La luz se desvanece. Tres efímeros pero hondos suspiros, como llegados desde las tinieblas del pasado, habían precedido a la oscuridad.
Medianoche en Ceuta, la inabarcable negrura del ocaso, cayendo a plomo, como un techo que acaba de derrumbarse, sobre su persona, es decir, sobre la de–aproximadamente– ochenta mil almas ceutíes, castigados sin luz. El libro queda tumbado en el cojín, baja las escaleras guiado por el humo de aceite de la lamparilla que ha improvisado: duda de si, en realidad, es él quien va peldaño tras otro y no su abuelo, ya muerto, que se ha sacudido del traje de madera y borrado de un plumazo tantas décadas de cansancio, para volver y darse un garbeo por la España de los cincuenta, de los sesenta, ese país modelado en sepia. Lejos de enojarse con empresas encargadas del suministro de luz; de maldecir por las explicaciones -¡ay!-, que los que rigen darán nada más amanezca el nuevo día; de esconderse bajo una sábana empapada en el sudor del resentimiento visceral; lejos, muy lejos de todo eso, camina por una travesía deslumbrante, a través de una senda iluminada, sumergido en un pasaje lento y gozoso: sí, se fue la luz ocho horas, se pasó calor y la indignación es la reacción inmediata y tal vez lógica pero ¿acaso ya nadie recuerda esos preceptos básicos de la Ilustración? El verdadero progreso está en la razón humana. Lo demás importa poco o nada. Hágase la luz.






