En verano aprovechamos para leer aquellos libros a los que durante el resto del año no le hacemos mucho caso. Es lo que me ha ocurrido con un libro muy curioso, que me aconsejó leer encarecidamente un buen amigo, arquitecto y amante de las matemáticas. “Euler. El maestro de todos los matemáticos”, de William Dunham.
Se trata de un libro del año 2000, de la editorial Nivola, dedicado a la difusión científica de la matemática a través de sus personajes. Esa colección tenía como objetivo presentar, de una forma clara y al alcance de todos, cómo ha evolucionado esta ciencia hasta nuestros días. Lo que se buscaba en esa colección era conocer a sus constructores, los materiales y andamios utilizados, las dificultades encontradas y el ingenio utilizado para vencerlas, para mostrar finalmente la belleza de las matemáticas, consideradas por muchos como la reina de las ciencias.
Esto que digo, puede parecer un poco raro o petulante. De hecho, las matemáticas no son algo que sea del agrado de todo el mundo. Pero si además lo que pretendo es escribir sobre la vida y los logros de uno de los más grandes matemáticos de todos los tiempos, según explica el también matemático Willian Dunham, que para ilustrarlo nos muestra los geniales resultados de Euler, la tarea se hace un poco ardua y complicada. Una simple ojeada a las páginas del libro, repletas de fórmulas y teoremas nos podría llevar a desistir del empeño, para incluirlo en un artículo periodístico. Sin embargo, las palabras de mi amigo, insistiendo en lo mucho que disfrutó con su lectura, me llevaron a esta pequeña aventura literaria, distinta a la mayoría de las lecturas que suelo realizar, que paso a compartir con mis lectores.
Al adentrarme en las primeras páginas, sentí al instante la pasión con la que Dunham narra la vida y obra de Euler. No se trata solo de una biografía al uso, sino de un recorrido fascinante por el genio creador de una mente privilegiada, capaz de transformar la matemática en algo vivo, palpitante y profundamente humano. Dunham combina anécdotas personales, historias de época y explicaciones accesibles de los hallazgos de Euler, logrando que incluso quienes temen las ecuaciones puedan encontrar motivos para maravillarse.
A través de sus capítulos, el libro revela cómo Euler, con asombrosa perseverancia, supo enfrentarse a la adversidad, como la ceguera que marcó sus últimos años, sin abandonar jamás su incansable labor creativa. Así, las páginas iluminan no solo el intelecto, sino también la calidez y la humildad de una figura central en la historia de la ciencia.
Lo más sorprendente es cómo una obra aparentemente destinada a personas expertas logra, gracias a la claridad y entusiasmo de su autor, contagiar el asombro por las matemáticas. La narrativa de Dunham invita a descubrir que, más allá de las fórmulas, hay ideas profundas, intuiciones audaces y, sobre todo, la búsqueda incansable por comprender el universo a través del lenguaje de los números.
A lo largo de sus páginas se relatan sorprendentes conjeturas y teoremas matemáticos sobre la teoría de los números, los logaritmos, las series infinitas, las variables complejas, el álgebra, la geometría y la combinatoria. La audacia, el ingenio y la elegancia de las demostraciones de Euler, me han hecho recordar unas materias complicadas, a las que no prestaba atención desde hacía bastantes años. En algunos casos, incluso se trataba de materias que tenía completamente olvidadas. Es lo que me ha ocurrido con la parte dedicada a la geometría. En concreto, a los puntos notables de un triángulo, como el ortocentro, el baricentro, el circuncentro, y el incentro. Partiendo de la fórmula de Herón sobre el área de un triángulo, Euler descubrió, con la sencillez propia de un genio, el hecho destacable de que el ortocentro, el baricentro y el circuncentro de cualquier triángulo están sobre la misma recta, estando el baricentro dos veces más lejos del ortocentro que el circuncentro. Había descrito lo que se llamó la “recta de Euler”, que miles de geómetras que le habían precedido, desde Euclides y Arquímedes a Herón, habían pasado por alto.
Pero mi sorpresa, a la vez que admiración por este genial matemático, se agrandó cuando leía en la conclusión del libro que el trabajo de Euler también se extendió a las ecuaciones diferenciales o al cálculo de variaciones. O a solucionar el famoso problema de los “puentes de Königsberg”, que dio origen a la moderna teoría de grafos.
En una época en la que corren por las redes miles de noticias falsas y contrarias a la ciencia y a los científicos, detenerse a leer algo así, llega a ser verdaderamente gratificante.
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