Una de las cosas que más me sorprendían cuando escuchaba por la radiociertas retransmisiones de partidos de fútbol tensos era la extremada agresividad con la que se vertían algunos comentarios, normalmente cuando al equipo del comentarista no le iba tan bien. Siempre penséque, algún día, ese salvajismo verbal dejaría de pasar desapercibido para causar un revuelo mediático bochornoso.
Como suele ocurrir con este tipo de cosas, aunque uno es consciente de la gravedad del asunto y prevé un desenlace desafortunado, se acostumbra a la inacción y no acaba por imaginar cuándo puede llegar aquello que parece natural. Al final ha terminado ocurriendo más tarde que temprano.
Durante la retransmisión radiofónica del Clásico entre Real Madrid y Barcelona del pasado 21 de noviembre en la cadena ‘COPE’, Manolo Sanchís y Poli Rincón, exjugadores del Real Madrid y ahora comentaristas, atacaron a Neymar incluso después de recibir una durísima entrada en la rodilla por parte de Isco. Sanchís insistía que con esa actitud se llevaría muchas más, y Rincón llegó a atreverse a decir que si él hubiera estado en el campo habría “pegado” al delantero brasileño. Siendo franco, estas palabras no me parecieron nada del otro mundo cuando las escuché habituado al ocasional lenguaje visceral de la radio deportiva de este país. Eran comentarios cuya esencia me recordaban a otros tantos que, tiempo atrás, se habían arrojado sobre jugadores del mismo perfil de Neymar, los cuales también pertenecían al Barça, como mera curiosidad.
En esta ocasión, el Barcelona ha requerido a la Comisión deAntiviolencia que abra un expediente a ambos comentaristas por justificar la agresión a Neymar, si bien, en mi opinión, sus intervenciones no se quedaron únicamente en ese punto sino que fueron más allá. De una vez por todas, el club catalán se ha atrevido a hacer lo que los clubes más importantes de la liga española deberían haber hecho hace mucho tiempo para corregir esta clase de actitudes que atentan contra los valores más elementales del deporte limpio.
La defensa de estos valores no es una cuestión abstracta, pues conlleva repercusiones en la realidad mundana que de no recibir un trato adecuado pueden traducirse de manera muy negativa. No hemos de obviar las cantidades tan descomunales de personas que mueve el fútbol en todo este país y la incidencia que los medios de comunicación tienen sobre ellos. Por esto mismo, es un auténtico peligro que los responsables de difundir estos eventos deportivos, sobre todo los que más expectación generan, trasladen ideas de tintes violentos que solo ayudan a caldear contextos ya de por sí crispados. Creo que todos somos conscientes de que muchos aficionados canalizan el estrés generado por el fútbol de una forma errónea, por lo que las instituciones responsables no deberían permitir que las retransmisiones se conviertan en un hervidero de agresividad si no desean reforzar y extender, aún más, conductas coléricas en exceso. En estos temas se ha de actuar con la mayor severidad para intentar arrinconar lo máximo posible estos comportamientos y llegar a convertirlos en infrecuentes y mal vistos, algo que hoy es una utopía.
Desde la óptica deportiva, pienso que es muy triste continuar dando alas a ese manido pensamiento de que se debe hacer daño al jugador talentoso para amedrentarlo. Cualquiera con dos dedos de frente conoce que este deporte ofrece las posibilidades necesarias para frenar a Neymar y a cualquier futbolista del mundo con coherencia, sea cual sea el resultado. Conformarnos con las agresiones y, todavía peor, justificarlas y/o alentarlas son algunas de las peores humillaciones que el fútbol, ese que tanto gusta, puede recibir.





