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Fútbol, nexo de unión entre personas y pueblos

Por Silvia Perdiguero
12/06/2014 - 06:58

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Cuatro años después, el verano da la bienvenida al Campeonato del Mundo, el torneo de fútbol más prestigioso y bello a nivel de selecciones, que en esta ocasión se celebra en Brasil, país que por antonomasia porta la bandera de este deporte con orgullo, estilo y merecimiento. Más allá de las graves y desde luego que calamitosas revueltas sociales que sacuden Brasil,

y aún en el caso de que puedan aminorarse a tiempo y el Gobierno lime asperezas de última hora con los miles de afectados, el país se convertirá a buen seguro en el epicentro de un universo mágico, el concerniente al de un espectáculo que mueve pasiones en cada rincón del planeta.
Es precisamente el carácter global de este deporte, que alcanza cotas extraordinarias cada vez que se celebra la Copa del Mundo, lo que hace que la cita sea mucho más que una excusa para pasar el tiempo, dar unos saltos de alegría, admirar el juego de una u otra selección o vibrar con la emoción que rodea cada encuentro. Porque, concebido para que en él participen combinados de todo el mundo, y así accedieron hasta 32 países de los cinco continentes, que luego de superar una fase previa fueron los agraciados de poder participar gracias a su buen hacer así como de la pizca de suerte que siempre ha de acompañar a cada persona y equipo que sea partícipe de un juego donde el azar es parte del mismo, el Mundial constituye en realidad uno de los mejores escenarios de unión entre pueblos dispares, razas distintas, personas singulares y naciones regidas por patrones sociales, económicos e ideológicos diferentes y acaso antagónicos.
Lejos de la creencia, cerril, desfasada, macabra, de que, como ocurre en la vida, pero sobre todo en el fútbol, al enemigo en pos de conseguir la victoria propia se le ha de negar siempre hasta el agua, como así entienden, actuando en consecuencia, un sinfín de infames personajes más allá del Bilardo que se sentó en el  banquillo del Sevilla F.C. en la década de los noventa, el fútbol pone al alcance de las personas la inmejorable oportunidad de progresar en asuntos que son, o debieran ser, elementales para el grueso de la Humanidad.
El respeto a quienes son diferentes, y han nacido en el África Negra, América Latina, o son oriundos de Asia o Europa, y por tanto hablan idiomas distintos;  a quienes rezan por Mahoma, Cristo o Buda; se rigen por costumbres propias, singulares; comen pescados crudos o tortilla española; o defienden ideas políticas contrarias, es básico para la vida y la pacífica convivencia entre personas y naciones, una circunstancia que de una manera muy gráfica se observa en un deporte tan auténtico, como de tintes ancestrales, como el fútbol, donde la pasión desnuda la verdadera esencia del ser humano sea éste eslavo, nipón o mejicano y donde en una cancha pueden unirse, en el caso de clubes, futbolistas que defienden un mismo equipo pero que han nacido en puntos extremos del mundo sin que el seguidor sienta una merma, más bien al contrario, de identificación con sus colores.
Partiendo de la base de que el fútbol es, en bruto, para los espectadores una fiesta alrededor de la cual se pueden pasar momentos de enorme felicidad, aún a riesgo de que también estallen gigantescas desilusiones, metáfora de la propia existencia de los humanos, el deporte, y más cuando se trata de uno tan global que cuenta con millones de seguidores, es el conducto perfecto para que aflore un sentimiento de complicidad común que redunde en beneficio de la convivencia pues ¿acaso un español no sintió lo mismo al levantar la Copa del Mundo en Sudáfrica que un brasileño cuando en 1.970 la Brasil de Pelé y Jairzinho maravilló al mundo con un memorable y triunfante jogo bonito; un argentino no vibró con Maradona en México y ante Inglaterra con la intensidad que lo hizo un holandés con aquel gol de Neeskens a Alemania en el 74 aunque luego no serviría para lograr el triunfo final; o no fueron idénticas lágrimas las que derramaron los seguidores italianos cuando vieron a Roberto Baggio, la gran estrella, lanzar al limbo la pena máxima y definitiva en la final de USA 94 y los senegaleses que quedaron eliminados en Corea en la que, consideraban, era la oportunidad irrepetible del país para hacer Historia?
Las victorias y derrotas de los equipos de fútbol; las alegrías y tristezas; las justicias e injusticias; la poesía y la tragedia; el heroísmo y también lo mundano unen a unas personas que, más allá de la preparación intelectual que tengan, de los estudios recibidos y de la inquietud que muestren por cultivarse, en torno a una pantalla y mientras siguen con atención un partido encuentran una verdadera escuela de vida donde valores imprescindibles se ponen de relieve con nitidez y vigor.
Porque pese a ser un arcoíris sentimental, que mana por tanto del corazón, el fútbol puede ser (y es), y así intentan divulgarlo desde hace décadas los organismos competentes, así como la mayoría de gobiernos, cronistas deportivos, patrocinadores, intelectuales, los propios profesionales del balompié y, en definitiva, todo aquel que juegue un papel, más o menos activo, dentro de la industria deportiva, una manifestación de absoluta racionalidad, esa que sólo conciben las personas sensatas, no los hinchas violentos e intolerantes, aquellas que son conscientes que más allá del juego y la rivalidad se trata de una noble actividad que es seguida en cada continente por niños y adultos; hombres y mujeres y cuya afición amén de dar rienda suelta a emociones provoca, consciente o inconscientemente, que los lazos de solidaridad, de respeto y compañerismo entre las gentes se fortalezcan por el bien global y se impongan, derribándolos, ridiculizándolos o dejándolos reducidos a la mínima expresión a aquellos mediocres, racistas, nacionalistas y cruentos que no tienen más horizonte que el que marca su propio y corto territorio y su  intensa bilis mental.

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