costó.
Fue él el que manifestó la necesidad de incorporarlo en el entramado de la ciudad tras su visita en 1849. Hijo menor del rey Luis Felipe I y de María Amelia de Borbón, princesa de las Dos Sicilias, nació en Sanlúcar de Barrameda. Fue, en primera instancia, pretendiente de la monarca.
Sin embargo, el plan no salió según lo esperado. Sus nupcias las celebró junto a la hermana de la reina. Pasado un tiempo, jugó el papel de conspirador contra Isabel II. A partir de la edificación del faro, la historia del mismo la han construido los propios fareros que le dan vida desde que inició su actividad.
Junto al de Punta Doncella, localizado en Málaga, el de Punta Almina señaliza el acceso al Estrecho de Gibraltar. A ellos se suman otros como el del Cabo de Trafalgar en Caños de Meca, Cádiz, el de Punta Tarifa en la homónima localidad andaluza o el de Punta Calaburras en Benalmádena.
El faro apareció de nuevo entre las líneas de los periódicos recientemente. Después de 28 años sin intervención alguna sobre la señalización e iluminación, se sacó a licitación en 2023 un proyecto para modernizar ambos aspectos.
La convocatoria quedó desierta hasta en dos ocasiones, pero a la tercera, fue la vencida. El pasado año, justo en abril de 2024, se dio a conocer que las obras habían sido adjudicadas a la empresa Mediterráneo Señales Marítimas, la única que presentó su oferta tras su publicación. El presupuesto de este trabajo de renovación alcanzó los 212.702 euros.
Se sospecha que antes del asentamiento de la torre hubo alguna baliza previa. ‘El catálogo de faros con valor patrimonial de España’ elaborado en 2017 por el Ministerio de Cultura revela que “es un lugar en el que constan, sea realidad o leyenda, señalizaciones anteriores”.
De hecho, el mismo documento reseña que, según el “Plan General de Alumbrado Marítimo de Costas y Puertos” de 1847, a nivel nacional existían hasta esa fecha 20 luces que servían como elementos indicadores.
“Doce de ellas eran fijas y estaban ubicadas en Fuenterrabía, Pasajes, San Sebastián, Igueldo, Ceuta, Villajoyosa, El Grao de Valencia, El Cabañal, Salou, Tarragona, Barcelona y Palma de Mallorca”, expone el texto. La construcción del faro fue posterior al citado año.
Las siete restantes, en cambio, eran giratorias y se hallaban en Santander, La Coruña, Vigo, Cádiz, Tarifa, Málaga y Portopí y en Sóller, donde aún no se había encendido la torre. Otros precedieron a parte de los actuales en el país. Sin embargo, solo se tiene referencia de ellos a través de viñetas, planos o testimonios de historiadores.
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