Falta empatía, falta humanidad y corazón. Por esa ausencia es por lo que el mundo va como va, con una sociedad cada vez más fría ante los sufrimientos del otro.
En Ceuta mueren jóvenes que únicamente buscaban el futuro que les prometieron y que resultó estar bien alejado de la verdad. Esos chicos tienen unas madres que se convierten en las otras víctimas del fenómeno migratorio. Pero de ellas nadie habla, son invisibles hasta en su dolor.
Para quienes somos madres nuestros hijos son lo más sagrado. Tanto es así que sus sufrimientos son los nuestros; daríamos lo que fuera para apartarles de unas penas que desgraciadamente tendrán que soportar.
Imaginen que las madres que hemos parido a este lado de la frontera no pudiéramos despedirnos de nuestros hijos porque hay unas normas tan extremas que ni siquiera nos lo permiten. Imaginen que nuestro país no ofreciera oportunidades, que los derechos solo figuraran en los libros y que nuestros propios hijos solo aspiraran a huir de su tierra.
Pueden imaginar por un momento todo esto para ponerse en la piel de esa madre a quien le impiden ver a su hijo muerto, esa madre que no puede cruzar una frontera para besarlo y velarlo, esa madre que ni siquiera puede hacerse una prueba de ADN porque la visa manda y tiene que enterrar al hijo que parió con un número, sin una reseña, sin poder oficializar su falta.
Pues todo esto que imaginan ocurre, sucede aquí al lado. Pasa con esas madres que se tienen que conformar con una fotografía y un vídeo para saber que a su niño lo enterraron con dignidad y le rezaron personas que ni le conocían, pero que no estaban dispuestas a dejarlo solo.
Esto está ocurriendo en Ceuta, en la frontera sur de Europa. Pero debe ser que no interesa porque cada vez que muere un joven hay una madre al otro lado que ni siquiera puede cruzar a verlo, ni siquiera puede colaborar para identificarlo. Son invisibles para todos, y así parece que seguirán condenadas a vivir.






