Vivimos en un país dolorido, encallecido por demasiados escándalos políticos. Una ETA que no se rinde y a la que no se doblega, cortabolsas, corruptos, cohecho, la injerencia de la política en la justicia, o la estulticia delincuencial sin más, España soporta tal cantidad de indeseables con poder político que la supervivencia del actual modelo de democracia se encuentra en entredicho.
La principal razón por la que la democracia está en entredicho es por la facilidad con la que los corruptos se mueven por ella. No es posible convivir en paz cuando se soporta la tasa impositiva más elevada de occidente y se estima que el 4% del PIB –es decir, el 10% del gasto público– es saqueado por corruptos que, para escarnio público, se sitúan, o los sitúan, en los más altos niveles de responsabilidad; mientras a su alrededor se suceden las cifras de paro y pobreza más abismales de toda la UE , mermando la confianza que los ciudadanos tienen en la justicia para acabar con este cáncer.
Otra razón que pesa sobre al actual modelo democrático es la permisividad que se tiene con los intolerantes que pretenden acabar con ella. Los fingidos fusilamientos que trabucaires han realizado sobre un concejal del PP, lejos de ser una broma de mal gusto, son la escena soñada por aquellos que han hecho de su bandera el odio a España. Las declaraciones del alcalde de Coronil comparando a la Guardia Civil con dementes asesinos llamados yihadistas, haciendo un llamamiento encubierto al odio guerracivilista, son referencias que nos indican que colores está cogiendo el panorama político y por donde se van a ir desarrollando las labores opositoras al Gobierno.
Lo peor del asunto no son los actos en sí mismos. Lo más lacerante del repugnante asunto es la indulgencia y tolerancia con la que determinados líderes políticos lo han asumido. El que desde algunos partidos no hayan realizado ni una miserable, y fingida, frase de condena es una declaración connivente de intenciones. El silencio les hace cómplices de una situación inhumana de presión social sobre aquellos que piensan distinto, y por tanto, contra el actual modelo de democracia.
Hay muchas formas de acabar con la democracia. “Con las botas o con los votos”, como aludía Felipe González en caso de la dictadura venezolana inspirada por líderes de Podemos. La corrupción y la intolerancia de la actualmente inexistente izquierda moderada es otra.
Al final solo uno aprieta el gatillo, pero son muchos los que incitan a ello. El hacer un llamamiento a la lucha contra la corrupción, la cordura, o la moderación, es un grito que todos alardearán de realizar mientras con la boca chica le sacuden otra bofetada a la democracia, normalmente en la cara de los ciudadanos.





