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El claro enemigo entre ceja y ceja para combatir el narcotráfico en el Caribe

Por Alfonso José Jiménez Maroto
02/12/2025 - 07:19
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Imágenes cedidas

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Repiquetean y parecen rechinar los tambores de guerra, pero la República Bolivariana de Venezuela no se encuentra distante. Su espaciada divisoria terrestre con la República de Colombia, la República Federativa de Brasil y la República Cooperativa de Guyana, más sus confines costeros en el Caribe, comportan que en el caso de un conflicto bélico podría conllevar significativas derivaciones regionales.

En tanto, la recalada del USS Gerald R Ford en aguas próximas a América Latina puntea un hito en las tensiones entre Estados Unidos y Venezuela, porque conjetura la mayor cabecera militar norteamericana en la zona desde la invasión de la República de Panamá, allá por el año 1989. Igualmente, es el despliegue naval más amplio desde la Guerra del Golfo (2-VIII-1990/28-II-1991) y posee como propósito la destitución del régimen de Nicolás Maduro Moros (1962-62 años).

Y es que, la Administración de Donald Trump (1946-79 años) conserva una indeterminación sobre sus designios al desenvolver cerca de los litorales venezolanos el portaviones más moderno y de más dimensiones del planeta.

Dicho esto, la campaña de acoso y derribo abarca la destrucción de diversas embarcaciones en el Caribe y el Pacífico Oriental, en operaciones que han ocasionado hasta el momento de plasmar esta disertación, el fallecimiento de unos ochenta individuos. Estados Unidos mantiene que son lanchas utilizadas para trasladar fentanilo y otras drogas hacia su territorio. De hecho, el Pentágono corroboró otra acometida que terminó con la vida de cuatro hipotéticos narcoterroristas.

La Operación Lanza Sur, que es como se ha bautizado, se conjuga con otros procedimientos comunicados este mismo año por la Sede del Departamento de Defensa de Estados Unidos, que pretende incluir sistemas robóticos y capacidades autónomas en las tareas de localización y rastreo del tráfico ilícito. Washington insta en que el refuerzo militar responde al menester de desmontar redes transnacionales sofisticadas, mientras continúa valorando otras alternativas suplementarias frente a Venezuela.

De este modo, la guerra contra el terror ha tocado a Latinoamérica. En su enésima campanada política, Trump está metamorfoseando la elocuencia y los instrumentales de la ofensiva militar impulsada por George W. Bush (1946-79 años) para la escalada militar en el Caribe. Al relacionar narcotráfico con terrorismo, encuadra dentro de la defensa de la Seguridad Nacional a las víctimas que han originado las arremetidas americanas contra supuestas narcolanchas en el Atlántico Oriental y el Caribe.

No obstante, no ha traído demostración alguna de que esas flotas presumieran amenaza alguna para EE.UU., excluyendo requerir la declaración de guerra al Congreso. Incluso ha asegurado que “los cárteles son el ISIS del hemisferio occidental”, que ya manifestó a algunos de estos grupos como “organizaciones terroristas extranjeras”. Pero tras unos primeros meses, la ofensiva antidrogas de su Gobierno ha irrumpido en otro curso mucho más acometedor: ha militarizado el Caribe y se considera el mayor despliegue naval desde la Guerra Fría, abatiendo dieciocho botes y en este momento asesta claramente al régimen de Maduro, al que culpa de encabezar el denominado Cártel de los Soles como organización ilícita, criminal y terrorista internacional.

Es más, desde hace algunos meses, alarga en el Caribe a ocho buques de guerra y un submarino y el ya mencionado portaaviones USS Gerald R. Ford, que porta cinco mil marineros y más de setenta y cinco aviones y tres destructores que lo han acompañado durante su desplazamiento desde el Mediterráneo, ratificando que la actuación para interceptar a los narcotraficantes aumenta por doquier.

La Armada de los Estados Unidos cuenta con once portaaviones, de los que acostumbra a tener en primera línea a tres por lógicas de mantenimiento y formación. La marcha del USS Gerald R. Ford en dirección al Caribe deja sin cobertura al continente europeo, que lo precisa para disuadir a la Federación de Rusia. Los otros dos siguen en Japón con la vista puesta en la República Popular China y en el Océano Índico por la República Islámica de Irán y los hutíes.

"La guerra contra las drogas y su consonancia con las políticas intervencionistas mediante la Operación Lanza del Sur, no es algo novedoso ni tampoco una improvisación de Donald Trump"

En otras palabras: este despliegue es el mayor desde la Operación Tormenta del Desierto (17-I-1991/28-II-1991) y en la situación caribeña, desde la crisis de los misiles de Cuba (16-29/X/1962). A ello hay que añadir unos diez mil militares desplegados en el Caribe, la mitad en buques de guerra y el resto en bases de Puerto Rico. Además de manejar el Cártel de los Soles, Trump carga contra Maduro por soltar a malhechores de sus cárceles y mandar a Estados Unidos a integrantes del Tren de Aragua, el grupo criminal más destacado. Algo similar sucede con el presidente de Colombia, Gustavo Petro Urrego (1960-65 años), al que la Casa Blanca culpa de ser un capo de la droga.

Pero es únicamente con Venezuela por el que Trump ha dejado presentir la probabilidad de impulsar una acción militar. En estas últimas jornadas ha asegurado que los ataques en el mar se prolongarían a la demarcación venezolana y que los días de Maduro como presidente de Venezuela concluirían pronto, aunque por el momento ha desechado una guerra con el estado latinoamericano.

Valorando los esfuerzos de su Administración por llevar a término una intervención contra el terror y la lucha contra el narcotráfico, Venezuela no juega un papel prominente en el movimiento de drogas. La Administración de Control de Drogas del Gobierno norteamericano tasó en el año 2020 que el 8% de la cocaína que alcanza el país americano recorre Venezuela, mientras que el trayecto del Pacífico encauza hasta tres cuartas partes de la cocaína que atrapa el mercado estadounidense desde los centros de cultivo del Estado Plurinacional de Bolivia, la República del Perú y Colombia.

En atención a los datos proporcionados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), por antonomasia en los años ochenta y noventa, el corredor caribeño era el itinerario contrabandista preferente. Hoy en día, la cocaína suele introducirse por los límites fronterizos sur de Estados Unidos, tras practicar una dirección indirecta en el que los barcos realizan altos intermedios en naciones del Caribe, Centroamérica o Estados Unidos Mexicanos. Y parte de esta circulación ocurre por aire y Venezuela comparte una frontera bastante porosa con el principal productor de coca, Colombia.

Más allá de la cocaína, realmente el azote de drogadicción que experimenta Estados Unidos es una crisis de opioides. En concreto, de fentanilo. Y esta droga se elabora prácticamente en su conjunto en los Estados Unidos Mexicanos, con sustancias químicas traídas prácticamente de China, mientras que Venezuela participa escasamente en la obtención o el contrabando de fentanilo.

Luego, a criterios de algunos analistas, el ascenso potencial a nivel militar en el Caribe se descamina de prioridades geográficas como de instrumentos. Esto último, en alusión a un barco destructor que es tres veces más costoso que un guardacostas y aunque puede reproducir grandes titulares en los periódicos, no ayuda a desalojar las redes sofisticadas del narcotráfico.

En otro caso, Washington podría dotar de más medios a la Guardia Costera y mejorar una estrategia que ya marcha. La confiscación de drogas en la frontera correspondiente al año 2024, vino de la mano de un refuerzo de la plantilla de inspección y la aplicación de tecnología puntera para descubrir los cargamentos sospechosos. Conjuntamente, Estados Unidos sigue figurando como el principal surtidor de armas de los grupos criminales a los que quiere aprisionar: el 73% de las armas rescatadas en el Caribe proceden de fuentes americanas. Tanteando la ausencia de coherencia en la tesis de la lucha contra las drogas, todo indica a que la escalada militar desprende como diana el desacomodo incómodo del régimen de Maduro.

Ni mucho menos para quedar en el vacío, Trump ha dado luz verde a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en su ahínco por priorizar intervenciones encubiertas en Venezuela, elevando para ello la recompensa a 50 millones de dólares, a cambio de indicios que lleven a la captura de Maduro.

Partiendo de esta base, desde su primer mandato el presidente norteamericano siempre ha tenido en el ojo del huracán al régimen socialista de Venezuela. Como sostuvo literalmente en 2019, “cuando Venezuela sea libre, y Cuba sea libre, y Nicaragua sea libre, este se convertirá en el primer hemisferio libre de toda la historia de la humanidad”. A fin de cuentas, Venezuela es un aliado de la República de Cuba, al igual que Rusia, China e Irán son adversarios geopolíticos de Washington.

Y a vista de lince de la Casa Blanca, el país no puede erigirse en una potencia global consistente, si no logra imponerse en el hemisferio occidental, desde Groenlandia y Canadá hasta Panamá o Venezuela.

De igual forma, no ha de soslayarse que Venezuela es el estado con más reservas de crudo y que guarda suculentas existencias minerales. Recursos por lo que Trump no ceja en su empeño para sus empresas. Pero para desalojar a Maduro que acapara una década en el poder con un cóctel de represión, corrupción y chantaje electoral, resulta más dificultoso de lo imaginado.

Así, en 2020, Trump se aventuró por el opositor Juan Guaidó Márquez (1983-42 años), quien activó una operación paramilitar para amputar al régimen de Maduro con respaldo desde Miami. Las tentativas de Guaidó por hacerse con el control de Venezuela quedaron en agua de borrajas y Trump se abrió a un pacto con el núcleo chavista. Amén, que Caracas convencido que Trump no obtendría la reelección, se cerró en banda. Pero tras su nueva llegada a la Casa Blanca, volvió a la carga y sus diplomáticos persuadieron al régimen venezolano para que eximiera a presos americanos y admitiera la partida de migrantes venezolanos deportados.

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Pronto, el Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional en funciones, Marco Rubio (1971-54 años), entró en escena. Me explico: de familia cubana y antiguo congresista por Florida, se encuentra profundamente emparentado con la oposición venezolana y ha forjado de la lucha contra el socialismo latinoamericano su huella de identidad política. Asimismo, es el intermediario del ala intervencionista de la Administración Trump, en contraste a una más aislacionista precedida por el Vicepresidente James David Vance (1984-41 años).

Apoyándose en la premisa de la salvaguardia de la Seguridad Nacional y la pugna contra las drogas, Rubio logró meterse en el bolsillo a Trump para no claudicar ni un ápice con Caracas y de la coyuntura de destituir a Maduro. El despliegue militar en el Caribe revela el progresivo influjo de Rubio en la órbita más cercana del Presidente, que objetó en meses pasados un ofrecimiento de Maduro para reducir las tensiones y sortear un conflicto, a cambio de una aportación dominante norteamericana en su industria minera y petrolera.

A este tenor, Trump no se siente con el convencimiento pleno de irrumpir en Venezuela. Indudablemente, el inconveniente legal, militar y político de una intrusión directa es arriesgado. Mientras tanto, el soporte a la aparición de barcos de guerra cerca de Venezuela ha decaído en Estados Unidos al 30%, y menos de la mitad de los venezolanos, o séase, el 43%, alentarían una operación militar norteamericana.

Por el momento, la amenaza sobre el régimen de Maduro es de índole psicológica. La evolución militar, así como los embates a supuestas narcolanchas o la carta blanca a la CIA, es inmediato y público y parece formar parte de una cruzada de desmoralización y fisura interna del entorno chavista. En esta misma táctica se circunscriben las constantes afirmaciones de altos cargos americanos sobre el desplome de Maduro en el poder, así como potenciales sanciones u ofertas de destierro reconocido a la cúpula más cercana de Maduro.

Con todo, el acaparamiento de activos militares en aguas próximas a Venezuela, comienza a ser demasiado acelerada como para suprimir otras realidades. Uno de ellos podría ser ataques aéreos selectivos sobre infraestructuras militares para propagar el desconcierto en las Fuerzas Armadas venezolanas, que todavía han cerrado filas con Maduro. Alguno de esos bombardeos posiblemente tendrían como objetivos puntos de reparto de drogas para alimentar el convencimiento de la lucha contra el narcotráfico.

"Tanteando la ausencia de coherencia en la tesis de la lucha contra las drogas, todo indica a que la escalada militar desprende como diana el desacomodo del régimen de Maduro"

Otro marco factible estaría en la organización de una maniobra reservada o el envío de Fuerzas Especiales para detener o finiquitar de una vez por todas a Maduro en una acción relámpago. La CIA podría facilitar el terreno obteniendo información sensible o entorpeciendo su Gobierno desde dentro. A pesar de ello, hasta la fecha este prototipo de injerencias han naufragado.

Sin lugar a dudas, Venezuela es uno de los pocos estados latinoamericanos que eludieron el intervencionismo norteamericano durante el siglo XX, en numerosos momentos aprisionado a la lucha contra el narcotráfico.

Aunque el presidente republicano Richard Milhous Nixon (1913-1994) determinó en 1971 la guerra contra las drogas, iban a ser sus sucesores, Ronald Wilson Reagan (1991-2004) y George H. V. Bush (1924-2018), los que finalmente la internacionalizaron e incorporaron con la lucha anticomunista en América Latina.

Evidentemente, con este fundamento se insertan la invasión estadounidense de Panamá (20-XII-1989/31-I-1990), denominada en código militar Operación Causa Justa, o en la década de los ochenta, el contrafuerte conferido a los contrarrevolucionarios en la República de Nicaragua. De interponerse el paso ofensivo en suelo venezolano, la Armada americana según y cómo, preferiría por poner en escena drones o armas de largo alcance para no poner en riesgo a sus soldados, una línea roja para Trump, que en campaña electoral dio su palabra a bombo y platillo de terminar con los conflictos bélicos. Con lo cual, una penetración terrestre a gran escala parece absurda.

De cualquier manera, si el modus operandi para deponer a Maduro llega a buen puerto, no sería nada sencillo formalizar su despedida. El que a día de hoy es el heredero de Hugo Chávez Frías (1954-2013) interviene en la totalidad de las instituciones y tanto el requerimiento de unas elecciones libres y plurales, como la cesión del poder demandaría de negociaciones embarazosas.

Por lo tanto y en su amplia mayoría, las lanchas punteadas por el Gobierno norteamericano han sido impactadas por medio de ataques cinéticos, lanzados a distancia y sustentados en la descarga de energía y sin explosiones de por medio. Sumados a ellos, la aglutinación de buques de guerra próximos a los litorales de Venezuela desprende que esto se produce con miras disuasivas.

Norteamérica es junto al Viejo Continente, el destino cardinal del movimiento de cocaína a nivel global, así como la región que pulsa los mayores dígitos de consumo de drogas como las anfetaminas, los opioides y el cannabis. Mientras que otras drogas como el fentanilo siguen su procedencia en la República Popular China y alcanzan las ciudades americanas desde México y en menor magnitud, Canadá.

Y en el caso de la cocaína los trayectos parten del sur del continente, aunque la mayor producción se centraliza en Colombia, Perú y Bolivia, desde donde se remite tanto a Norteamérica como a los compradores europeos. Sosteniendo a Colombia y México como el meollo principal del narcotráfico en la demarcación, el peregrinaje más acostumbrado es el que atraviesa las aguas del Océano Índico.

A ciencia cierta, estas navegaciones a mar abierto disponen de menos medidas de control, al igual que de patrullas que en las aguas del Caribe. Las sustancias ilícitas llevan la voz cantante desde los puertos peruanos, ecuatorianos y colombianos y se filtran en estados que durante largos períodos habían quedado al margen del tráfico de drogas, como es el caso de la República de Costa Rica o la República de Ecuador, que en los últimos trechos han alcanzado un papel exponencial.

Pero por encima de todo, este periplo brinda dos coyunturas definidas. Primero, transportar los alijos por medio del mar o en menor disposición, por itinerarios aéreos hasta alcanzar México, donde la tendencia surca por hacerse de modo terrestre por la divisoria con Estados Unidos. Y segundo, trajinarla directamente por mar hasta los puertos norteamericanos.

En ambos patrones, los sitios de ingreso de la cocaína son principalmente Texas y California, estados demarcatorios con México. Y en similitud a la del Pacífico, la cocaína igualmente arriba a Norteamérica en dos direcciones que cruzan el Caribe. Y de éstas, la más concurrida es la del Caribe occidental que marcha desde Colombia, Ecuador y Perú para atravesar por estados como Panamá y Jamaica.

La envergadura de este desplazamiento, no ya solo hacia Norteamérica sino sobre todo, encaminado a Europa, ha movido a un incremento importante en las operaciones ilícitas en estos países intermediarios, como Panamá.

Recuérdese al respecto, que en la década de los noventa, los antecedentes de tráfico de drogas en escalas panameñas eran minúsculos, mientras que en las fechas más recientes se han reconocido cincuenta organizaciones criminales en seis puertos de Panamá. Así, los cárteles afloran en el engranaje panameño, desde los puertos marítimos y el ferrocarril hasta el Canal de Panamá. La tercera elección es el corredor del Caribe, que sale desde Colombia hacia la República Dominicana y Haití y desde estos puntos neurálgicos alcanzan Florida y Canadá.

Llegados a este punto, Venezuela no agrupa en su espacio territorial un volumen de producción de cocaína significativo, pero sí que es uno de los puntos de partida de las rutas de tráfico. Su amplia y permeable frontera con Colombia proporciona que la droga acceda en el país y se expanda a los clientes internacionales. El Departamento de Estado estadounidense puntualiza a Venezuela como un país a tener en cuenta con relación al tráfico de drogas y una vía principal en el transporte de cocaína.

Para ello se sustenta en referencias correspondientes al año 2020, según las cuales se presume que entre doscientas y doscientas cincuenta toneladas métricas de cocaína se importaban cada año desde Venezuela. Esto constituye entre el 10% y 13% de la producción mundial. Si bien, en ese intervalo la circulación a través de estados centroamericanos lo rebasaba, con una movilidad evaluada de cuatrocientas toneladas métricas atajando Guatemala.

Hoy por hoy, el tráfico desde Venezuela continúa siendo en menor medida en cuanto a su volumen, el que propiamente circula por Centroamérica y, sobre todo, al que prolonga el derrotero del Pacífico. Así, tanto la calificación como grupo terrorista de cárteles y organizaciones venezolanas como el desenvolvimiento militar alrededor de sus costas, se ajustan a varios precedentes que van más allá de la lucha contra el narcotráfico.

En consecuencia, la guerra contra las drogas y su consonancia con las políticas intervencionistas, actualmente Operación Lanza del Sur, no es algo novedoso ni tampoco una improvisación del Presidente estadounidense.

Al contrario, es una constante encadenada en la historia del país americano. Sin ir más lejos, en el primer tercio del siglo XX, los representantes públicos pusieron en acción una campaña que desembocó en prescripciones de impuestos sobre el opio y el cannabis. Y como he expuesto en líneas anteriores, la pericia de Trump succiona tanto de esos elementos como de la internacionalización en la lucha contra el narcotráfico suscitadas por Reagan y Bush, quienes promovieron la mediación de la CIA y del ejército contra una droga que por entonces se vislumbraba como un galimatías proveniente de América Latina.

A pesar de todo, el protagonismo de buques norteamericanos en el mar Caribe con el punto de mira en los narcos, pone en suspenso el equilibrio de la zona, fundamentalmente, después de que Venezuela activara sus recursos militares.

Sabedor que Estados Unidos juega una labor proactiva en el paisaje geopolítico actuando en conflictos activos, no hay que dejar en el tintero a China que igualmente desplaza sus piezas con intromisión en prácticas comerciales, estructurales y económicas de Latinoamérica y África. Más aún en Caracas, donde observa a Xi Jinping (1953-72 años) como un aliado ideológico.

Aun así, poniendo como ejemplo a la Federación de Rusia durante la guerra con Ucrania, cabe matizar que el gigante asiático suele dar preferencia tanto a la cooperación económica como diplomática, antes que meterse de lleno en cualquier conflicto y Venezuela no es ni mucho menos la que abriría la caja de pandora.

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