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Ho Chi Minh, la puerta de Vietnam

Salí de Camboya en un largo pero cómodo trayecto en autobús desde la capital, Nom Pen. Resulta interesante el uso del espacio que los camboyanos pueden dar de un autobús, mas adelante descubriría que los vietnamitas llegan a tener más imaginación.

En los trámites de pasaporte de la frontera vietnamita descubro que cruzar la frontera vietnamita por tierra desde Camboya solo te da derecho a quince días de estancia mientras que si lo haces por avión tienes treinta días. Cruzar Vietnam de sur a norte en tan solo quince días me parece un despropósito e intento darle una solución que, para mi suerte, encuentro rápido en una agencia que hay cerca del cuchitril donde me hospedo. Hay un pequeño “truco”: salir de Vietnam hasta Laos y volver a Vietnam por el paso fronterizo de Dakta Ok Lao, esta estratagema te permite un mes más de estadía en Vietnam, pero esa es otra historia.

Ho Chi Minh o la antigua Saigón antes de la unificación tras la guerra de Vietnam es la ciudad más poblada de Vietnam y un caos de tráfico rodado. Llego a la ciudad acompañado por el caudaloso rio Mekong en casi todo el recorrido. Llegar hasta mi hostal fue una caótica aventura. Para colmo mi hostal está en plena calle de fiesta nocturna, el jaleo de música, gritos, claxon es ensordecedor. El hostal está lleno de mochileros, estudiantes vietnamitas y ratas del tamaño de conejos que pululan por el hostal actuando como si tuvieran literas asignadas. Me ducho acompañado por una rata que me miraba como esperando su turno de ducha, salgo lo más rápido que puedo y al bajar la escalera me cruzo con otra que me mira como queriéndome dar las buenas noches. En recepción me dan como solución a un gato gordo que duerme panza arriba en una caja de cartón, no logro imaginármelo corriendo escaleras arriba intentando cazar liebres con cara de ratas. Desisto. En mi vida no he visto tantas ratas como en Ho Chi Minh, extrañamente parecen vivir en simbiosis con la población.

Aprovecho la mañana temprano para pasear por la ciudad, tras unos kilómetros de caminata doy de frente con la Ópera de Saigón, un edificio coqueto con clara influencia francesa que es escoltado por jardines sencillos y una larga avenida que los novios aprovechan para hacerse fotos de boda.

Aun quedan algunos vestigios de la antigua Saigón, esta ciudad crece a pasos agigantados, rascacielos que tapan la diferencia entre clases sociales, como en todos los países. Entre sus calles se mezclan modernidad y tradición que han sabido mezclar con armonía. El calor aprieta a mediodía a pesar de ser febrero, busco una zona verde que mitigue el vaporón que me acompaña a cada paso, finalmente encuentro un parque lleno de altos arboles y me quedo un par de horas entre ellos intentando escapar del caos circulatorio que impera en la ciudad y del calor que lo acompaña.

Al anochecer el insoportable ruido de fiesta me impide dormir, así que me uno a mi enemigo y bajo a formar parte del gentío. Silencioso, sentado en un escalón con una cerveza en la mano, soy testigo de peleas, bailes en mitad de la calle, motos que pasan esquivando a noctámbulos con cero respeto por su vida. Me prometo a mi mismo revisar dos veces antes de reservar un hostel. Doy un paseo antes de volver al hostal, me alejo del gentío y exploro callejones estrechos bien alumbrados que dan a otros callejones estrechos, continúo hasta que el ruido es un lejano murmullo, deseé que el hostel fuera ahí. Ya era madrugada y volví perezosamente.

Como cada mañana, huyo lo más lejos posible de mi alojamiento para desayunar y seguir conociendo la ciudad. Tras un desayuno a base de café y baguette me dirijo a ver el Palacio de la Reunificación. Al llegar encuentro un edificio sobrio rectangular de pocas plantas con una gran fuente en el centro y un césped bien cuidado que era la antesala al edificio y donde los vietnamitas parecían disfrutarlo como lugar de reunión. Me senté un rato en el césped pensando que a pesar de una atroz guerra que dividió al país en dos no logró dividir al pueblo vietnamita, lo sentí en su gente, en cada ciudad que visité de Vietnam. No esconden su pasado, aprendieron de él y hoy viven en paz, con una alegría que notas en sus miradas, en sus actos, en su amabilidad. Hay cierta belleza en esa forma de vivir fluyendo y aceptando con todo lo bueno y malo que la vida les ofrece. Un estilo de vida, elegancia, que pocas veces he visto.

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