Son las 10 de la mañana, y como cada día desde el pasado martes, Diako lleva su mochila negra delante del mercado Real 90. Abre la cremallera, y saca los papeles de periódico, los sprays, varias hojas con bocetos y los guantes.
Subido a una pequeña escalera, pega los papeles de periódicos de días anteriores alrededor de una pintura, se pone los guantes, agarra el spray y empieza a pintar sobre los ladrillos de la fachada del mercado. Y aún estará así, al menos, dos semanas más, porque el Real 90 afronta una renovación total de su fachada; donde antes sólo había ladrillos y una pintura negra en la que se indicaba que ése es el mercado, dentro de unos días se podrá encontrar un lienzo con imágenes de Ceuta y con los productos típicos de un mercado. En este momento, por ejemplo, termina de repasar una gallina gigante. Hasta ahora, la única obra de este tipo fue hecha en el frontón de la Marina en el año 2003, pero fue a iniciativa de este grafitero. “Quería hacerle un homenaje a un amigo, y pedí permiso. Me dejaron”, explica Carlos Ramírez Diacomeli, la verdadera identidad bajo ese nombre artístico.
“Es la primera vez que hacen en Ceuta un encargo para un edificio público. Antes había pintado en alguna habitación o alguna persiana, pero eran encargos de particulares: una persiana, una valla de una tienda, cosas así”, cuenta. Lo que él hace, explica, no es grafiti, es otra cosa: “A esto se le podría llamar pintura urbana, porque el grafitero tiene otra intención totalmente diferente. Quiere poner su firma en un lugar de la vía pública y conseguir una fama dentro del anonimato, para que no le pillen”.
Una práctica que Diako defiende. “La actitud de los gobiernos es ambigua. A veces hacen concursos para que los chavales pinten un gran mural entre todos a cambio de un premio simbólico que a veces sólo lleva a poder pagar los materiales. Mientras tanto, persiguen a esos mismos jóvenes por supuesto vandalismo. Pero el vandalismo destruye, y un grafitero crea algo, decide que un trozo de la vía pública tenga su firma”, cuenta. Y se pregunta por qué se criminaliza a jóvenes “que gastan su dinero en los materiales y se arriesgan a que les pillen y se los quiten”.
A simple vista, poco que ver con lo que Diako hace estos días en la fachada del Real 90. “En rerealidad, yo empecé como grafitero. Fue cuando tenía 14 ó 15 años, y era muy difícil. Eso de conseguir una fama anónima se complica en un lugar como Ceuta, en el que todo el mundo se conoce, a lo que hay que añadir la dificultad para obtener los materiales necesarios.
Sin embargo, la pintura urbanaes “más artística”. “Lo bueno es que cuando alguien pase por esta calle y vaya a su trabajo o a cualquier otro sitio pensando en sus problemas, de repente se dé cuenta de que hay un espacio de color en la calle, algo diferente. Que lo vea y se pueda evadir un poco”, comenta.
Se trata para Diako de un trabajo que le reporta “unos ingresos”, pero no un medio de vida. “Estuve varios años viviendo fuera de Ceuta. Hay personas que sí pueden vivir de esto, pero es muy difícil, porque lo mismo una temporada no tienes ningún encargo y estás a dos velas mientras que en otro momento te piden cuatro cosas a la vez. Es muy arriesgado, es pan para hoy y hambre para mañana”, cuenta.
Cuando su trabajo haya terminado, el aspecto de la entrada al Real 90 será tan diferente al de ahora como la noche difiere del día. En los dos murales más grandes se podrán ver en spray las Murallas Reales y la Mujer Muerta. En el resto de recodos, dibujos de frutas, de carnes, y de productos de mercado dejarán claro dónde entran los ceutíes al pasar esas puertas. Y el nombre actual será sustituido “por una tipografía más pequeña, y también más atractiva”.






