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Hace seis años ya de aquel COVID malo

A mis queridos convecinos y convecinas de mi Ceuta, la Ceuta de mi alma, aquí me presento después de seis años ya, Javier Chellarám, el muchacho alto con gafas que siempre ha suspirado por esta tierra dando rienda suelta a mi duende por sus calles y playas, barrios y rincones.

Seis años ya de aquel 2020 que saltó el estado de alarma siempre fui un tipo disciplinado por mi espíritu militar e indómito, y procuré adaptarme al máximo a los momentos de pandemia así como los cambios que se iban decretando a causa del covid, como el uso de guantes, geles y finalmente la mascarilla así como mi despliegue como reportero en la Operación Balmis por todos los lugares remotos y de máximo riesgo que me pude desplegar tomando siempre el máximo de precauciones y con la sensación extraña al llegar a casa pensando en si lo había cogido.


Llegó el verano, había que salvarse con el verano y las playas y ver esas colas de aforo para bajar a la Ribera como si no hubiera un mañana, como si no hubiera ese ancho mar que rodeara mi tierra y como si no hubiera una mejor hora que degustar el placer de un baño.

Y las noches barrieras donde los gritos, risas, jaleos y apretujones en los bancos de la gente joven desembocaban en extractos bacanales de éxtasis entremezclando feromonas.

Y llegó el año nuevo donde todos nos poníamos haciendo peinetas y cortes de mangas al calendario y al 2020 pero quizá no sabíamos que teníamos que sacarnos tarjeta amarilla nosotros mismos hasta que llegaron las noticias a la familia en la noche de Reyes , uno había dado positivo, llega la semana siguiente y dan cuatro positivo, llega el sábado siguiente otros dos positivos y este servidor pensando en que era eso de “soy leyenda” porque el “ test antígenos” ese que te meten el bastoncillo hasta el cerebro por la nariz daba negativo.


Pero haces el esfuerzo de coger una bombona de butano porque como eres deportista y notas que el esfuerzo equivale a sacar un paso de Semana Santa así que bailaba uno la Jerusalema, haciendo estiramientos pero eso no se quita, vas notando olores que se van distorsionando, una tos extraña, una sensación de flojeras y esa hamburguesa completa que te volvía loco ya no puedes y le das sólo tres bocados.

Hasta que por fin el lunes y los cojones del Minotauro se le ocurrió a la doctora de guardia pedirme una PCR de garganta, y mandarme antibióticos para de esta forma al día siguiente venirme las enfermeras y hacerme la prueba en la garganta y la nariz, otra más en la nariz y van siete para recibir la llamada de Sanidad con el resultado de positivo.


Llamadas de la Consejería y preguntándome mis síntomas y malestar, recordándole al interlocutor que mi cuerpo al ver el lavabo era un homenaje a esos viajes en el Chumbo en los años setenta pero sin echar ni gota pensando que en un golpe de arcada podía expulsar medio pulmón o una arteria coronaria.

Hasta que llegó la llamada gracias gracias a la aplicación COVID CEUTA, la segunda llamada de socorro que metí en la aplicación y me recetaron más ciclo de antibióticos, corticoides, vitamina y pastillas para la fatiga.

La fiebre la que me acompañó durante diez días interminables, donde no podía ni sentarme en el salón a ver una película así como ponerme ante el ordenador para escribir , cinco años después comparto mi historia con todos mis vecinos ceutíes, estos días con sus noches los que tuve que ir al Loma Colmenar, al ambulatorio, la plazoleta del barrio, la gente seguía siendo la misma como si la vida fuera un tirarnos con la bici por el Recinto cuando éramos chicos, sin pensar en el batacazo letal que podíamos sufrir.

Las noches mientras me contentaba con paracetamol de un gramo esperando la madrugada me venciera bajo la luz de la mesita de noche y los delirios que no acababan, el barrio era un grito pelado, un escándalo de balonazos, jadeos femeninos y broncas de machos como si la palabra responsabilidad fuera del alcance de unos pocos.

Dejo mi reflexión final recordando cómo acabé cuando recibí el alta del confinamiento, los llantos y los sufrimientos de no poder andar y apenas dar pasos escuchando la frase de conocidos: ¿te ha dado un ictus?

El mundo de confort que todos deseamos a veces se nos va la vida en un suspiro con la Dana, los trenes, las guerras y tantos males que siempre cuando me miro al espejo me digo, “aquellos diez días de diferencia entre test de antígenos (nariz) y PCR (garganta ) fue la gran diferencia de pegarme dos meses confinado, y tanto sufrimiento que siempre uno duda en cerrar la puerta del baño o dejarla abierta.

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