He vivido 16 años, y al final mi cuerpo falló. Un ictus me dejó sin poder moverme, sin ver, sin poder levantarme. Quería seguir, pero ya no podía. Mis últimos días fueron difíciles, de esos en los que todo se va apagando poco a poco, aunque estés rodeado de cariño.
Mi familia me quiso mucho. Y por eso tomó una de las decisiones más duras de su vida: dejarme ir para evitarme más sufrimiento. Fue una despedida dolorosa, de esas que no se olvidan, porque se hacen desde el amor pero rompen por dentro.
Después de eso, llegó otra parte igual de dura: no había en Ceuta un lugar digno y cercano donde poder despedirme. Mi familia no podía asumir el coste de llevarme a la península para mi incineración, y ese momento ya de por sí triste se volvió aún más difícil, más frío, más pesado.
Por eso le escribo, con respeto pero también con urgencia. Le pido que se acelere la creación de un crematorio público o un servicio digno de despedida para animales en Ceuta. No es algo secundario ni puede seguir esperando. Es una cuestión de humanidad y de respeto hacia las familias que pasan por esto.
Y también le pido algo más sencillo, pero importante para quienes nos quieren: un lugar donde puedan ir a visitarnos, recordarnos con calma, y llevarnos nuestros juguetes o nuestras chuches favoritas. Un sitio donde el vínculo no desaparezca de golpe, sino donde pueda seguir existiendo el recuerdo con cariño.
Porque cuando llega el final, lo mínimo debería ser poder despedirse con dignidad.
Tayson.
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