Ceuta debe recibir todos los apoyos que sean necesarios para salir adelante; apoyos que ayuden a superar el auténtico ataque sufrido el 30 y 31 de julio, cuando Marruecos permitió que miles de personas entraran por el espigón del Tarajal, cuando Marruecos utilizó a sus propios nacionales para desestabilizar -o al menos intentarlo- a toda una ciudad.
Esta semana el presidente de la Ciudad pudo trasladar en Bruselas todos los problemas que bloquean una tierra que tenía muchos proyectos antes de ese día 30. Pudo trasladar con sinceridad la versión directa de lo que ha supuesto la invasión sufrida para el desarrollo de esta tierra y para los propios ceutíes.
Europa tiene mucho que decir sobre lo que ha pasado y tiene, también, mucho que hacer para atender su frontera sur generando las fortalezas necesarias para que lo sucedido a finales de julio no vuelva a tener lugar.
No solo se han frenado cuantiosas expectativas, sino que además se está poniendo en riesgo la convivencia que durante años ha primado como un valor de esta tierra. Es mucho lo que se puede perder, mucho más de lo que ya se ha perdido. Y no solo en el plano económico, sino también en el sentimental, en el que afecta al estado psicológico de una sociedad bloqueada por el miedo y por el rechazo a que lo sucedido vuelva a repetirse.
El propio presidente de la Ciudad, Juan Vivas, hizo una pregunta que todos los ceutíes se han hecho: ¿volverá Ceuta a ser lo que era? Es, sin duda, la clave de todo, ante la sinrazón de unos momentos en los que prima el caos, la masificación y la pérdida de espacios, además de los riesgos.
Bruselas, receptiva a la situación de Ceuta, puede y debe hacer mucho para que, al menos, se aporte seguridad y tranquilidad a los españoles de este lado del Estrecho.
Tiene que garantizarse un blindaje no solo en materia de seguridad, sino también diplomático para que sucesos como los registrados a finales de julio no encuentren repetición.
El futuro de Ceuta está en manos no solo del propio gobierno que es responsable de lo ocurrido, el de la Nación, sino también de Europa, la garante de que, simplemente, se pueda tener futuro.






