La vida es injusta. Lo es. Y lo peor es que no podemos hacer nada para cambiarla. Sumaremos pequeños pasos en el camino pero seguirá siendo igual de injusta, de desequilibrada, de dura para unos y demasiado placentera para otros. Los primeros casi siempre sin justificación, los segundos casi siempre sin merecerla.
La vida es injusta por demasiadas cosas y se vuelve complicada sin solución. Entender esa especie de juego incomprensible es inútil. Mucho.
Por el camino se han quedado personas importantes para mí. Mucho. Personas que lo fueron y nunca volverán; personas que lo son pero a las que no les dejan estar. Y la vida se empeña en impedir que nada mejore. Los que se fueron lo hicieron por sorpresa, sin tiempo a despedidas y precisamente cuanto más falta hacían. Personas que no pueden ser sustituidas y que dejaron un vacío que duele, más o menos según las épocas, pero siempre duele.
La vida te quita a personas de tu espacio próximo y no las deja volver, de forma injusta las ubica en el peor de los caminos porque sí, sin espacio ni oportunidad, eliminando poco a poco su capacidad de lucha. Están físicamente pero viéndose mermadas a un futuro tirano y duro.
Cuando de críos nos pedían en el colegio la típica redacción de cómo queríamos que fuera nuestra vida de mayores nos engañaban aprovechando la mirada pura de un crío que ni por asomo deja evadir su mente a pensamientos incomprensibles, a pensamientos sobre situaciones que llegarán y que tendremos que asimilar.
Nuestra arquitectura mental infantil se ceñía a garabatear un modo de vida sustentada en argumentos y bases simples. En ese mundo todo era sencillo, sin complicaciones y nuestro futuro inventado debía ser así, sencillo y sin complicaciones.
La vida adulta nos hace mirar aquello que escribíamos con la nostalgia de querer volver a pensar y soñar como un niño aunque la realidad te tenga ya enrolado en este mundo de adultos y de vidas injustas cual callejón sin salida.
La vida es injusta, mucho. Y nada podemos hacer para cambiarlo.






