Retratar, detallar o desmenuzar e incluso captar, los entresijos de la guerra no es fácil, pero sí indispensable. De hecho, antes de decidirse en el campo de batalla se plasma sobre el papel, pero sobre todo, en los rotativos de la época. Aquí habremos de retrotraernos en el espacio temporal de la Edad Contemporánea, que es el nombre con el que se distingue al período histórico encuadrado entre la Revolución Francesa y los trechos presentes. Siendo su preludio en el año 1800 y abarcando hasta hoy la suma de 225 años concurridos. Ahora bien, inducir a la opinión pública de su conveniencia, o enmudecer a quienes la refutan, o preparar a la ciudadanía de las posibles víctimas presagiadas, requiere de una artimaña escrupulosamente intencional.
Y es que durante el primer tercio del siglo XX que engloba, poco más o menos, desde el año 1902 hasta 1939, respectivamente, donde como no podía ser de otra manera quedaron escritas entre sus páginas las Campañas Coloniales de España en Marruecos, muchas teñidas de sangre, el país se hallaba inmerso en un proceso de profunda crisis en el sistema de la Restauración, contrastado por la incompetencia de impulsar demandas sociales y un férreo desequilibrio político que injirió como jarabe amargo el régimen autoritario de Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1923-1931), hasta culminar con la Segunda República y el consiguiente estallido de la Guerra Civil.
A lo anterior hay que añadir que políticamente se definió por la frustración de reformas, socialmente por el incremento demográfico y la ampliación del movimiento obrero; y económicamente, por tentativas de modernización industrial centralizados en el País Vasco y Cataluña, junto a un corpulento intervencionismo estatal.
Pero antes de avanzar en esta narración, corresponde desenmascarar que los designios españoles con relación al Imperio Jerifiano, zigzaguearon desde la mesura a su statu quo hasta la ambición ostensible de intervención. Como es sabido se completaría la última pretensión, en buena parte fruto del contexto interno marroquí y por la coyuntura de contrapesos dispuestos entre las grandes potencias coloniales.
Dicho esto y ciñéndome en exclusiva a lo acontecido en el septentrión marroquí, centenares de periodistas extremaron su aplicación para afrontar la empresa siempre aguda del periodismo en tierras africanas, junto a un elenco de reporteros y una vasta nómina de intelectuales, estos últimos empecinados en imbuir al pueblo sobre el menester de la contienda en el territorio norteño. O de suponer, lo más reincidente de aquel entonces: exhibir una emulación implacable para embaucar y politizar a las grandes masas, e intrincada en la misma no hay que soslayar la impresión pública, un sujeto histórico y en ocasiones susceptible, manejable y rentable en la actividad de la política exterior.
En tanto, entre bambalinas se promueve un peliagudo y vehemente repertorio de impresiones diplomáticas, filtrándose en las páginas de los periódicos meramente las acciones más imprevisibles.
Pero, sin lugar a dudas, el distintivo periodístico al que me refiero y que radica en la cobertura de conflictos armados, donde a menudo son denominados corresponsales de guerra y se trasladan in situ a la zona para informar verazmente, o al menos eso se procuraba, sobre los enfrentamientos de los bandos en la palestra, naturalmente exponiendo sus vidas a graves dificultades, se alza en una tarea imprescindible para proporcionar un panorama fehaciente de los hechos confirmados. O si acaso, mostrar una toma visual de primerísima mano del entorno bélico imperante, e incluso con pequeñas dosis de humanización para dar contenido al sinfín de relatos de vida catapultados.
"Retratar, detallar o desmenuzar e incluso captar, los entresijos de la guerra no es fácil, pero sí indispensable. A fin de cuentas, no bastaba con alcanzar el triunfo en el campo de batalla, sino que era inexcusable cosechar la victoria sobre lo que la pluma dejaría fraguado en el papel"
Indiscutiblemente, el producto es la prensa para ser analizada desde cualesquiera de los criterios discursivos por el lector que tuviese la fortuna de adquirir la difusión escrita, e igualmente, como herramienta a merced del narrador, porque los periódicos acaban siendo una fuente fidedigna valiosa y los reflectores de la opinión pública, colmados de líneas maestras para enunciar y por momentos convencer, como en este caso y tomándolo como ejemplo, la conveniencia de mantenerse en el Sultanato, sobre todo, si se objetan los compromisos europeos.
Claro, que los antecedentes de reseñas desde este plano se convierten en el más acusado medio propagandístico de corte intervencionista y en instrumento irreemplazable para reproducir la compenetración entre los gobernantes y gobernados.
Sondeando escuetamente en sus componentes de funcionamiento, que ni mucho menos es el fundamento de esta disertación, tan solo desde la diversidad de reflexiones y la viabilidad efectiva de confrontar y examinar distintos pensamientos, puede manifestarse una opinión pública conceptuada como responsable. No obstante, más usual es que se desencadene un choque de placas tectónicas entre el poder y la ciudadanía, cuando alguien desdeña lo que tiene derecho a conocer, porque los representantes de turno descaminan, desbaratan, manipulan o encubren, las vicisitudes constatadas con la evasiva de proteger sus intereses.
Desde este prisma, la opinión pública contrae una hechura comunicativa y no exclusivamente de índole política, porque es determinante en la construcción de un consenso y disenso y ambos entrañan un intercambio y discusión en el universo de apreciaciones y valoraciones.
De este modo, se justifica que la desinformación y la censura logran hacer encaje de bolillos, imposibilitando la efectividad de la opinión pública responsable. Aunque a duras penas quedaría impasible ante las infaustas y deplorables jornadas del Desastre de Annual (22-VII-1921/9-VIII-1921) y el asedio de Monte Arruit (24-VII.9-VIII/1921).
Pero yendo por partes, Marruecos y el africanismo, ejecutaron una misión preferente en la introspección de los corresponsales de guerra a la hora de interpretar su creciente deriva autoritaria. Prácticamente se persiguió priorizar el potencial movilizador implícito de la contienda entre las grandes masas: inicialmente, monopolizando la guerra con fines hostiles y, a posteriori, contra los abandonistas, desde una panorámica nacional y tradicionalista.
Desde estos indicios se vaticinaba para España la aparición de una élite dirigente que compaginaría el valor y la inteligencia en la salvaguarda de principios arbitrarios, frente al relativismo contemporáneo de los dos entuertos del momento. Llámense el liberalismo y el estatismo socialista. Luego, difícilmente no podía contemplarse al Ejército como esa especie de parapeto de contención ante los numerosos desbarajustes sociales. Amén, que limar las asperezas de esa fe inquebrantable en la esfera castrense, antes necesita recomponer el enrevesado escenario norteafricano.
Lo cierto es que en los años subsiguientes el Sultanato siguió copando enteros en cuanto a conquistar relevancia diplomática y quiénes se hallaban prestos a ofrecer cualquier pesquisa, permanecían vigilantes al ensamble de nuevas alianzas a su alrededor, en la medida en que podían arruinar las atracciones españolas.
No cabe duda, de que ni se conocían los recovecos del Rif como avispero marroquí, ni a los rifeños entre el predominio étnico de los bereberes como población autóctona insurrecta deseosa de sacudirse el yugo colonial, al igual que sus hábitos o lengua. Y desde el prólogo de la aventura africana, concurrió el tópico cruce de impresiones entre ‘penetración pacífica’ y ‘armada’, pero en ningún tiempo quedaría lo suficientemente desentrañada. Pese a ello, había quiénes al pie de la información postulaban una deuda irresuelta de Europa con España. En esta disposición, el Protectorado se intuía como un mecanismo de tonificación nacional, en cuanto que podía ser la válvula de escape para hacer trizas con la sensación de ser relegada a una labor secundaria.
De ahí, que con aportaciones periodísticas diseminadas y según se juzgaba en el devenir de los acontecimientos, hubo quiénes surcaron de la desilusión al entusiasmo nacionalista en una situación de progresivo empalago, ante la amplificación del lance del Rif que habría de prolongarse a lo largo de dieciséis interminables años, pues no eran pocos los que desaprobaban aquella política mordaz, así como los métodos tenaces peninsulares.
Con todo, años más tarde se produjo un giro de guion en las ideas vertebradoras, hasta el punto de hacer alarde como audaces acérrimos de su presencia en el Norte de Marruecos y escorarse con las tesis de los militares africanistas. Un ideal condicionado, aunque alojado en la suposición de que las Campañas de Marruecos (1909-1927) se aquilataron como artificio en el acoplamiento del nacionalismo tradicionalista y monárquico. Por ende, no ha de soslayarse la perplejidad y más aún, el síncope, tras el asedio de Monte Arruit, donde el exceso de escarmiento se triplicó por parte de la opinión pública.
El aborrecimiento arraigado al combate no se esfumó, pero se sobrecogió un alegato impulsivo y los corresponsales de guerra apenas tuvieron que incidir en demasía, para instar a las gentes de la exigencia de abordar a las turbas insurrectas.
En cierta manera, la retirada traumática de Monte Arruit se argumentó, o mejor dicho, se atemperó, como inalcanzable ante la escasez de medios disponibles. Con lo cual, la tendencia de la estimación popular que por su proceder entrecortado y recurrente, estuvo henchido de rotaciones y ese sostén categórico de los ciudadanos a la guerra terminaría desvaneciéndose. Y al margen de la disputa sobre su fuerza innegable, los dos posicionamientos tolerables ante el sentir generalizado y pese a su aspecto plenamente contradictorio, residieron en el avance y el abandonista, que metafóricamente se puntearía con sangre y fuego. Aunque entre ambos erraron múltiples disposiciones intermedias.
Hay que partir de la base que la política exterior era continuamente identificada por el pueblo con el sustantivo femenino ‘inseguridad’. Es por ello que no podía configurarse en el núcleo de interés, ya que las gentes estaban coartadas por la exigua información existente y ésta se disipaba en el laberinto de las diversas materias, exceptuando cuando el malestar causado emanaba en un sentimiento nacionalista pujante. Sin más y bajo esas etapas de crisis, las instituciones garantes de la política exterior implantaban los Servicios de Información. Pero la diplomacia arrinconó de principio a fin a la opinión pública, además de prescindir a la prensa e incluso funcionó con descaro de espaldas a los diputados y senadores.
La propaganda de símil imperialista y colonialista agrupó a dos receptores: primero, la urbe metropolitana y segundo, los moradores colonizados. Ante la más puntera hubo que escudar el proceso emplazado a ser redimido por el reclutamiento involuntario o conscripción, cuyo coste sería elevadísimo y por encima de su rentabilidad. Evidentemente, rendía que los lugareños prosiguiesen en el oscurantismo o que figuraran en el término despectivo como ‘fácil carne de cañón’. Dentro de este dibujo, la red de carreteras defectuosa ayudaba a tenerlos ajenos, porque problematizó, cuando no claramente truncaba, la recalada de noticieros. Aunque era incuestionable que las desdichas de los acometimientos no podían ser tapados.
En esta tesitura, para engatusar a los ciudadanos de lo provechoso de la colonización, es preciso neutralizar la arenga mantenida por los promotores anticolonialistas del interior en plena convulsión organizativa, así como de las potenciales coletillas malintencionadas de otros estados, porque el esparcimiento colonial agrava las tiranteces internacionales y de camino, enaltece y sublima el discurso nacionalista. Y en paralelo, la metrópoli colonizada hay que convencerla de las mejorías resultantes del nuevo sistema de gobierno, pues la detonación del conflicto o el automatismo a la fuerza, se hacen con corta diferencia y son ineludibles para desarrollar la ocupación.
Visto de este modo, el protagonismo que los medios de comunicación por los cauces de la distribución de información más o menos, verídica, ejercen en la formación de esas percepciones, es cada vez más considerable.
No hay que retrotraerse demasiado en el tiempo, para que esta visión se orientase hacia el Mar Mediterráneo, porque tras el Desastre del 98, término adoptado para reflejar la conmoción que sacudió en la sociedad de la Restauración y fundamentalmente, en sus élites, el revés sufrido en la guerra hispano-estadounidense (25-IV/13-VIII/1898) y el consiguiente Tratado de París (10/XII/1898), que conjeturó la merma de las últimas colonias del Imperio Hispano, en un interregno en que las potencias europeas se agigantaban y fortalecían sus ínfulas expansionistas, las guerras de África se erigieron en las temáticas que mejor cobertura acogen los medios informativos.
Y en gran medida, los forjadores de este sentimiento, los que escribían para inmediatamente ser devorados con la lectura y debatidos, fueron los enviados especiales a Marruecos. O séase, la estampa del corresponsal de guerra.
Ni que decir tiene que estos individuos hubieron de bregar a fondo en condiciones complejas, por dejar pruebas de la embarazosa censura desplegada por las autoridades militares, hasta conseguir asentar una línea consolidada como la que acabó denominándose para los expertos y estudiosos, ‘reporterismo de conflicto’, ‘periodismo de trinchera’ o ‘periodismo bélico’, en una órbita diferenciada por el arrebato exasperado en cascada y el sensacionalismo en caída libre.
A ello hay que sumar el revoltijo de indagaciones tergiversadas junto al sinfín de habladurías y embustes que circulaban de boca en boca como reguero de pólvora y acrecentaban el estado de perplejidad de un público por momentos, molesto y contrariado, ante las reservas de la información y su ambigüedad. Hasta el punto, de creerse visiblemente ninguneado. Obviamente, el repertorio de desmentidos se convirtieron en el pan nuestro de cada día.
"El corresponsal de guerra lidiaba en su modus operandi particular para limar las aclaraciones más perceptibles en el clima de opinión y así robustecer la concienciación, que lo escrito de puño y letra era lo que con el máximo rigor acontecía"
Llegados a este punto, los corresponsales de guerra en Marruecos llevaban impreso en su bosquejo literario el grabado inapelable del moro como persona ingrata, conjurada y levantisca a sus empeños, que con el paso del tiempo esgrimiría para glosar maniqueamente el porqué de la guerra hispano-marroquí. Pero ante todo, los corresponsales de guerra, valga la redundancia, hubieron de transitar por escabrosas vicisitudes para llevar a término el rastreo incesante de información, que de otro modo no llegaría a la audiencia global. Y ante el reto de transmitirla iban a ser incontables los obstáculos y atolladeros para acceder a determinadas fuentes de información sobre el terreno, tratando de evitar aunque en situaciones puntuales no quedase otra, que darse por vencido a la predisposición de la especulación.
En verdad, el galimatías marroquí se enquistaba y cebaba cuantiosos debates entre la opinión pública. Grescas, forcejeos y choques dialécticos del todo indisociables que destapaban la facha del desgarro suscitado en la autoestima.
Entre ellos, referiré sucintamente el que atañe a las alianzas internacionales, obsesión sensible para la voz conservadora y afecta de la neutralidad celosa para recobrar terreno perdido y del que se dispuso desacreditar el trabajo diplomático. Y por otro, el acomodo de un régimen para la zona atribuida a España en el Protectorado, agudizado en los intervalos en que había que enfrentar a las masas de atacantes espoleados por el máximo exponente del nacionalismo rifeño y, a la postre, el líder supremo magrebí, Abd el-Krim (1883-1963). Curiosamente, cuando se producía cualquier suceso belicoso de impronta rifeña en detrimento de la milicia española, la prensa replicaba casi acorde, requiriendo una contraofensiva para contrarrestar cuánto antes al enemigo bereber. Pero si prevalecía el diálogo, Marruecos perdía su rasgo noticiable.
Aun así, el sinsabor diplomático persistía aunque la ciudadanía no estuviese al tanto, al igual que al contemplarlo demasiado revuelto, era proclive a despreocuparse de los asuntos internacionales.
En otras palabras: la indeterminación estratégica y el resentimiento que originaba la incisión marroquí, terminaron confluyendo en una oposición reforzada. O lo que es lo mismo: se divagaba del rehúso individual al colectivo, intentando arrastrar a la opinión sobre el beneficio de continuar en el Sultanato.
A la par que los jóvenes esquivaban el Servicio Militar Obligatorio, los anuncios de agencias de deserción aumentaban y las protestas se extendían. Y no demasiado distante, el integrismo se lanzaba reciamente por una conflagración fulminante, mientras que a juicio de varios observadores, el maurismo, precursor de la derecha más radical española, insistía en la concepción de Marruecos como fiador de la independencia nacional.
No quisiera finalizar esta exposición enfocada a resaltar la labor peliaguda y por instantes, inadvertida, de los corresponsales de guerra en Marruecos, sin hacer una pequeña referencia al Desastre de Annual, una hecatombe que causó una cantidad inasumible de víctimas mortales y que apresuró el proceso que mortificaba el sistema de la Restauración.
Sin lugar a dudas, este descalabro histórico plagado de malas decisiones, fue incuestionable para empujar al abismo el engranaje parlamentario establecido en España desde las postrimerías del siglo XIX.
El efecto dominó de la mayor debacle jamás digerida por un ejército colonial europeo en territorio africano en la política exterior española, deslindó su política interior y evidencia a todas luces un análisis acompasado, introspectivo y crítico, que no es posible llevar a término para no extralimitar la extensión de estas líneas. Toda vez, que el peso de esta derrota en el resultar de la vida política, económica y social de España en el primer tercio del siglo XX, ya es reconocida por diversos historiadores en su proyección en lo que incumbe al advenimiento de sistemas dictatoriales que asfixiarían los primeros destellos democráticos.
Una vez más, la incrustación de la censura junto a las oscilaciones en su praxis, no gustaron para nada entre la opinión pública que, a su vez, no tardaría en descifrarlo como un boicot injustificable. Y todavía más, cuando la discreción gubernamental entre tanto estruendo en la intermitencia de las noticias filtradas a cuenta gotas, merodearía dolorosamente entre la población que había perdido algún ser querido en las inhóspitas tierras africanas.
Finalmente, el encaje de las piezas de este puzle de cubrir y transferir información objetiva desde el mismo foco del conflicto, informando sobre el impacto real de una guerra singular (guerra de guerrillas) para ofrecer datos observables de manera imparcial y sin influencias de convencimientos en una trama de desinformación y violencia exorbitante, se convertiría para el corresponsal de guerra en una ocupación titánica y llamémosle desmedida, en sus distintas formas de concretarse.
A fin de cuentas, no bastaba con alcanzar el triunfo en el campo de batalla, sino que previamente era inexcusable cosechar la victoria sobre lo que la pluma dejaría fraguado en el papel. Y a lo largo y ancho de las campañas hispano-marroquíes se advierte la simultaneidad de veredictos antagónicos, pero asimismo, el empaque de pensamientos e impresiones compartidos, porque la opinión pública de aquel tiempo era básicamente resbaladiza, aunque igualmente manejable y en este caso, un elemento rentable al servicio de la política exterior.
A este tenor, la propaganda de guerra y una cada vez más contrapropaganda emprendedora en su argucia, influyeron para desentumecer a la opinión pública del sopor de una guerra fundida con las tripas. Mientras tanto, el corresponsal de guerra lidiaba en su modus operandi particular de sobrellevar los choques y acometidas de las huestes rifeñas, para limar las anotaciones y aclaraciones más perceptibles en el clima de opinión y así robustecer la concienciación, que lo escrito de puño y letra era lo que con el máximo rigor acontecía.






