Cierto que 6.000 personas, o más, que deciden programar su retorno el mismo día, en una franja horaria similar, para apurar hasta el último suspiro de sus vacaciones, en este caso las del largo puente de Semana Santa, añaden un inconveniente a la logística de las compañías navieras.
Cierto, pero no menos que por pura experiencia, por lógica y por capacidad de gestión esa circunstancia debería estar más que controlada, más que planificada. En la tarde de ayer volvieron a registrarse retrasos, algunos bastante prolongados, en los embarques de Ceuta y Algeciras. Algunos lectores hablan de más de media hora, de ferrys que debían partir a una hora pero pasados 50 minutos no habían soltado amarras. Otros citan el caso concreto de un transbordador con goteras en plena travesía porque a las nubes les dio por descargar lluvia en mitad del trayecto. Con o sin contrato de interés público, con mayor o menor número de rotaciones, a las compañías navieras se les debe reclamar que cumplan los horarios pactados, como en cualquier otro medio de transporte público. A las empresas se les reconoce un esfuerzo en ese sentido –nada que ver con los retrasos de horas de otras décadas, cuando zarpar era casi una aventura– pero tampoco es de recibo que en los tiempos que corren, en plena era de la revolución tecnológica y de la logística, una afluencia punta de viajeros en un día señalado en rojo en el calendario se traduzca casi por obligación en un perjuicio para el viajero. Los precios que pagan actualmente los clientes, en la que fue bautizada hace tiempo como una de las travesías más caras del planeta, merecen al menos una contraprestación acorde. Qué menos que zarpar, y tocar tierra, a la hora prevista de antemano.





