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La deuda histórica que España continúa saldando cincuenta años después

Por Alfonso José Jiménez Maroto
19/12/2025 - 07:14
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Imágenes cedidas

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Corría aquel 20/XI/1975 que ciertamente no irrumpió como un fragor libertador, sino como una especie de sigilo expectante que por doquier, se extendió en España. Si bien, ante el fallecimiento de Franco la moderación era la receta que abría las puertas a un pequeño rayo de esperanza, pero la maquinaria represiva continuaba impecable.

Nadie sabía si el mecanismo del régimen reaccionaría con ímpetu, o si la nación se desplomaría nuevamente en una etapa de control empecinado acompañado de una opacidad de desasosiego, porque lo que en aquellos lapsos se dirimía no era ni mucho menos el ser o no ser de un hombre, sino el giro o el cambio radical que este hecho ejercería sobre un estado cautivo y atrapado por el sometimiento.

Horas más tarde, se escenificaría una imagen que quedaría para la posteridad: la capilla ardiente donde reposaban los restos mortales del dictador, era flanqueado por un desfile humano que marchaba sin pausa mezclado de magnificencia y aturdimiento. Sin lugar a dudas, iban a ser más de cuarenta horas de afluencia caminando en los que redundaron el mutismo y la desorientación.

Ni que decir tiene que no concurrieron evidencias de regocijo, pero tampoco de disputas. Aquello daba la sensación de dar por finalizada una época demasiado oscura en la Historia Contemporánea de España, pero nadie imaginaba lo que estaría por venir. Esas gentes no eran uniformes, porque los que allí estaban podrían encajarse en personas nostálgicas del régimen. O tal vez, curiosos, e incluso individuos que meramente querían ser testigos directos de un ocasión histórica.

La España de aquel año 1975 en la que quien suscribe, acumulaba la edad de ocho años, era un mosaico peliagudo y la capilla ardiente lo revelaba a todas luces y sin ningún filtro, que como en un sinnúmero de circunstancias adulteraban y disfrazaban la realidad dominante.

Las semanas subsiguientes ratificaron esa composición de observación y presunción en los que algunos bullían entre cautelas, círculos encubiertos y el convencimiento de que el aparato represivo seguía inmune.

Quizás, un entorno circunspecto, pero encaminado hacia un cambio irrevocable difícil de interrumpir. Sin ir más lejos, hay que hacer mención al efecto mariposa producido por dos discursos.

Primero, el relativo al cardenal Vicente Enrique y Tarancón (1907-1994), que imprimió un desapego alegórico de la Iglesia con relación al régimen e inmediatamente, reconocido por su protagonismo conciliador durante la Transición al frente de la Conferencia Episcopal.

Y segundo, la figura del rey Juan Carlos I de España (1938-87 años), al contraer el compromiso prescindiendo los poderes absolutos adquiridos del franquismo. Tal como él mismo razona literalmente: “Sin esa renuncia, habríamos pasado de Franco a una monarquía absolutista. La Transición fue posible porque alguien decidió iniciar un camino nuevo”.

Aunque estos primeros meses se contemplaron desde la visual socialista y la militancia comunista con un mayor deslustre e inseguridad contenidas, nada o casi nada, estaba asegurado. Recuérdese al respecto, los asesinatos de Atocha, la violencia de extrema derecha, las detenciones masivas, la clandestinidad de fuerzas políticas y sindicatos, la disposición reiterativa de militares inmovilistas y así un largo etcétera, en lo que todo formaba parte de un contexto en el que cualquier movimiento en falso, se coligaba a la fluctuación de un retroceso inesperado que parecía infranqueable.

Dicho esto, medio siglo después, a criterios de diversos historiadores, la memoria de aquella época parece diluirse en un pozo sin fondo. De ahí, que no sea de sorprender que otras generaciones lo perciban como algo positivo. En tanto, hay quienes se encargan de reescribir la historia a merced de un arsenal ideológico y en los que ésta pueda llegar a amputarse. Amén, que la Transición no hay que considerarla una postración, sino una memoria colectiva que no estaba dispuesta a tropezar en la misma piedra. Pero si la historia se monopoliza como arma política, valga la redundancia, se echa por tierra su valor.

En otras palabras: la muerte de Francisco Franco Bahamondes (1892-1975) ponía punto y final a cuatro interminables décadas de dictadura y hacía inverosímil un mínimo conato de prolongación. Pero antes, surgida de una cruenta Guerra Civil (17-VII-1936/1-IV-1939) que eternizó la dicotomía entre ganadores y perdedores por medio del castigo de la posguerra con autarquía, estraperlo, hambre y exilio, el régimen se construyó ideológicamente en el nacional-catolicismo, someramente en sus alrededores con los fascismos y económicamente, en el envite por un estado de autosuficiencia. A ello hay que añadir, que con el advenimiento de los cincuenta, la frustración de las políticas empleadas y el curso de la Guerra Fría (1947-1991), avivaron el desenvolvimiento del franquismo con significativos vaivenes económicos, sociales y culturales que avalaba la secuencia del franquismo y sentaba las bases para una progresiva alteración cívica y política.

“El declive del franquismo no solo es la resultante de la decadencia biológica del dictador, sino el producto de la tenacidad de miles de individuos y colectivos que pusieron en juego sus vidas para desafiar al régimen”

Pero yendo a los hechos concretos que pretendo desgranar y ciñéndome como punto de partida a las palabras que quedaron en el imaginario colectivo tras ser expresadas por el Presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro (1908-1989): “¡Españoles, Franco ha muerto!”. Detrás quedaban trechos en los que Franco con el título de Caudillo, discurría glorioso por Madrid buscando evocar a los monarcas del siglo XVI, alardeando de librar a España del comunismo, el liberalismo y la masonería dejaba a un país menguado y cercado por el aislamiento, lejos del esplendor imperial que anhelaba redimir.

Acentuado desde adolescente por el descalabro de España frente a Estados Unidos en 1898, Franco fundamentó su promoción política y militar en la guerra colonial de Marruecos. Sus victorias en el Protectorado lo erigieron con tan solo treinta y tres años en uno de los generales con mejor proyección de Europa. Sin lugar a dudas, allí iría engranando paulatinamente los contrafuertes de su inclinación política: los credenciales del ejército como custodio del Estado, la envergadura de la autoridad y la obediencia debida, la puesta en escena de la atrocidad y de los resortes internos para consolidar su dominio y antipatía hacia los políticos y la izquierda.

Adelantándome a lo que seguidamente fundamentaré, Franco superpondría en España las variantes asimiladas en África. Pese a sus fluctuaciones preliminares, intervino en el golpe de Estado de 1936 y se constituyó en el jefe militar del bando insurrecto, gracias a los triunfos de sus tropas y el respaldo grandilocuente de la Alemania nazi y la Italia fascista. Además, distinguido de cara a la galería internacionalmente como el líder de los revolucionarios, Franco se sirvió de la falta de liderazgos en su bando y las disecciones internas para centralizar el poder.

De este modo, acabaría implantándose el franquismo, una represión personalista de corte puramente conservadora, católica y anticomunista, especificada por su pragmatismo en el exterior, dejando los tentáculos de una herencia en la política española que permanece en nuestros días.

El germen de la dictadura franquista se armonizó en el tiempo con la fulminación de la Segunda Guerra Mundial (1-IX-1939/2-IX-1945). La visión de España en el conflicto tuvo dos trazados diversificados. El primero, entre 1939 y 1942, respectivamente, se definió por su refuerzo a las potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón y más tarde, se unieron otros países como Rumanía, Hungría, Bulgaria, entre otros). Al consumarse la Guerra Civil Española, el régimen franquista conservaba acuerdos con Italia y Alemania que le ataban a ambos países.

A ello se englobaban las deudas adquiridas por el bando sublevado que se llamó a sí mismo, bando nacional, durante el conflicto español. Y prueba de esa alineación con las potencias fascistas se produjo la adhesión de España en 1939 al Pacto Antikomintern, el Acuerdo contra la Internacional Comunista capitaneado por la Unión Soviética.

Con todo, España expuso de primera hora su imparcialidad tras el comienzo del conflicto bélico. Franco contemplaba que precisaba de una etapa de estabilidad interna para apuntalar el Estado franquista. Conjuntamente, el pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la invasión soviética de Polonia, una nación católica, situaban al régimen en una posición embarazosa.

A pesar de ello, intervenían dos tendencias dentro del régimen sobre el enfoque que debía admitir España. Me refiero al flanco falangista, representado por Ramón Serrano Suñer (1901-2003), preconizaba una mayor aproximación al Eje y, por otro, las esferas católicas, monárquicas y conservadoras que objetaban alinearse con el nazismo, cuya teoría racial había reprobado la Iglesia Católica. No obstante, la ocupación alemana de Francia y el ingreso de Italia en la guerra, implicó que España circulase de la neutralidad a la no beligerancia, que sin adentrarse en conflicto no significa imparcialidad. Pero sugestionado de que la guerra se precipitaría a favor del Tercer Reich, Franco vislumbraba una oportunidad ideal para compensar sus ínfulas geográficas.

Tal es así, que no tardaría mucho para que las tropas españolas penetraran en la ciudad marroquí de Tánger, que ostentaba el estatus de zona internacional, con la confianza de que Alemania le admitiera conservarla al concluir el conflicto. Y en esta etapa, la idea del imperio desempeñó un rol decisivo para el franquismo, ya que en estos años se amplió la retórica concerniente con el irredentismo colonial. El franquismo adecuó la hipótesis del Lebensraum alemán al contexto español. Ese medio crucial de España envolvería Gibraltar, el Marruecos francés, el Oranesado en la parte noroccidental de Argelia y un ensanche de los territorios coloniales en el Sáhara Occidental y Guinea.

Mientras tanto, estos requerimientos cobraron envergadura cuando los nazis renunciaron en su tentativa de imponer una rendición resuelta del Reino Unido durante la batalla de Inglaterra. A partir de aquí, el botín del Peñón de Gibraltar se convertiría en una preferencia estratégica para Adolf Hitler (1889-1945). El führer (líder o guía) cavilaba que si Alemania tomaba el Peñón obstaculizaría a los británicos la única senda atlántica al Mar Mediterráneo, atenuando así su dominio naval. Claro, que aquella maniobra necesitaba el consentimiento de Franco para que las partidas alemanas atravesaran su superficie. Como resultado, el Tercer Reich emprendió las conversaciones con el régimen franquista para acordar su aceptación en la Segunda Guerra Mundial.

La punta del iceberg de estas negociaciones hay que remitirla al encuentro (23/X/1940) mantenido en Hendaya entre Franco y Hitler. La reunión escenificó las muchas discrepancias entre ambos. Hitler, intuía su alianza con España como una contribución bélica puntual reducida a la obtención de Gibraltar. Al mismo tiempo, se resistía a complacer las peticiones territoriales de España en el Norte de África, a costa de su alianza con la Francia de Vichy, un gobierno títere instaurado por el mariscal Philippe Pétain (1856-1951).

Franco, pese a estar por la labor de incorporarse en la guerra, no las tenía todas consigo para implicarse sin garantías plenas en un conflicto que le reportaría a un cerco naval de sus costas, como a una acometida británica a Canarias y bombardeos a la Península Ibérica. Por aquel entonces, España soportaba una carestía cuantiosa de alimentos y combustibles y estribaba del petróleo introducido de Estados Unidos, gracias a las autorizaciones de navegación del Gobierno Británico. La cita en Hendaya mantuvo a España al margen de la Segunda Guerra Mundial y azuzó a Hitler a renunciar la toma de Gibraltar para concentrarse en la invasión de la URSS. Pero faltaba un matiz, con el arranque de la Operación Barbarroja (22-VI/5-XII/1941), España halló un modo de seducir a Alemania sin entrar en el conflicto: la División Azul.

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Muy pronto envió a voluntarios españoles a luchar en el frente oriental a las órdenes del Ejército germano. La División Azul brindaba a España la ocasión de ayudar a la cruzada contra el comunismo y de camino resarcirse del líder soviético, Iósif Stalin (1878-1953), por su soporte al bando republicano en la Guerra Civil. Sin inmiscuir, que apartaba de España a los componentes más radicales y germanófilos del falangismo.

A la postre, el fiasco de la Operación Barbarroja y la intrusión de Estados Unidos en el conflicto, precipitaron la guerra a favor de los Aliados. Las perturbaciones habidas en la maraña belicosa obligaron a España a retirarse gradualmente del Eje. Con la marcha de Serrano Suñer del Gobierno, el régimen franquista fue reintegrándose poco a poco hacia la neutralidad. Esta medida se fijó en las postrimerías de 1943, jornadas más tarde de que Franco sancionara la vuelta de la División Azul. En su lugar, España sostuvo una unidad de voluntarios más pequeña (Legión Azul), ya que una desbandada completa fomentaría el enojo del Tercer Reich y los falangistas.

El vuelco de España direccionado a la neutralidad, se condicionó por la influencia que desplegaron Estados Unidos y el Reino Unido. El desembarco aliado en el Magreb y Sicilia y su vigilancia de los trayectos comerciales en el Mediterráneo y el Atlántico, acrecentaron su potencial para hostigar al régimen franquista. A la par, la despedida de Benito Amilcare Mussolini (1883-1945) en Italia instó a Franco de que precisaba placer a los Aliados para sortear una participación militar en España, o que defendieran a un general monárquico que lo supliera. Y desde esta coyuntura concretó el postulado de las tres guerras para acreditar su punto de vista ante los Aliados.

Desde su plano como Jefe de Estado entreveía tres guerras sincrónicas: Primero, la que encaraba a Alemania con Estados Unidos y el Reino Unido en el frente occidental, donde España era neutral; segundo, la originada en el este de Europa, en la que el franquismo defendía a los nazis en su pugna contra el comunismo soviético; y tercero, la lidiada entre Estados Unidos y Japón en la que Franco escudaba a Washington.

Pese a que Japón formaba parte del Eje, Franco desconfiaba de los nipones, pues entendía que eran indiferentes a la civilización cristiana occidental y que sus pretensiones imperialistas en Filipinas colisionaban con su visual de solidaridad en el universo hispánico. Para ser más exacto, el Caudillo rompió los vínculos con este país e incluso pasó por su mente declararle la guerra para interpelar su estatus de potencia ganadora entre los Aliados y presentarse en la Conferencia de San Francisco, en la que se rubricaría la Carta de Naciones Unidas.

Juntamente, procuró explotar el asunto judío para contener a las potencias vencedoras.

El régimen aprovechó el patrocinio que algunos diplomáticos españoles habían ofrecido a los judíos que escapaban de los nazis en los momentos más espinosos del Holocausto. Pese a ello, el retrato de ‘salvador de los judíos’ que Franco deseaba fraguar en el exterior, desentonaba con su proceder pasivo ante el genocidio. También se resistió a repatriar a los judíos españoles que se hallaban en regiones bajo autoridad germana. Por el contrario, el régimen franquista sí atendería a individuos emparentados con el nazismo tras el colofón de la guerra.

Aun así, las potencias anglosajonas continuaban contemplando a España como un socio de la Alemania nazi. Esto se demostró cuando Franco le hizo llegar una correspondencia al primer ministro británico, Winston Churchill (1874-1965), en la que planteaba una coalición anticomunista entre España y el Reino Unido con apoyo de Estados Unidos. Inmediatamente, Churchill le desenterró su conexión ideológica con las potencias fascistas y le insistió en retocar su engranaje político, si es que aspiraba a que España fuera uno más de la Comunidad Internacional.

Frívolamente, España coadyuvó al empuje agresivo alemán con la División Azul, como a la embocadura de los servicios secretos alemanes a su zona, el empleo de puertos para los submarinos germanos y el abastecimiento de materias primas como el wolframio, esencial para su industria armamentística.

La bifurcación no podía ser otra: los Aliados desacreditaron al franquismo a un destierro agudo. O lo que es igual: la España de Franco quedó al margen de los Acuerdos de Bretton Woods, que como es sabido dieron carta blanca al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional, como de Naciones Unidas y después, del Plan Marshall norteamericano para rehacer la Europa occidental de posguerra.

Y por si fuera poco a lo reseñado anteriormente, en 1946, la Cuarta República francesa decidió cerrar su divisoria terrestre con España. Y ese mismo año, la Asamblea General de la ONU pidió a sus miembros apartar a sus embajadores y ministros plenipotenciarios de la capital de España. Sin ir más lejos, en los inicios de 1947, apenas tres estados mantenían sus embajadores. Llámense Portugal, Suiza y el Vaticano.

Ahora era una realidad consumada: el régimen franquista quedaba abandonado a su suerte en la palestra internacional.

Este ostracismo presionó al régimen a redelinear su política exterior. Y su escapatoria, al menos así parece, se trataba de administrar una política de sustitución, centrándose en dos parcelas geopolíticas: Hispanoamérica y el mundo árabe. Desde sus preludios, el franquismo argumentó una política de proximidad. O séase, de más énfasis que práctica a la hora de la verdad hacia la América hispana. Este modus operandi enlazaba con la posición imperial de la Falange que forjaba a España como un mentor moral, cultural y religioso de sus antiguas colonias. Pero esta cercanía a los estados hispanoamericanos proyectaba dos problemas: primero, el influjo regional de Estados Unidos y la efectividad de Gobiernos antifranquistas como el de México.

Luego, España dejó atrás el sentimiento paternalista de la Hispanidad e impulsó unos nexos más comunes con la América Hispana. Y no era para menos, porque durante esta etapa circularon líderes latinoamericanos que sostuvieron su simpatía con la España franquista, como es el ejemplo del dictador de la República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo (1891-1961).

Aunque en aquellos intervalos el principal herrador regional de Franco estuvo en la persona del presidente argentino Juan Domingo Perón (1895-1974).

En contra de las encomiendas de la ONU, Perón enalteció la representación argentina en Madrid a la categoría de embajada y abordó la firma de una resolución bilateral que concedió que España importara toneladas de alimentos en los momentos más severos de la autarquía. Pero aquello no iba a ser gratis, porque España hubo de exportar los materiales que solicitaba la industria argentina y avivaba la migración de mano de obra española al estado austral. Esta proximidad entre el franquismo y el peronismo se coronó con la visita a España de María Eva Duarte de Perón (1891-1961).

“He aquí uno de los episodios más punzantes de la historia reciente de España, que desenvolvió la travesía hacia la democracia, la libertad y el restablecimiento de la memoria de miles de víctimas”

Quedando en pausa la primera parte de este texto y a juicio del ilustre lector la destreza de entender, interpretar y dar significado a lo que se pretende fundamentar como es la recapitulación de cinco décadas desde la caída del franquismo y casi cuatro, con una dictadura identificada entre algunas de las variables intervinientes, por las garras de la censura, la persecución política, las desapariciones forzadas, la represión cultural y lingüística, el exilio masivo y la eliminación sistemática de la oposición, y al objeto de construir significados, relacionar ideas y superponer la información extraída cuidadosamente por parte del autor, este acontecimiento no solo remató uno de los episodios más punzantes de la historia reciente de España, sino que desenvolvió la travesía hacia la democracia, la libertad y el restablecimiento de la memoria de miles de víctimas del régimen.

Una fecha en el calendario de lo retrospectivo del tiempo que induce a considerar los legados de quienes combatieron en la Guerra Civil Española y en la resistencia consecuente, así como en el impacto que esa causa sostuvo para la arquitectura de la nación que en este momento existe, cuando las zozobras sociales, las crisis económicas y el apremio internacional hicieron incuestionable la inconsistencia del sistema. Porque el fallecimiento de Franco apresuró y, a su vez, agitó, un epílogo que daría lugar a uno de los cambios democráticos más prominentes del siglo XX.

Indiscutiblemente, el declive del franquismo no solo es la resultante de la decadencia biológica del dictador, sino el producto de la tenacidad de miles de individuos y colectivos que pusieron en juego sus vidas para desafiar al régimen, siendo de justicia que formen parte de este texto dejando su rúbrica: las tropas republicanas y brigadistas internacionales que preservaron la República durante la Guerra Civil; el movimiento obrero, fundamentalmente, Comisiones Obreras, que desde los sesenta activó huelgas y protestas contra las muchas adversidades aplicadas por la dictadura; las corrientes estudiantiles, reavivando las pugnas democráticas desde las universidades; los exiliados políticos, cuyas alegaciones fueron decisivas en el grito internacional; Organizaciones clandestinas como el Partido Comunista de España, perseverando en su gestión aun en las fases de mayor acoso y derribo o el movimiento feminista, que apesar de las limitaciones legales, lidió por los derechos imposibilitados durante largos períodos.

La resistencia de todas y todos, dejó mantener esa llamarada apasionada de una España factible, más allá de la dictadura.

Si el fallecimiento de Franco conjeturó un hecho de enorme calado imaginario y emocional, durante cerca de cuatro décadas el régimen franquista moduló una descriptiva de supremacía sostenida en la centralidad carismática del líder, como en la caracterización del Estado con su imagen y la justificación del orden dictatorial. Así, su adiós definitivo presumía el cierre del eje subjetivo de su liderazgo sobre el que se nutrían los tentáculos de la dictadura.

Ahora bien, para un sector de la ciudadanía el ocaso de Franco se recibió como una pérdida encarnada, coligada al recelo de cara al escepticismo y el desplome del régimen. No obstante, para algunas esferas sociales, fundamentalmente, los más jóvenes y urbanos y las clases medias emergentes, su muerte se observó como la consumación de un período definido por la represión, la ausencia de libertades y la inauguración de un panorama contrastado por la perspectiva de la democratización y modernización institucional. Obviamente, esta simultaneidad de efervescencias contrapuestas, llámense, añoranza e ilusión o aprensión y frenesí, desenmascaran el desdoblamiento emocional y político que marcó a la sociedad en el preludio de la Transición.

Dicho esto, siguiendo el rastro ilustrativo del texto que antecede a esta disertación, España incrementó su labor diplomática con el universo árabe. El franquismo poseía la ventaja de que la democracia parlamentaria apenas era un sistema avanzado en otros estados, por lo que de momento no predominarían las críticas políticas al régimen. Del mismo modo, España no avivaba la misma antipatía que el Reino Unido y Francia que habían sido las potencias coloniales preferentes en Oriente Próximo.

A decir verdad, los vínculos con el ámbito árabe conformaron el encuentro en España de diversos monarcas a modo de visitas, aunque el apogeo del panarabismo y las disyuntivas coloniales en Marruecos y el Sáhara Occidental empañarían esos enlaces españoles en pleno hervor.

La proximidad de España con el espectro árabe desentonaba en las conexiones con el Estado de Israel. Más aún, con la detonación del conflicto árabe-israelí colocó al régimen en una situación incómoda. Primero, el franquismo demandaba haber defendido a los judíos en el transcurso de la guerra y alardeaba de sus relaciones con los sefardíes. Y segundo, las amistades con los pueblos árabes habían resultado un refuerzo para su política exterior. Conjuntamente, los cabecillas políticos israelíes pertenecientes al Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel afines al sionismo socialista, sospechaban del franquismo por su confabulación con la Alemania nazi. Esto produjo que Israel desestimara emprender contactos con la España franquista y se resistiera a su ingreso en la Organización de las Naciones Unidas. Y como era de suponer, la delegación española en la ONU hizo valer la causa palestina.

Por otro lado, el último socio de España durante su destierro internacional fue Portugal.

El franquismo amplificó una estrecha compenetración con el Estado Novo, cimentado en una dictadura conservadora, nacionalista, católica y anticomunista, conducida desde 1933 por António de Oliveira Salazar (1889-1970). Con todo, ese apego se vio seriamente sobresaltado durante la Segunda Guerra Mundial. Y frente a la alineación de España con Alemania e Italia, Portugal se postuló hacia Francia y el Reino Unido, su aliado tradicional. En tanto, Salazar dudaba que la alianza entre Franco y Hitler posibilitara una incursión germana de la Península Ibérica, mientras que a Franco le inquietaba una intromisión aliada con el beneplácito de Lisboa. Sin ir más lejos, para impedirlo el dictador español tanteó la alternativa de ocupar el país vecino. Pese a la susceptibilidad reinante de ambos, estos regímenes no estaban por la labor en entrar en un conflicto.

A este tenor, en el año 1942 Franco y Salazar se reunieron en Sevilla y formalizaron el Bloque Ibérico, llevando a término una alianza cultural y espiritual entre España y Portugal, asentada en su historia equidistante, sus lazos como estados católicos y unos engarces de igualdad. De aquí y a posteriori, Salazar se constituiría en uno de los principales paladines del franquismo, valiendo como enlace entre la capital de España y los actores atlánticos.

Más adelante, la apertura de la Guerra Fría amortiguó la oposición de la Comunidad Internacional hacia el franquismo. El detonante destacado estribó en el vuelco de Estados Unidos, ya que en 1947 contrajo la doctrina Truman para sujetar el ascenso del comunismo. La probabilidad de un conflicto directo con la URSS en el Viejo Continente, reportó a Washington a analizar la contribución de España en la protección de Occidente. Así, España y Estados Unidos emprendieron un entendimiento para lograr un pacto bilateral de defensa. Claro, que con la recalada de Dwight Eisenhower (1890-1969) a la Casa Blanca, ambos rubricaron los denominados Pactos de Madrid (23/IX/1953) a modo de tres acuerdos ejecutivos.

De manera sucinta, eran compromisos ejecutivos entre Gobiernos durante diez años de permanencia, una categoría menor al de un Tratado formal de Alianza que hubiera precisado el visto bueno del Senado norteamericano. Aun así, comprendían tres convenios: el de provisiones para material de guerra, apoyo económico y asistencia para la defensa bilateral. Este último iba a ser el principal, ya que favoreció la plasmación de cuatro bases militares americanas en España.

Sobre lo documentado, la administración española disponía de garantías sobre la inspección y soberanía de las bases militares. Amén, que un protocolo secreto añadido determinó que con ocasión de conflicto armado con la URSS, Estados Unidos podría poner en juego dichas bases a su capricho, tanto para acometer a terceros países como para depositar armamento nuclear.

Los Pactos de Madrid quebraron la reclusión de la España franquista y desenredaron su acercamiento a las organizaciones internacionales, entre ellas, Naciones Unidas. Ello ayudó el sesgo de la URSS, que tras el fallecimiento de Stalin inclinó la balanza a la desestalinización y un evidente deshielo con Occidente. Esto dejó afrontar el crecimiento de la ONU a los estados desfavorecidos o neutrales durante la guerra.

En paralelo, la otra piedra de toque contemplada como el otro hito diplomático del franquismo derivó en el Concordato con la Santa Sede, con lo que Franco terciaba en la designación de obispos y, a su vez, la Iglesia Católica obtenía prerrogativas en España.

Pero la aprobación del franquismo a escala internacional no representó el pórtico de España en los proyectos de integración occidentales, como las Comunidades Europeas o la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

A ras interno, el preámbulo mundial de España convergió con un intervalo de profundas transformaciones en el régimen franquista. Me explico: tras los escollos del Gobierno de 1957 predispuesto por la crisis económica, las dicotomías internas y el apremio internacional, Franco ubicó a diversos tecnócratas integrantes del Opus Dei en los puestos económicos más relevantes. Su propósito gravitaba en sacar como fuese el Plan de Estabilización de 1959 para la economía, atascada con el molde autárquico y así estimular su auge.

Lo cierto es que con los aires de los tecnócratas, la mejora económica evolucionó en el eje de actividad del franquismo. Para el ministro de Exteriores, Fernando María Castiella y Maiz (1907-1976), esto suponía arrimar a España a la Comunidad Económica Europea (CEE). Primeramente, España indagaba integrarse al Mercado Común Europeo sin acometer ninguna revisión política. La nación había forzado su arranque diplomático al resto de Europa Occidental por medio del turismo que conquistó a millones de viajeros a los litorales españoles, Y todo, gracias a la maniobra ‘Spain is different’, emprendida por el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne (1922-2012).

“Allende de obtener la grandiosidad imperial que perseguía Franco, aún acarrea el discutido legado de su dictadura que encarna la deuda histórica que España persiste cumpliendo por medio de espacios de homenaje, leyes de memoria y procesos de reparación”

Otro fenómeno que instigó en este aperturismo recayó en la emigración arrolladora de mano de obra española a países como Francia, Bélgica, Alemania o Suiza. Asimismo, el paisaje político amparaba a España, ya que la estampa de Gobiernos conservadores en el Reino Unido, Alemania Occidental y Francia, optimizó sus conexiones con las potencias europeas.

En tanto, Castiella reparó de que una adhesión de España a la CEE no cuajaría sin una restauración democrática. Con apenas sin resquicio de acceso, Madrid se apuntaría en conseguir un pacto de asociación que le acreditara una senda preferencial al Mercado Común. Tampoco acompañó que dentro del régimen las órbitas más falangistas y moderadas recelaran de las democracias liberales.

Ese temor empeoró en 1962, cuando cientos de políticos antifranquistas asistieron en Múnich al IV Congreso del Movimiento Europeo, una entidad que regula y entabla la unificación continental, interpelando la conclusión de la dictadura. Los encasillados internos y las indirectas externas condicionaron la eficacia de las entrevistas entre España y la CEE, descollando en 1970 con la firma de un convenio preferencial que escasamente contenía rebajas arancelarias y un desbloqueo del comercio.

Y qué decir de la acogida de España en Naciones Unidas, desplegando una avanzadilla en la política exterior franquista: el entresijo colonial. El primer conflicto colonial para España en África fue el Protectorado de Marruecos. Los representantes españoles congeniaron con el apogeo del nacionalismo marroquí en el Marruecos francés.

El apoyo del franquismo a los nacionalistas intentaba vigorizar su trato con los estados árabes y resarcir la política antifranquista de la Cuarta República Francesa. Francia, sumida en el conflicto de Indochina, no le era posible adentrarse en otro atolladero en el Norte de África, por lo que convino negociar. Ni que decir tiene que el empuje de Estados Unidos que ambicionaba un Estado aliado en el septentrión africano, fustigó a Francia y España a precipitar la descolonización del Protectorado.

Producto de ello, Franco suscribió con el Sultán Mohamed V (1909-1961) la Declaración conjunta de Madrid, echando el telón al Protectorado español de Marruecos. Pero la independencia marroquí en 1956 no terminó con los conflictos coloniales en África.

España aún mantenía los enclaves de Cabo Juby, Ifni y el Sáhara Occidental, sin olvidar su colonia en Guinea.

Reacio a que el Ejército Nacional de Liberación se volcara contra él, Mohamed V intensificó el paradigma del Gran Marruecos que reclamaba los departamentos del antiguo Imperio almorávide en los siglos XI y XII. Así, se desencadenó la Guerra de Ifni (23-X-1957/30-VI-1958) comprometiendo a España a requerir la participación de Francia para contener la arremetida marroquí.

Pese a que al término del conflicto España solo renunció a Cabo Juby, la campaña de Ifni demostró que conservar las colonias resultaba descabellado. En estas circunstancias, el laberinto colonial desgajó al Gobierno franquista. Hasta entonces, el manejo de las colonias africanas había recaído en el subsecretario de la Presidencia, Luis Carrero Blanco (1904-1973).

Carrero, que personificaba a la parcela militar más moderada, rechazaba desprenderse de las colonias en África. En el caso opuesto, Castiella, próximo a las partes católicas más conservadoras, procuraba aligerar la descolonización para robustecer sus demandas terrestres sobre Gibraltar.

La sutileza de este hacia Gibraltar se apoyaba en cuatro cuestiones: trazar el contencioso ante la ONU como un conflicto de descolonización que repercutía a la Comunidad Internacional, crear un bloque económico, dificultar el manejo de su base militar y ampliar económicamente el Campo de Gibraltar, al objeto que los trabajadores dejaran la colonia. España justificaba la recuperación de la roca al entender que el Reino Unido mantenía una colonia en superficie española, que su población estaba falta de homogeneidad y raigambre local y que sus ingresos provenían del uso de la base y el contrabando.

En contraste, Londres recurría a sus derechos de soberanía obtenidos en el Tratado de Utrecht (1713-1715) y al empeño de la población gibraltareña. Por ende, en medio de las recomendaciones de Naciones Unidas para al menos hallar una salida negociada, el Reino Unido apostó por un referéndum en Gibraltar en 1967, donde el 99,64% prefirió quedarse bajo el paraguas británico.

Aunque Naciones Unidas objetó la consulta, la política española hacia Gibraltar quedaría en la estacada. Y como miembro permanente del Consejo de Seguridad, el Reino Unido estaba en disposición de vetar o congelar cualquier resolución sobre Gibraltar, lo que complicaba todavía más a España para adquirir cualquier avance sin un acuerdo consensuado con Londres y acreditado por los gibraltareños.

De la misma manera, la política punzante de Castiella con Gibraltar desató una crisis diplomática con Londres y perjudicaba las relaciones con Estados Unidos. Justamente, las conversaciones con Washington iban desmejorando. Las reticencias en el empleo del armamento norteamericano, la insignificante ayuda económica y la utilización circunstancial de las bases en España, devoraron las desconfianzas del régimen franquista hacia los Pactos de Madrid ampliados cinco años más.

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El efecto acumulativo residió en el incidente del pueblo de Palomares acontecido el 17/I/1966, cuando un bombardero estadounidense B-52 que portaba cuatro bombas nucleares, colisionó con un avión cisterna KC-135. Aunque ninguna de ellas detonó nuclearmente, dos explosiones convencionales esparcieron plutonio radiactivo, contaminando una amplia zona. Esta eventualidad condujo a España a pedir un tratado de defensa mutua, la ampliación de la ayuda económica y el respaldo de sus peticiones (admisión en la CEE y Gibraltar). Pero Estados Unidos que había desbocado su inversión en defensa en la Guerra de Vietnam, lo rechazó con rotundidad. Las tiranteces diplomáticas crecían para renegociar los acuerdos que crisparon a Franco y Carrero Blanco, calificando de vital para asegurar la estabilidad del régimen.

Ante este horizonte sombrío, Franco se abstuvo de Castiella y canalizó el diálogo con la Administración de Richard Nixon (1913-1994), que campearía en 1970 con otro acuerdo de amistad y cooperación, extendiendo el concurso más allá de la defensa, porque fortalecía explícitamente la soberanía española sobre las bases y sustituía la cláusula secreta de 1953. No obstante, de ninguna manera entrañaba un tratado de alianza política, o un deber puntual de defensa.

En esta dinámica, el incentivo de Carrero Blanco por preservar las colonias en África sería baladí. En 1968, Guinea Ecuatorial anunciaría su independencia tras la celebración de elecciones. Y tan solo un año después, España cedería Ifni a Marruecos.

La única singularidad radicaría en el Sáhara Occidental, porque le interesaba por su abundancia pesquera y el yacimiento de fosfatos en Bucraa.

Llegados a este punto, la descolonización en África, más el malogrado plan con Gibraltar y las turbias operaciones con Estados Unidos y la CEE, acrisolaron la debilidad internacional del franquismo. Esa debilidad desmejoró internamente conforme se agravaba el estado de salud de Franco.

Con el dictador en horas bajas por su enfermedad, la dirección franquista se introducía en la espiral o recta final de sus últimos coletazos. El entorno internacional tampoco aliviaba demasiado su secuenciación. La crisis del petróleo atrincheró la progresión económica advertida durante el desarrollismo. Y cómo no, el derrumbe en 1974 de las dictaduras de Grecia y Portugal, catapultaba una vez más al franquismo hacia el ostracismo en Europa. Y para el colmo, la Iglesia Católica empezó a alejarse del franquismo a raíz del Concilio Vaticano II (11-X-1962/8-XII-1965), que apremió al clero hacia posicionamientos más liberales y antagónicos a la dictadura. Los rigores habidos entre el régimen franquista y el Vaticano se hicieron palpables a medida que el Papa Pablo VI (1897-1978) exhortaba a Franco a abandonar su derecho de presentar nuevos aspirantes a obispos.

Sin lugar a dudas, uno de los instantes más detractores se originó con ocasión del caso de Antonio Añoveros Ataún (1909-1987), cuando el Gobierno español estaba dispuesto a expulsar de España al obispo de Bilbao, por su sermón en beneficio de la identidad del pueblo vasco, aunque la Santa Sede se lo truncó.

Ante esta realidad para nada halagüeña, el franquismo desplegó nuevamente su practicidad. Las trabas para arribar en la CEE orientó al régimen a arrimarse a los estados socialistas de Europa del Este. Esa maniobra entraba de lleno por la Ostpolitik (política del este) del canciller socialdemócrata de Alemania Occidental, Willy Brandt (1913-1992). Una estrategia de contacto hacia el bloque oriental desde los inicios de los años setenta. Aunque Franco paralizó cualquier identificación diplomática a la URSS, España introdujo lazos consulares con Hungría, Checoslovaquia o Rumanía.

Inclusive, llegó a refrendar en 1972 un pacto para sistematizar los cabos comerciales con Moscú. Y dos años más tarde, reconoció a dos Estados socialistas, la República Democrática Alemana y la República Popular China, que dos años antes le había quitado a China -Taiwán- la silla en Naciones Unidas. Curiosamente, el sumario más llamativo del realismo franquista recaería en Cuba. Pese a las divergencias ideológicas, la España franquista fomentó continuamente las relaciones diplomáticas con el régimen de Fidel Castro (1926-2016), llegando a refutar el embargo norteamericano. Y como primicia, consecuencia de ese afecto, el líder cubano establecería tres días de duelo en la Isla tras la muerte de Franco.

Durante sus últimas sacudidas, el franquismo saboreó alguna pequeña satisfacción diplomática, como la concurrencia de España en la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, génesis de la OSCE. La asistencia de Carlos Arias Navarro (1908-1989) reprodujo la exclusiva que un presidente del Gobierno asistía a un foro de estos rasgos durante la dictadura. Pero con el sinsabor, que cualquier consecución quedaba abatida por la crisis del Sáhara Occidental.

“El lastre de la soledad del franquismo a los ojos del mundo, cebó las efusiones de inferioridad y suspicacia de España hacia el exterior, estrechando al régimen a asumir una política vacilante y versátil, sin una aspiración perceptible más allá de su conservación”

El lodazal saharaui tomó la delantera en el síncope del franquismo. Como expresidente del Gobierno, Carrero Blanco aspiró a practicar el conducto neocolonial que había abordado sin alcance en Guinea Ecuatorial. O séase, proporcionarle un estatuto de autonomía al Sáhara, para acto seguido auxiliar su independencia y así afianzar los alicientes económicos de España.

Ahora bien, sus designios se vieron abocados cuando el monarca marroquí, Hasán II (1929-1999), reavivó el trazado irredentista del ‘Gran Marruecos’. El soberano había digerido dos intentonas de golpe de Estado en 1971 y 1972, respectivamente, sondeando distanciar al Ejército de Rabat alborotando el nacionalismo. Así, las coacciones de Marruecos forzaron a España a renunciar al ideal de la autonomía y difundir el requerimiento de un referéndum de autodeterminación.

Como es sabido, Marruecos demoró el sufragio exponiendo junto a Mauritania un recurso sobre la soberanía de la región saharaui ante la Corte Internacional de Justicia.

Aun siendo el dictamen contrario a los intereses marroquíes, Rabat espoleó con el aval de Francia y Estados Unidos, la llamada Marcha Verde (6/XI/1975). Y no válida para implicarse en otro rompecabeza colonial, España abrevió su desbandada del Sáhara Occidental y aprobó la Declaración de Principios entre España, Marruecos y Mauritania (14/XI/1975), con el que traspasaba la administración del espacio saharaui a Marruecos y Mauritania. El acuerdo, señalado no legítimo por la ONU, sentaría las causas del enredo geográfico del Sáhara Occidental.

Posteriormente, España suscribió su salida con la sanción urgente de la Ley de Descolonización del Sáhara, donde en las Cortes franquistas acogían el desaliño de una superficie que desde 1958 era contemplada como una provincia española. Su entrada en vigor se generaba el 20/XI/1975, la misma jornada en que Franco y su régimen se extinguían. Sobraría mencionar en estas líneas, que este régimen no cicatrizó diversas fracturas que se enquistaron con el tiempo en el mundo árabe.

Esta envolvente por momentos opaca, ayuda a concebir la defensa mayoritaria a Palestina, o las bifurcaciones de la derecha en torno al núcleo duro palestino. Al igual que de la opresión dictatorial, España cargó sobre sí con los contenciosos del Sáhara Occidental y Gibraltar, que han determinado durante largos períodos dificultosas fricciones con el Reino de Marruecos.

Finalmente, el lastre de la soledad del franquismo a los ojos del mundo, cebó las efusiones de inferioridad y suspicacia de España hacia el exterior, estrechando al régimen a asumir una política vacilante y versátil, sin una aspiración perceptible más allá de su conservación. Pero sobre todo, los indicios de la dictadura por disciplinar una visual uniforme de España y atenazar a sus rivales, entorpecieron la arquitectura de una política exterior de Estado, ante la complejidad de retratar intereses compartidos y componer un paralelismo nacional común.

Indudablemente, este complemento atenuó la influencia internacional de una nación, que allende de obtener la grandiosidad imperial que perseguía Franco, aún acarrea el discutido legado de su dictadura que encarna la deuda histórica que España persiste cumpliendo por medio de espacios de homenaje, leyes de memoria y procesos de reparación. En la actualidad, conmemorar esta herencia no solo realza lo acaecido, sino que otorga preservar los valores que hicieron factible el camino a la Transición.

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EFE

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