Opinión

Confesión de un anacoreta

No hay más luz que la que nace en mis ojos. No hay más silencio que el que custodian mis oídos. Llegará el día en que terminen mis pasos, pero al final siempre quedarán los ecos de la belleza que transcribo.

¿Qué es el olvido sino una estrella sin faz? ¿Qué es el recuerdo sino volver a vivir?

Por eso busco el asiento de las palabras, para que todo aquel que lo decida pueda disfrutar del espacio mágico de la memoria.

Puedo ver el día en que me eché al camino, imitando la forma de vida de los primeros estudiosos. El camino acerca las distancias, y pronto fui conocedor de la sabiduría que ocurre en los márgenes. Conocí a matemáticos sin libreta, a filósofos que recobraron la fe, a justicieros sin espada, a eruditos de la nada, y a cuerpos sin alma, pues desconocían sus nombres.

No hay mayor ventura que ascender los ríos por la ribera; confundirse entre los juncos, y contemplar el nacimiento de las aguas, de grumos transparentes y calor agradable.

Hacía el camino por cincuenta kilómetros diarios; y esto nos es milonga, que mis piernas saben lo que digo. Mis piernas saben del reposo agradecido, pero también del tormento infligido en la travesía de desiertos interminables.

La razón de los años jóvenes me convirtió en peregrino, y ahora que los años son los de la madurez, he de escoger el sitio donde brillen mis pensamientos, mis astros.

En consonancia con la luz del sol, abriré los ojos cada mañana, y permaneceré de pie o sentado, según las leyes de los anacoretas. Me alimentaré del árbol de la miel, aquí descrito, y ejerceré la medida en la palabra. El regocijo, al contemplar la luz del sol, me dotará de la fuerza necesaria.

Nos pasamos la vida inventando un lugar, y ahora que lo conseguimos, hemos de vencer la insatisfacción que, como zarza, crece en el suelo fértil de la tranquilidad.

La visión del cielo milenario, en las noches limpias, me ayudará a completar el mapa de las estrellas, que no son milagro, sino ciencia estrecha. Solo en el estudio descubriremos los secretos de la creación.

Al fin, testigo de mis días soy; portavoz de una estirpe que se pierde por la velocidad de las palabras, sin juicio ni consejo.

Al fin, me gustaría volver a nacer en las orillas donde esconderé mi libro, y con su lectura, romper los límites del tiempo concedido.

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