Categorías: Opinión

El cuarto estado

En la época en que se encontraba la revolución industrial lanzada a toda máquina, el pintor italiano Giuseppe Pellizza da Volpedo realizó su conocido cuadro “El cuarto estado”. Recogía así, en 1901, la proliferación de una clase social en la Italia de comienzos del siglo XX, compuesta por campesinos que habían ido siendo expulsados del campo por su mecanización progresiva y la concentración privada de la tierra. Hacinada de forma inhumana en los anillos exteriores de las ciudades, roto ya su perfil sereno por las chimeneas de las primeras fábricas y su cielo manchado por el humo de las mismas. Son nada menos que 111 años los que nos separan de la estampa que evocamos y a lo largo de todos ellos se han registrado acontecimientos decisivos para la historia europea, crisis económicas, luchas sociales, revoluciones, guerras, genocidios y, también, otros de distinto carácter que aportaron a nuestro patrimonio común las luces del conocimiento, el esplendor de la belleza y las mieles del progreso. Todo ello supuso en conjunto un enorme esfuerzo civilizatorio, no sólo por aquellos actores que realzaron con sus aportaciones el cénit de tan colosal drama, sino por el innumerable coro de voces anónimas que con sus vidas dieron sentido a tan magna obra europea.
La crisis actual, convertida en herramienta de los grandes poderes financieros, cuyos centros de poder se encuentran en esta UE sometida a sus dictados y traidora a los grandes principios que guiaron hace varios decenios los primeros pasos de su construcción, puede acercarnos a la tragedia que representa una sociedad de desheredados tal como, en su cuadro, Pellizza da Volpedo nos la quiso representar. Los recortes presupuestarios que han afectado gravemente a las partidas destinadas a gastos sociales, el ataque al status quo sobre el que se erguían las siempre delicadas relaciones laborales, el recorte de los salarios tanto en el ámbito de lo público como en el privado, etc. agravados por el pago de la deuda, el gráfico sin aliento de la Bolsa y la constante sangría del paro, nos han conducido a una precariedad que amenaza con convertirse en crónica, ante el pasmo de una clase política que perdió la brújula y el timón hace tiempo.
Ahora, cuando las noticias diarias producen el efecto de cuchilladas en el desgastado tapiz de las esperanzas ciudadanas, los descarrilados dirigentes políticos se señalan unos a otros y los idiotas miran la punta del dedo, sin percatarse que la acción discurre en otro plano, es el momento de que la ciudadanía se rearme moralmente y haga acto de presencia en el ágora pública, la calle. Con la misma actitud de sereno convencimiento y legítima verdad que muestra aquella multitud que de los pinceles del artista italiano surgió para marchar al encuentro de un futuro digno que es el horizonte siempre vivo de las aspiraciones sociales más nobles. Al frente marchan dos hombres maduros, aún en la fuerza de sus años, una mujer joven y un niño de pecho. Marchan, pues, la fuerza de las convicciones, el deseo de justicia, la tierna solidaridad y la garantía de futuro. Los ciudadanos españoles hemos sido convocados el día 19 de julio para expresar, más allá de nuestras ideologías y credos, de nuestros orígenes e identidades, como los personajes de aquella obra de arte, a dar testimonio de nuestras convicciones, de nuestra voluntad de justicia, de nuestra solidaridad y nuestras esperanzas en un futuro mejor. Como parte de nuestra Nación, los ceutíes tendremos que compartir el asfalto codo con codo, en una demostración de civismo y convicción democrática, con el resto de nuestros conciudadanos de las islas y la península, para demostrar colectivamente, como pueblo, a la clase política, al Gobierno y a los poderes financieros que no vamos a claudicar, que se nos ha sometido a pruebas más duras a lo largo de nuestra historia y hemos sido capaces de erguirnos y caminar. No importa la debilidad de quiénes nos han convocado, lo que importa es demostrar la fuerza de nuestra razón. Demostrarla a quienes en nuestro país han defraudado nuestras expectativas, a quienes desde la lejanía de la burocracia que asfixia a Europa y a quienes exhiben la intransigencia del dogmatismo de doctrinas económicas que someten el interés de las naciones de la Unión a intereses espurios y egoísmos chovinistas. Por todo ello, la ciudadanía ceutí tendrá que encontrar su hueco en la calle y será allí, en el encuentro solidario de quienes quieren gobernar su presente y su futuro, donde encuentre de nuevo su propia voz.

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