Tras los barcos mercantes y las tiendas locales se esconden los ecos de un pasado muy lejano. El comercio desde hace siglos ha sido parte de la económica local, una actividad que transformó Ceuta en un gran emporio en la costa norteafricana en la Edad Medieval.
Esta posición de relevancia ha llegado al presente gracias a los diferentes documentos de mercantes que han sobrevivido al paso del tiempo. A eso se suman las referencias de cronistas, que, aunque son vagas, son útiles para hacer un dibujo de la autonomía durante esa fase histórica.
La población y sociedad no podría haberse desarrollado sin los territorios que se extienden a sus alrededores. Gracias a ello, la urbe pudo consolidarse como ese modelo dentro del continente africano al que aluden los expertos.
Cerámicas
No solo los escritos facilitan la tarea de redescubrir a los antepasados de la ciudad. Los restos cerámicos encontrados en diferentes excavaciones arqueológicas también permiten establecer conexiones.
Mediante esos nexos, se puede leer cómo era la región. Su abastecimiento y distribución es un reflejo de una íntima relación entre el corazón de la localidad y su ámbito periurbano. La conclusión que se obtiene tras el estudio de las piezas es que no existía una gran lejanía entre los diferentes tipos de productos existentes.
Ello se traduce en que hasta los artículos más lujosos se observan también en sitios más exteriores. Ese dato denota que no había diferencias notables de un lugar a otro. Tanto los espacios más urbanos como los más periféricos compartían un repertorio similar.
Cercanía
“Es la cercanía, menos de cuatro kilómetros de distancia en línea recta al más lejano de los yacimientos estudiados, y la estrecha relación con la urbe la que explica este fenómeno”, indica Fernando Villada, autor del capítulo ‘Las relaciones de Ceuta y su territorio en la Edad Media a través del estudio de las cerámicas’ dentro de la publicación ‘Le détroit de Gibraltar’.
Las vidriadas meladas eran predominantes. El arqueólogo destaca que probablemente es en parte uno de los grupos más nutridos debido a su fácil identificación. Son especialmente abundantes los ataifores, que en ocasiones se muestran decorados con elementos en óxido de manganeso.
Al otro lado de la balanza, en menor medida, están las ollas, las cazuelas y las jarritas. La verde tiene menos peso y está principalmente vinculada a las series de ataifores, jarrito y lebrillos.
Ruralidad
Otro de los reductos dentro de los vestigios analizados son las cerámicas modeladas. Las mismas han sido interpretadas por algunos expertos como un indicio de una mayor ruralidad. Los fragmentos de estos enseres se aprecian de un modo similar tanto a las afueras de Ceuta como en lugares más céntricos.
Las piezas del puzle indican que, el Monte Hacho y Campo Exterior, eran fundamentalmente aprovechadas para las actividades agrícolas y ganaderas. Sin embargo, al ser tan próximas a las zonas más edificadas, el acceso de productos cerámicos era similar al del resto de la ciudad.
El texto contempla una comparación con los trabajos efectuados en Beliunes. El contexto es semejante al primero descrito. “Se da una presencia minoritaria de producciones modeladas a mano, predominio de las piezas vidriadas en melado, identificación de producciones más cuidadas y semejante repertorio formal”, explica el autor.

Ceuta medieval
Los fragmentos encontrados y evaluados junto a las pruebas documentales conducen a un boceto de esa Ceuta medieval. La urbe contaba con sus propias fuentes para abastecerse. “Dependía de recursos procedentes de su región en cuestiones tan esenciales como el suministro de agua, alimentos y materias primas”, apunta el arqueólogo.
A nivel hídrico los habitantes disponían de aguas pluviales y de las marinas para ciertos usos. A ello se sumaban una serie de pozos. Emergen en las palabras de Ibn Ḥawqal, que menciona su existencia. Puede que, en realidad, fuesen aljibes.
Aunque eran un alivio para las necesidades de los locales, resultaban insuficientes. Eso los empujaba a recurrir a por aprovisionamiento en el territorio más cercano. La primera referencia sobre ello la menciona Al‑Bakrī, que apunta a una conducción de origen antiguo que canalizaba el agua del río Awiyat hasta una iglesia.
Hubo sobre la mesa otro proyecto relacionado con este recurso básico. A finales del siglo XII, el califa almohade Abū Ya‘qūb decidió acometer una vasta obra para llevarlo a Ceuta desde Beliunes, pero no hay certeza si llegó a ser concluida. Otros autores destacan que procedía del exterior. Algunos de ellos especifican que era traído en barcos.
Alimentación
Tampoco era viable cubrir las necesidades alimentarias solo con la ciudad. El escaso terreno era un hándicap. A pesar de las huertas en el Monte Hacho, los habitantes tenían que acudir a otros canales para sostenerse.
Ante la falta de posibilidades de cultivar cereal, los residentes construyeron silos para prolongar la conservación de los productos desplazados. El objetivo de dichas estructuras era prevenir hambrunas. Existen ejemplos de esos viajes desde Mazagán. Sin embargo, su geografía y posición la transformó en un lugar de paso para la exportación de este bien a otras regiones.
La limitación en los recursos surtía efecto entre los dueños de los molinos de las localidades próximas y los agricultores. Su uso y reparto era un motivo de conflicto frecuente. Su suministro y el de alimentos desde otros rincones de su mismo entorno no era exclusivo. Esas poblaciones próximas aportaban a Ceuta mineral de hierro, tar, así como otros materiales que sirvieran para el puerto, la construcción de barcos o para la guerra.
Influencia
Ver cómo subsistía la actual autonomía quizá es una tarea más sencilla que averiguar cuál era su influencia en la zona. “Es una tarea compleja, puesto que fue modificándose a lo largo del tiempo”, subraya el autor. Los límites de su influjo no siempre eran idénticos en los ámbitos administrativo, comercial y militar.
Antes de la llegada de las tropas musulmanas, el regidor Julián controlaba ambas orillas del Estrecho de Gibraltar. Siglos después, ya adentrados en el periodo omeya, este escenario cambió.
Una señal de ello se encuentra en los escritos de Ibn Ḥawqal que indica que, en ese momento, el gobernador recibía contribuciones e impuestos de los bereberes que residían en los alrededores.
Hasta Tánger
La llegada de los reinos de taifas también tuvo eco en la ciudad. Fue una época en la que, de la mano de Saqūt al‑Bargawāṭī, el territorio era parte de un dominio que se prolongaba hasta Tánger. No se conocen dirigentes en el Rif en la etapa almohade.
“Ello hace pensar que esa región dependía de Ceuta al igual que Tánger, Alcazarquivir y Arcila”, aprecia el autor. Se sabe por las alusiones de al‑Marrākušī que era uno de los lugares más extensos. Solo se sabe del periodo azafí que su influencia se observaba desde tribus gumāries, hasta Tánger y Arcila.
Fue en 1156 cuando se creó una circunscripción con capital en Ceuta precisamente para favorecer el comercio. Ese espacio comprendía desde la zona de los Gumāra hasta Tánger. Al otro lado del estrecho de Gibraltar la lista incluía a Algeciras, Tarifa y Málaga.
La propuesta, que fue una iniciativa de un grupo de nobles, pretendía potenciar esa red económica sobre la que descansaba el desarrollo de la población local. No es de extrañar que a través de los siglos los protagonistas fueran los mercaderes locales como los foráneos, que procedían de Marsella, Pisa, Génova y Aragón.
“La relevancia de la actividad, especialmente de los intercambios a larga distancia, generó una organización económica, social y política en cierta medida singular”, concluye.






