La Iglesia tiene desde ayer un nuevo Papa, León XIV. El elegido ha sido el estadounidense Robert Francis Prevost, quien en los últimos días se coló en las quinielas como posible sucesor de Francisco. De hecho, su proximidad a Bergoglio ha sido uno de los aspectos más destacados tras conocerse su designación.
A sus 69 años, este misionero agustino que también visitó Ceuta en su calidad de responsable de la orden religiosa, tiene por delante muchos retos, tanto de cara al exterior como a nivel interno. Más allá de los anuncios que esperan los 2.400 millones de católicos que hay en el planeta, su posición en determinados asuntos puede marcar el devenir de conflictos en los que su antecesor fue muy activo.
Sin salir de Europa, la enquistada invasión de Ucrania a manos de Rusia hace tambalear la estabilidad del continente. En Estados Unidos, país que le vio nacer, su peculiar presidente, Donald Trump, ha lanzado su particular cruzada contra el mundo en forma de aranceles, mientras que sigue habiendo conflictos en países. La Iglesia tiene un enorme peso a nivel internacional y las decisiones que adopte el Papa son muy tenidas en cuenta y Francisco ya marcó su distancia en cuestiones como las políticas antimigrantes y los recortes a la cooperación internacional que impulsa Trump.
Tampoco lo tendrá fácil a nivel interno, ya que determinados asuntos en los que intervino Francisco están aún por cerrar, como los casos de abusos, las cuentas del Vaticano o la presencia de la mujer en puestos de responsabilidad de la Iglesia. Tendrá que hace gala de su reconocida capacidad de escucha y por la discreción.
Habrá que esperar, pero en su primer discurso ante una abarrotada plaza de San Pedro ya ha lanzado un mensaje conciliador al hablar de construir puentes y de caminar buscando siempre la paz y la justicia, así como “trabajar como hombres y mujeres fieles a Jesucristo, sin miedo a anunciar el Evangelio, a ser misioneros”.






