No ha pasado tanto. Era época de elecciones y la guerra por el voto llevaba a que algunos candidatos hicieran el ridículo -como aquel que se puso a bailar en la Gran Vía mientras los demás le aplaudían- mientras que otros empezaban a ver las orejas al lobo creyendo de verdad que les podían dar una buena mordida.
Entre estos últimos estaba el alcalde. Sinceramente creo que tenía miedo a salir a la calle a pedir el voto por si algún que otro ciudadano se le ponía, y con razón, farruco.
Estaba, además, enfadado. Eso de pisar calles sucias y con infraestructuras deterioradas le llevaba a tener que beber la botellita de agua que suelen darle sus asesores a tragos nerviosos.
Esa imagen del enfado vecinal, del enojo de la vendedora de cupones y del reproche del ciudadano que acaba de comprar el pan podía ser el mayor de los tortazos.
De los nervios y la indignación de ese momento, de la advertencia y enfado porque esto no podía seguir así, se ha pasado al olvido. Y eso es malo.
El alcalde no puede repetir lo de la economía verde, azul e inteligente sin pisar la calle. No puede hacerlo porque resulta indecente.
Tiene que darse una vuelta y ver el estado en que se encuentra la ciudad. Ceuta está sucia, hay rincones que huelen fatal, zonas dejadas, infraestructuras dañadas que no son ni supervisadas ni arregladas.
Esto el ciudadano lo ve, lo sufre y lo denuncia. Hay un abandono insultante hacia lo que debe ser la gestión más doméstica, la que nos afecta a usted y a mí en el día a día.
De eso se olvida el alcalde, el mismo que ha reestructurado el gobierno creando dos vicepresidencias para controlar todo mejor fiscalizando el funcionamiento de las distintas áreas. Más parece ser un burdo ejemplo de un juego de tronos que un ejemplo práctico para mejorar.
No es justo tal abandono, mucho menos se debe olvidar que aquello que causó enojo se sigue produciendo aunque ahora no se reclame el voto.






