El Tribunal Militar Territorial Segundo ha condenado a un capitán del Ramix-30 por delito consumado de abuso de autoridad en su modalidad de acoso profesional sobre un sargento. En la sentencia, a cuyo contenido ha tenido acceso El Faro de Ceuta, se le impone una pena de 2 años de prisión, con las accesorias legales de suspensión militar de empleo.
Asimismo, se le condena a abonar 3.000 euros a quien hoy es sargento primero por los daños morales y psíquicos causados. Los intereses de la víctima han estado defendidos por el abogado José Vázquez.
El capitán queda únicamente absuelto del delito de abuso de autoridad en su modalidad de injurias.
Esta resolución, dictada ahora en octubre tras la celebración de juicio el pasado septiembre, no es firme, pero supone la primera respuesta que da un tribunal después de un procedimiento que se retrotrae al año 2020 y que fue cobrando forma tras que el sargento presentara denuncia en mayo de 2022.
Queda probado que el capitán era jefe de la Batería Mistral en verano de 2020, unidad en la que estaba destinado el entonces sargento, que estuvo sometido a un trato degradante y humillante durante años.
El origen de todo ello tuvo mucho que ver con los tatuajes que presentaba. De llamarle la atención por los mismos, se pasó a un menosprecio con términos como “eres un sargento tropera”, “basura” o “gente como tú no se merece ser suboficial”.
Todo comienza cuando se da un orden por parte de la cúpula de mandos de la Comandancia General de Ceuta a los capitanes para que los miembros de las distintas unidades que tuvieran tatuajes visibles no participasen en los actos solemnes y de especial relevancia representando a la unidad, ya que entendían que perjudicaban la imagen.
El sargento no tenía un pequeño tatuaje sino uno llamativo desde el cuello a la mano.
El capitán ahora condenado le indicó que no compartía que llevara esos tatuajes, haciéndole ver que no tenía buenas referencias sobre su persona, pero que podrían empezar de cero siempre que mostrara un gesto de buena predisposición cambiándose, por ejemplo, el nombre que llevaba en la galleta toda vez que el sargento se identificaba con su nombre de pila y no sus apellidos.
Los tatuajes no eran del agrado del resto de oficiales de la unidad hasta el punto de que el jefe de grupo, el teniente coronel, bajo cuyo mando llevaba dos años, le requirió para que firmase un documento en el que se comprometía a borrarse los tatuajes que resultaban visibles en un plazo de tres meses, a lo que se negó. Con posterioridad, esa orden se dejó sin efecto.
En septiembre de 2020, el capitán relevó al sargento de acudir a Segovia para participar en el curso de Simulador Mistral, siendo sustituido por otro, lo hizo porque “no se fiaba” de él.
En otras dos ocasiones posteriores, fue privado de participar en cursos de formación, una vez siendo el único peticionario voluntario de un curso de sanidad militar, que terminó asignado a otro compañero con carácter forzoso.
En octubre, en la zona del Cerro Mosquera, el sargento es designado para la preparación de una exposición de tiro que sería visitada por el comandante general.
Terminado el montaje, el capitán le dijo que quedaba fuera de la exposición por sus tatuajes y que se fuera donde no se le viera. Al pedir explicaciones, el capitán le manifestó que no había que hablar más del tema y que era “un marronero”.
En noviembre de ese mismo año, lo relevó de participar como encargado en el cañonazo a pesar de que para el disparo de la salva la uniformidad es uniforme de campaña con mangas bajadas, casco, antifragmento, guantes y gafas, por lo que los tatuajes quedan tapados.
En noviembre de 2020 robaron unas baterías de los vehículos de la unidad, el capitán no le dio importancia en un principio, pero posteriormente tuvo conocimiento del robo ya no por sus subordinados sino por el teniente coronel.
La cosa cambió, fue entonces cuando reunió al personal bajo su mando para decirles: “Ustedes sois igual de ladrones que el que las ha robado, porque estoy seguro que sabéis quién demonios es, hasta que no me deis un nombre contáis con mi desprecio y desconfianza, no esperéis nada de mí, ni asuntos particulares, ni descansos obligatorios ni adicionales”.
Dijo además que quería “un cabeza de turco. Hay que dar nombres sí o sí y para ello hay que presionar a la tropa hasta que suelte prenda”.
Al reprocharle el sargento que él sí confiaba en su gente, el capitán le reprochó: “Tú cállate que no tienes ni voz ni voto ni orgullo como militar, porque no quieres saber quién ha sido, gente como tú no merece ser suboficial”, eres un “sargento tropero, más amigo de la tropa que jefe en funciones. Sois todos igual de ladrones que los que las han robado”, le dijo.
Al volver a hablar sobre este asunto, pero ya en el despacho, el capitán le dijo que se fuera. “Largo de mi despacho, basura, tú que te has creído, ¿sabes que te digo? Que tus días de vacaciones te vas a comer una rosquilla”, y le hizo una peineta, cerrándole la puerta de un portazo.
Al sargento le habían seleccionado para participar en un programa de televisión, por lo que pidió permiso al capitán para asistir, a lo que le respondió: “No te voy a dar nada porque me pareces ridículo y no me gusta que alguien como tú salga en televisión representando al ejército”.
En otro momento le recriminó que le estuviera echando un pulso, advirtiéndole que “te lo voy a ganar yo, porque tú no eres más que un sargento tropero y no mereces ser suboficial, deberías volver a ser tropa como mucho o irte a la puta calle”.
En enero de 2022, cuando va a tomar mando el nuevo comandante general, el sargento, a pesar de haber ensayado, no participa. Le habían hecho interrumpir el permiso del que disfrutaba. Un permiso que tampoco le dieron para acudir a la firma de una vivienda del Invied que le habían adjudicado.
En 2022 continuó esa misma cadena de desprecios, ya que estando de baja por covid, al volver, presentaba problemas para mantener el ritmo de los demás soldados, incluso llegó a desvanecerse.
El capitán no permitió rebajar la intensidad, advirtiéndole que lo que debía hacer era cogerse “la baja y lárgate del cuartel, lo que no quiero es verte la puta cara. Cógete la baja, que a ti no te pasa nada, lo que te pasa es que estás muy ocioso, te pasas mucho tiempo libre paseando para contarle a tu amiguito tus problemas de mierda, sigue ahí que te vas a enterar quién soy yo”.
Ante la pregunta del sargento de si le estaba amenazando, el capitán le dijo que sí y que era un “sinvergüenza”.
En mayo de 2022, en la cantina, el sargento le comunicó al capitán que tenía que ir a la asesoría jurídica y este, delante de todos, le dijo: “¡Anda!, que te has dejado bigote, que ridículo”.
El afectado no era el único que tenía tatuajes, pero sí el único al que se le afeó tenerlos.
En el dictado de una sentencia condenatoria, se ha tenido en cuenta la declaración del sargento que es persistente durante todo el procedimiento, con ausencia de incredibilidad subjetiva, ya que no hay odio, resentimiento ni venganza, y además tiene verosimilitud, es decir, apariencia de verdadero porque más personas corroboran lo que pasó.
De él, varios testigos que declararon dijeron que era un militar educado y de vocación.
La parte contraria, tanto el capitán como los testigos que presentó, ofrecieron una visión bien distinta, presentándolo como alguien “reivindicativo, no comprometido, conocedor de sus derechos y no de sus obligaciones y tatuado de la parte alta del cuello a la mano”.
El capitán condenado negó todas las acusaciones y apuntó que el sargento era una persona que si no conseguía lo que quería le cambiaba la cara, desconociendo saber por qué le había denunciado.
Para el Tribunal, los hechos son constitutivos de un delito de abuso de autoridad en su modalidad de acoso profesional, pero no en su modalidad de injurias.
“Estamos ante un delito pluriofensivo”, expone en sentencia, que “requiere que la conducta sea denigrante, rayando lo degradante”, existiendo además un “clima de hostilidad y humillación”.
El acoso profesional llevado a cabo por el capitán existe y reviste, a ojo del Tribunal, la gravedad suficiente para ser merecedor de reproche penal, al menospreciar, insultar, descalificar, humillar, discriminar y anular al sargento de manera insistente, reiterada, carente de justificación, causando una grave perturbación en la vida y salud de la víctima, que tuvo que acudir a servicios sanitarios.
Existe un dolo, una reiteración de la conducta, pero en cambio no se considera la existencia de injurias al no darse expresiones con la entidad suficiente como para ello.
No se puede considerar que el capitán hubiera actuado movido por órdenes de sus mandos ya que estos únicamente le dijeron que el sargento no participara en formaciones, desfiles y actos solemnes, pero el capitán no se limitó a cumplir la orden, sino que incurrió en descalificaciones, insultos, menosprecios y humillaciones. No le trasladó las ordenes con respeto.
En la pena se ha tenido en cuenta que no hay antecedentes previos en el comportamiento del capitán, pero también la gravedad y el perjuicio causado al propio sargento, pero también a la unidad al haber provocado un clima hostil.
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