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Dejar de querer

Por Ana Isabel Espinosa
02/11/2020 - 04:00
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No nos quiere el covid más que a muerte. No lo entienden los de los botellones, como tampoco entienden el cáncer de pulmón los que se agarran a un cigarrillo o los que comemos a desmán y luego nos quejamos de la diabetes.

Somos perecederos, siempre se lo digo a ustedes que tienen vocación de sufridores de tanto oírme desbravar. Estamos naufragados desde hace tiempo, no décadas, pero casi. Solo hay rumor de olas de los interneses y malos pensamientos, broncas patateras y mucho ánimo in juriandi, in jodiendi e in apaleando lo que se menee. Lo sabrán ustedes, que vienen sabidos de casa. Por eso les hablo en estas confesiones a caldo avecrem de líneas dispares.

Ahora andamos con puentes limitados por las apariencias terrestres para que no vayamos a peor y salga alguien con bien de esta pandemia. Pero qué me dicen de todos los que nos protegemos porque nos va la vida en ello, de los que sufrimos lo indecible intentando conservar ese precario equilibrio mental en el primer confinamiento. Y digo primero, porque me allana la maldición de verme confinada por segunda vez. El ya no poder visitar una localidad limítrofe me devuelve la ansiedad primigenia de clan, de noches sin luz, de carencias afectivas. La ansiedad se impone aunque nos digan( los entendidos que siempre pululan por ahí ) que tenemos que hacernos fuertes porque la situación lo impone , sin darse cuenta de la gente que vive en la calle, de la que lo hace en la soledad de la vejez o de los muchos que están en la soledad compartida de los geriátricos. Empezamos a saborear el miedo de los campamentos de refugiados. Nosotros tan europeos y civilizados, tememos. Nuestro confort se va al garete por la perra de la pandemia, por la economía, por los terrorismos y por todo amalgamado y estrujado entre nuestra vertebras- cada noche- como si fuera ovillo atrapado por gato. Nos vemos las horas pasando sin poder hacer nada, sin poder solucionar nada, meros espectadores de esta nada cadenciosa que no lo es, pero que nos atemoriza porque hace temblar al mundo conocido.

No sabemos quién nos metió en esto y empezamos a extrañar a esos Halloweenes en que los niñatos de poco cerebro y mucho cuerpo arreciaban con frutas variadas la puerta de nuestra casa, cuando tuvimos que velar por la integridad de nuestros hijos o nos convertíamos en guardianes del orden. Sin darnos cuenta hemos acabado en el subsuelo como Kiko Rivera y sus lealtades. Estamos aquí de paso. Ya lo sabíamos, solo que ese paso nos quedaba muy lejos.

Pero ahora, mírenme bien, está a solo una estación de Renfe, con el tren a toda máquina manejado por un asintomático adicto a los botellones que no tiene más de veinte en el cuerpo y menos de cinco en el cerebro. Todos a una como en Fuente obejuna al barranco de las mutilaciones, a pasar el covid por decreto, a jodernos como unidad y a acumular muertos que no tienen nombre, ni recuerdos en nuestra memoria colectiva. Podría ser que estuviera cabreada. Normalmente lo estoy, porque me falta él cuando hay tantos idiotas caminando por ahí. Como los de los bautizos o los botellones o las fiestas. Zombis que transportan muerte para los suyos y los que no lo son. Muertos vivientes asintomáticos a los que no puedes aplicar una limitación perimetral porque la idiotez vaga libre por el universo transportándose en su propia vaina sin nada dentro.

Quiero a mucha gente. Por eso me enfurezco. Por eso no soporto no verlos. Me entenderán. Me comprenderán y moverán en asentimiento la cabeza. Y aun así seguiremos haciendo lo que siempre hicimos… intentar dar lo mejor de nosotros mismos, porque así nos parieron y así moriremos, dándonos. No nos quiere el covid más que a muerte, pero nosotros también se la deseamos…Una lenta o fulminante a manos de un laboratorio patrio. Queremos acabar contigo, Covid. Fusilarte, machacarte, aplastarte, deglutirte y hacerte trizas para ser libres de nuevo, olvidándote. Dejándote a la altura del sarampión, la varicela o la difteria.

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