Ya escribí un artículo en este medio, en el que comentaba y hacía hincapié en que el dinero público tiene que ser muy controlado en cuanto a los gastos y también resguardado de aquellos depredadores que lo tienen a su alcance y hacen un mal uso de él. A la vista está que los hay y muy peligrosos, son verdaderos expertos en apropiarse de lo que no es suyo. Eso sí, con guante blanco.
Mi indignación y pienso que la de la ciudadanía en general, me hace escribir este artículo para derramar más tinta sobre los que para mí tienen la mayor parte de culpa de la miseria en la que estamos involucradas las personas de bien de este país como consecuencia de la mala gestión de nuestros dineros, es decir, los dineros con los que a modo de impuestos contribuimos de una forma u otra a las arcas del Estado.
Este dinero debe ser sagrado. Se ha de gastar con equidad, inteligencia y honestidad y también observando un orden de prioridades, que estará marcado por las necesidades de los ciudadanos en cada momento.
Este dinero no es un bien propio de quienes lo gestionan, aunque muchos de los cargos políticos que nos gobiernan y nos han gobernado, así lo han entendido y se lo han apropiado impunemente y digo impunemente porque es la verdad.
¿Cuantos imputados y juzgados por corruptos, amén de los encubiertos por intereses partidistas, y cuantos encarcelados?. No voy a citar casos ni nombres porque de todos son conocidos y también porque la página se me podría quedar pequeña.
Yo defino a los corruptos como gente sin escrúpulos de tipo alguno, son unos hipócritas desalmados que merecen castigos ejemplares. Pero ahí están, lo de corrupto lo llevan en la solapa como un título nobiliario, no tienen dignidad, ni ellos ni quienes los encubren, aunque sus partidarios se la quieran dar manteniéndolos en sus poltronas delictivas.
En cuanto a los políticos, en general, los ciudadanos a los que se deben, da la impresión de que les importamos un pimiento. Es más importante para ellos la defensa de sus intereses partidistas y la defensa de sus chismes y pachangas, que ponerse a gobernar y velar por el bienestar de los ciudadanos.
Cierto es que los casos de corrupción que los partidos políticos ya no pueden ocultar y salen a la luz pública, gracias a la labor periodística, son perseguidos por encomiables trabajos de investigación policial, instrucciones meticulosas e interminables, cientos de personas dedicadas en exclusividad a la vigilancia, persecución, captura y condena del político, gran empresario o banquero, corruptos.
Toda esta parafernalia crea ante el ciudadano expectativas de entereza y justicia, pero no, al tiempo de nuevo decepción, absolución o minicondenas. Ha quedado cubierto el expediente.
Eso sí, objetivo cumplido. Hemos estado muy entretenidos a lo largo del tiempo con el seguimiento mediático de cada caso de corrupción, que en definitiva parece ser lo pretendido. Todo ha sido como una película de suspense en la que al final no hay ni buenos ni malos, sino todo lo contrario. Aquí no ha pasado nada, a tenor de los resultados condenatorios y como siempre, volvemos a sentirnos engañados.
Hay causas que a veces quedan en el olvido, o juzgadas sin consecuencias penales significativas para los inculpados y cuando no, absueltos por la gracia de Dios. El código penal parece no estar hecho para ellos y sí para los robagallinas, al menos es la sensación generalizada.
La ciudadanía está desencantada con la política y totalmente desprotegida ante los depredadores de los dineros públicos. Es que, no paran de robar.
La tolerancia de la influencia, coacción o amiguismo, parece estar extendida en los poderes del Estado, de modo que difícilmente pueden comportarse y realizar sus respectivos trabajos como verdaderos poderes independientes.
Los jueces y fiscales deben dar rienda suelta a sus valores e independencia y con entereza, arremeter sin compasión contra los que en gran medida tienen la culpa de los descalabros que continuamente estamos padeciendo los más débiles, los que siempre pagamos los tiestos rotos, los que, según los verdaderos culpables, tenemos la culpa.





