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En los talones

Por Ana Isabel Espinosa
25/10/2020 - 04:00
Calles vacias 78

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Me da tirria ser perspicaz porque si vienen baches soy la primera en notarlos. He leido que están en las Facultades de Enfermería dando cursos acelerados de cómo usar un PCR. No sé si saben que el cuarto curso de Enfermería son prácticas en su totalidad, pagadas por los estudiantes(o sus padres mejor dicho) porque se supone que les enseñan a hacer bien su trabajo. En plata les diré que se dedican a descongestionar un poco el penoso sistema de salud, donde faltan tantas contrataciones y efectivos. Lo de que ahora estén enseñándoles, me grima. Será que de dos más dos, sumo seis. Lo cual es normal para los que somos del Bachillerato de letras puras y duras, con latines y greguerías.

Que en mi ambulatorio de referencia parte de la plantilla esté de baja por Covid, tampoco me alegra la existencia. Me entenderán. No me creo alarmista. Los locos conspiranóicos me ponen la piel de gallina. Intento cuidarme, ni salgo sin mascarilla, ni voy a botellones, ni a celebraciones, pero tengo- al igual que cualquiera- todas las papeletas para coger al maromo del virus. Y estoy saturada, más que el sistema de Salud. O casi. Eso de las llamadas de Atención Primaria nos está llevando al aislamiento y tanto internet ahora- por obligación- nos regalará depresiones, soledades y mutismos varios. Se habrán dado cuenta de que últimamente soy una feria con panderetas y farolillos, será porque pronto viene Halloween y ya me está saliendo el culo de calabaza.

No sé ustedes, pero a pesar de todo lo que está cayendo estoy mucho mejor que cuando tenía que ir a ver a mi padre recorriendo ciudades que estaban confinadas, con calles desérticas, sin nadie que te viera pero con la sensación de vértigo de que todo el mundo me miraba por la ventana. Agorafobia nivel máximo con todo el espacio para ti y ni una sola gota de aire que ventilar tus dudas y temores. Con el confinamiento me plegué sobre mí misma como si fuera una paloma de papiroflexia, borde contra borde hasta quedarme en concentración de mala baba y angustias expansivas. Pero nos estamos acostumbrando y ya los números no nos dicen nada. Mi padre que por una temporada se taponaba la boca con una bufanda- porque a pesar de yo ir a hacerle compras y mandados, me daba el salto para salir a darse un garbeo- ahora, en cambio, solo usa la mascarilla azulona que regala la Junta haciéndome creer que es capa de Supermán con capacidad para librarle de las lacras que regala el jodido virus.

No quiero ser cruel, pero parece que estamos destinados a la extinción y que como Pecado en la alegoría corremos a ras de precipicio intentando no tropezar, pero aumentando la velocidad a cada instante.

Hoy he visto una laguna con sus docenas de aves acuáticas inmunes a la desazón económica, las eventualidades, las hipotecas y los males que nos machacan a los humanos, dueños de todo el planeta. He visto urracas a pie de carretera jugándosela para comerse algún infeliz gazapo espantado por las luces de la noche, aplastado y convertido en carroña que alimentará a diminutos pajarillos que si no están bien vigilados serán eliminados como todo lo que nace, vive y muere en este puñetero planeta en que extinguirse es el fin principal para nacer. Y aun así, veo el día y la lluvia y el mar y los caminos y las lagunas y las carretas y el aire me entra a través de la mascarilla deleitándome las pituitarias, porque estar vivo es manjar de dioses que usan palillos dentales hechos con el tuétano de nuestros huesos. Así que lo mismo mi padre -con su atenazarse a la vitalidad precaria de un nonagenario- no es tan irreal, ni los vaivenes mentales, ni las furias uterinas, ni los desasosiegos existenciales. Lo mismo todo es parte de un jodido camino que nadie ha cartografiado porque solo consiste en hincar los calcáneos en las aceras y reivindicar vida aun a despecho de covid y otras maledicencias varias.

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