África Carrasco lo sabía: sabía que el 4 de febrero de 2026 Ceuta saldría volando. Lo había presentido toda su vida y lo fue contando por cada sitio que pasaba. Era una premonición que la perseguiría toda su existencia.
Siempre hablaba de lo mismo: los árboles serán arrancados de cuajo, la Casa de los Dragones cabalgará en un remolino hasta que la perderla de vista, la Mujer Muerta esparcirá su rostro, perderá el cabello en un torbellino de aire y agua, en un reguero de sal, en una lluvia de rocas que viajarán a la velocidad de la luz..
Y así fue, tal y como dijo África Carrasco hoy, hace justamente 96 años, 8 meses y siete días.
Sobre las 13 horas del 3 de febrero día antes del vaticinio, los teléfonos móviles sonaron y avisaron de la catástrofe que se esperaría en unas horas, pero el destino estaba escrito y la profecía de Carrasco no podría cambiarlo nadie porque las cosas que tienen que suceder están escritas en las entrañas del destino.
El huracán desembarcó en el Baleària de las 11 y olas gigantes se extrañaron de no ver a esa ola de metal de Diego segura. Las obras de la estación marítima la habían arrancado de cuajo sin respetar la memoria del monumento ni del autor.
La borrasca Leonardo fue recibida por el Pleno Municipal salvo Vox que seguía negándola incluso cuando Sergio Redondo era arrastrado por la ventolera incontrolada.
Juan Vivas, como siempre, intentó darle la mano a Eolo pero éste no interpretó el gesto de cortesía y lo lanzó desde el puerto al Monte Hacho con una furia inusitada. Llovieron granizos, la espuma del Atlántico y el Mediterráneo vistieron a la ciudad de un blanco impoluto y níveo.
Los jardines de la Argentina parecían una baraja de naipes derrumbada por esa mano invisible de la ventolera. San Amaro y el parque de Santa Catalina se refugiaron en los nichos del cementerio; era el lugar mas cercano para no ser arrastrados en todas las direcciones.
Un volcán de huesos, lápidas, figuras de la Virgen de África y de nuestro Señor Jesucristo se estampaban en los muros del camposanto y los difuntos subieron al cielo sin esperar la bendición del obispo.
Los ceutíes rodaron por la calle Real y cuando conseguían sujetarse a algo firme leían las páginas de El Faro como aves de paso asomadas a las pupilas.
Gumersindo leyó que el Ceuta había perdido 4-1 contra el Racing de Santander hasta que el artículo del Cañonazo le cegara los ojos con un golpe de aire a 300 kilómetros por hora.
Las campanas de todas las iglesias repicaron durante dos días en un tintineo que dejó sordos como tapias a los supervivientes.
Benzú voló como un águila que mueve sus alas en los cuatro puntos cardinales y la mezquita se posó en el techo del cafetín como si Sansón hubiera tenido un ataque de ira.
Y así Ceuta y Melilla acabaron siendo una sola ciudad cuando el temporal se fue apagando, Leonardo las había unido por tierra, mar y aire.
De África Carrasco nunca se supo.






