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El hombre que esconde el papa

Por Redacción
24/02/2013 - 10:56

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Escribía Francisco Muro de Iscar en estas mismas páginas, el día 19, un excelente artículo sobre Benedicto XVI, de cuyo artículo he quedado prendado de una frase antológica con la que, con su permiso, titulo este escrito. A mí, como a él, me atrae mucho más el hombre que el Papa. Ocho años de papado no pueden empañar toda una vida dedicada al estudio, a la enseñanza y a la meditación en el silencio. Para mí, ‘Ratzinger’ es mucho más atractivo que ‘Benedicto’. Incluso más que su antecesor, Juan Pablo II. El polaco, físicamente, era, sí, un gigante; el alemán, a su lado, se ve empequeñecido, tímido, pero de carácter férreo. Ratzinger es, en cambio, un portento de la filosofía y de la teología. Su encíclica “Deus caritas est” es un texto que presenta la esencia divina como amor “en un mundo en el que a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia”. Esta cita es un aviso para navegantes cristianos y de otras confesiones. Ya estuvo en el Concilio II Vaticano como asesor hace cincuenta años, es decir, que en aquel entonces andaba tan sólo por la treintena.
Benedicto XVI ha tenido que hacer frente a las perniciosas ‘adherencias’ que lastraban la labor apostólica y la credibilidad de la Iglesia. No rehuyó esa labor de saneamiento y de ‘cirugía’, sino que la llevó a cabo ante la descalificación –suya y de la Iglesia– por parte de elementos carroñeros de la peor calaña. Se ha publicado que tres cardenales han hecho llegar al Papa un informe de 300 páginas en el que se detallan las miserias y la podredumbre que envenenan a la Curia. También se dice que tal informe le ha producido tanto dolor que no se ve con fuerzas para atajarlo. Y lo ha dejado para un Papa más joven. La división de la Iglesia es otra de sus preocupaciones. Así y todo no se olvide que la Iglesia es una obra de Dios dirigida por hombres y que, es obvio, ha cometido errores, pero ha pedido disculpas y en la medida de lo posible ha intentado reparar el daño cometido. No, no será fácil la sucesión de Benedicto, pero tampoco lo era la de Juan Pablo II y, sin embargo, se eligió felizmente, con la iluminación del Espíritu Santo, a Ratzinger.
Se ha calificado la renuncia –no exenta, desde luego, de dramatismo– de Benedicto XVI como un acto de responsabilidad ante la merma de fuerzas para llevar a buen término la misión que aceptó cumplir el 19 de abril de 2005, la de dirigir la nave de Pedro, la Iglesia, a la que ha servido con generosidad y largueza; otros han calificado su renuncia como una huida y como una cobardía, pues de la cruz no se baja voluntariamente, es la muerte quien te baja, tal y como le sucedió a su antecesor. Sin embargo, los hay, entre ellos quien esto escribe, quienes lo califican como un acto de humildad. Un enorme acto de humildad. Piénsese en ello, si no. Benedicto XVI, una vez consumada su renuncia, se recluirá en un centro de clausura, y se ocultará a los ojos del mundo. La encíclica que, al parecer, tiene inacabada no podrá ser publicada hasta su muerte. Incluso si escribiera algún otro libro, tampoco podría ser publicado hasta su fallecimiento. Piénsese, además, que el Papa, una vez dimitido, perderá su inmunidad como Jefe de Estado y podría ser llamado a declarar en los tribunales por los abusos a menores por parte de eclesiásticos. Pero, por otro lado, es tal el carisma que posee un Papa, incluso en circuitos de no creyentes, o de otras confesiones, que cuando se supo que Benedicto XVI renunciaría el 28 de febrero, a las 20 horas, el mundo contuvo la respiración, por no decir que se paralizó. Todos miraron, creyentes y no creyentes, a Roma. Roma se convirtió, de nuevo, en la capital del mundo.  
Haciendo memoria, pocos hechos, que yo haya vivido, han llamado tan poderosamente la atención del mundo, desde el fin de la II Guerra Mundial, como la renuncia del Papa Benedicto. El lanzamiento al espacio de la perra ‘Laika’, el primer astronauta, el ruso Gagarin, la llegada a la Luna, el asesinato del presidente Kennedy, la renuncia de Nixon, la guerra de Vietnam, el comienzo y la caída del Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, la muerte del papa Juan Pablo I, y alguno más. Se da la circunstancia de que si hay una institución que concite más rechazo, más reproches, más críticas, y que se apele a los errores cometidos en su dilatada historia para vilipendiarla, esa institución es la Iglesia. La figura de su fundador, Jesús, de María, del mismo Papa, han sido vilipendiadas a más no poder y arrastradas por el lodo una y otra vez. Pero la Iglesia ha seguido impertérrita su labor misionera, de apostolado y ecuménica. Y de dar testimonio de la fe en Cristo.
Merece capítulo aparte cómo ha tratado la izquierda más visceralmente opuesta a la Iglesia la renuncia del Papa. Manuel Vicent, como ejemplo, escribe en El País: “La dimensión debe ser tomada además como símbolo de la caída del imperio religioso del Vaticano. El derrumbe del imperio acaba de comenzar”. Se ve con claridad que los deseos de Manuel Vincent le impiden ver la realidad. Asimismo, ha habido quienes califican el papado de Benedicto XVI como un atraso de cincuenta años, pues pretendían que hubiese ido contra las raíces, contra los fundamentos de la Iglesia. En concreto, les hubiese gustado que Benedicto XVI hubiera aceptado la homosexualidad, hecho que hubiera ido, obviamente, en contra de los principios mismos de la institución. De todas maneras, a mí –agnóstico y que pasaba por allí– me interesa más el hombre que el Papa. Así que, adiós, Benedicto; bienvenido, Ratzinger.

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