Aún con la adrenalina reflejada en los ojos, Diego Pozo, guía de Alta Montaña ceutí afincado en Granada y alma de Guías de Sierra Nevada desde hace 11 años, ha regresado del Himalaya tras completar uno de esos viajes que marcan para siempre.
No es la primera vez que guía en Nepal, pero esta tercera expedición ha tenido algo especial. La define como “increíble”, con una mezcla de cansancio y felicidad.
9 aventureros
El pasado 3 de noviembre, Diego y un grupo de nueve aventureros, entre ellos un ceutí llamado Sergio, tomaron un vuelo en Madrid rumbo a Katmandú, con escala en Dubái.
Desde allí, una avioneta les llevó a Lukla, el famoso aeropuerto considerado el más peligroso del mundo por su pista de apenas 450 metros. “Aterrizan avionetas muy pequeñitas, ahí ya empieza la aventura desde el minuto uno”, relata.

150 kilómetros, dos cumbres y un Everest
Durante 12 días de caminata, el grupo recorrió unos 150 kilómetros y afrontó cerca de 10.000 metros de desnivel positivo y otros 10.000 de bajada. Todo ello “con la mochila a la espalda y temperaturas que, de madrugada, llegaban a los -22 ºC”
El objetivo: alcanzar el Campo Base del Everest, a 5.364 metros. Y no solo lo lograron, sino que además tocaron dos cumbres: Nangkartshang (5.077 m) y Kalapatar (5.644 m), un mirador privilegiado del Everest que, esta vez, apareció cubierto de una capa de hielo.
Hubo quien no pudo más
“No es una zona sencilla. La altitud castiga, aparecen dolores de cabeza, falta de apetito… y el frío es brutal”, explica Diego. En una de las jornadas más duras, dos compañeras lo pasaron realmente mal debido a las temperaturas. “Llevábamos manoplas de expediciones al Ártico y calentadores químicos, con eso pudimos recuperarlas”, recuerda. Aun así, una tuvo que darse la vuelta porque no podía más con el frío.
El Himalaya, talla XXL
Diego describe la región del Khumbu como un lugar “XXXL”. “Las morrenas, los glaciares, las montañas… las dimensiones son impresionantes. Es abrumador”. Afortunadamente, el clima acompañó con “doce días de sol. Un regalo”.
Pasaban la noche en pequeños “lodges”, sin calefacción. La clave era llevar capas y capas de ropa: plumas, térmicas, guantes especiales, calcetines térmicos, pantalones con relleno,etc. Y, aun así, “el frío se colaba por todas partes”.
Anécdotas en las alturas
“Sin los porteadores locales, esta aventura sería imposible”, insiste Diego. Cinco jóvenes nepalíes acompañaron al grupo y, junto con un amigo suyo del país, hicieron que todo fluyera. “La gente en Nepal es increíble, muy hospitalaria”, asegura.
Entre risas, cuenta una de las anécdotas del viaje. “Cuando llegábamos a Kalapatar, una montaña de 5.640 metros aproximadamente, Sergio empezó a narrar la escena como si estuviera en ‘Al filo de lo imposible’. Estábamos tiritando y él ahí, imitando al jefe de expedición, fue muy cómico”. La bajada terminó, literalmente, “de culo” por el hielo.
Un grupo que se hizo familia
Más allá de los paisajes y las cumbres, Diego se queda con el calor que brotaba del grupo a pesar del frío que los rodeaba. “Han trabajado como un equipo increíble. Se han ayudado en todo, han reído, han llorado… La montaña ha sacado lo mejor de ellos”.
“En mis mejores sueños no imaginaba que todo saliera tan bien y que la gente acabara tan contenta”, confiesa.
Con Ceuta siempre presente
En las fotos desde el Campo Base del Everest aparece la bandera de Ceuta, la misma que lleva desde su primera expedición en 2005, un regalo de su padre. Y este año, además, Sergio ha mostrado su camiseta de la AD Ceuta.
Diego ya descansa en Granada desde este martes, aunque con la mente y el corazón aún en las montañas gigantes del Himalaya.






