Opinión

Hassan y la guerra

Mi amiga y compañera Carolina Sastre me contó la historia de Hassan: “Escribe sobre esta noticia, necesitamos saberla para calmar el desasosiego de la guerra”. Ahí va esta historia que escribo con las manos de ella. Mientras el mundo escucha las bombas aniquilando al pueblo de Ucrania los tambores de guerra amenazan al planeta y a sus habitantes. No aprendemos de la Historia. Cerramos los ojos y nos tapamos los oídos como avestruces en peligro para no sucumbir ante el horror, ante un holocausto anunciado, ante otro genocidio implacable que derrama toda la sangre en esta guerra imparable.

La solidaridad se ha convertido en un muro de contención, en un búnker improvisado en el que se esconde la vida de todas las bombas que iluminan ciudades sin luz. En una vorágine de noticias que hablan de muertos, desaparecidos, ciudades sitiadas y edificios derruidos, nos encontramos con historias de supervivencia, de lucha ante lo imposible frente a las circunstancias.

“A unos  1.200 kilómetros desde el este de Ucrania con el número de teléfono de sus familiares anotados en la mano, Hassan llegó sano y salvo a Eslovaquia”. Con tan solo 11 años, emprendió el éxodo solo desde su hogar en la ciudad ucraniana de Zaporizhzhia porque su madre no podía dejar a su anciana madre. Ella misma lo puso en un tren con la esperanza de mantenerlo salvo. Cuando Hassan finalmente llegó a la frontera entre Ucrania y Eslovaquia, los funcionarios de aduanas lo ayudaron a cruzar.

El niño llevaba una bolsa de plástico, una pequeña mochila roja en su espalda y su pasaporte. Fue acogido por voluntarios que le dieron comida y bebida mientras funcionarios fronterizos localizaban a sus familiares en la capital eslovaca, Bratislava.

Hassan son todos los niños anónimos  de todas las guerras, Hassan es el símbolo de la resistencia, Hassan es la victoria ante las derrotas, Hassan es la inocencia, la sonrisa, los sueños en cada uno de esos 1200 kilómetros minados por un odio que Hassan no entiende. Los padres de Hassan son cada uno de nuestros padres que apuntan en nuestras manos cualquier número de teléfono para hacernos pensar que la vida es bella.

Todas las personas que ayudan a Hassan en este viaje infinito son voces que te van indicando las rutas para escapar, para seguir adelante, para no pararte nunca pase lo que pase, aunque el enemigo camuflado te busque con unos ojos indefinidos acostumbrados a ver enemigos en todo momento.

Todos deberíamos de anotar en nuestras manos alguna palabra, algún número, algún trozo de papel por si alguna vez nos convertimos en una especie de botellas lanzadas al océano. Hoy soñaré con Hassan y miraré al mar, soñaré con unas manos que gritan en silencio. Diría con Neruda que “tiritan azules los astros a lo lejos” mientras escribo los versos más tristes esta noche.

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