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Ceuta en bus

El bus 1 salió a su hora de la parada de la Marina Española. Eran las 12.55 horas. El día estaba nublado y plomizo; caía una fina lluvia. A esa hora el bus iba medio vacío. Tres mujeres hablaban en voz alta una lengua híbrida de dariya y español: dariya para el énfasis, las emociones y las exclamaciones, español para la sentencia y los razonamientos. “Todos somos iguales”, dijo una de ellas.

También viajaba una señora mayor de sonrisa amplia que iba hablando con un vendedor de lotería de la Cruz Roja. Una chica joven sentada a mi lado iba escuchando su móvil con auriculares; otro señor con sobrepeso apostaba en una aplicación de juego online. “¡Safi!” Al fondo tres chicos conversan con tono elevado y mirada baja, como aconseja el versículo 30 de la Sura An-Nur (La Luz, capítulo 24 del Corán).

Sólo otra chica y yo, de siete mujeres, vamos sin velo. “¿No les da calor?”, pregunté. “¡No!” “Y, ¿por qué usan el velo?” “¡Por gusto!”. Inmediatamente me sentí mal por la pregunta; al fin y al cabo, cada uno viste y peina como quiere. El uso del velo por parte de las mujeres musulmanas es una recomendación del Corán que cada mujer interpreta a su manera, supongo.

El versículo 31 de la Sura An-Nur (La Luz, capítulo 24 del Corán) es el que recomienda que no muestren sus atractivos en público más allá de lo obvio, dejando caer sus velos sobre sus pechos. Y es que el uso del imperativo no siempre indica orden o mandato sino también instrucciones, indicaciones, sugerencias, invitaciones, permisos, buenos deseos, todo con el ánimo de influir en el comportamiento del otro. Así que cada mujer musulmana puede elegir vestir el velo, libre y conscientemente, por modestia o recato, por creencia de mandato religioso, por consideración hacia Dios, su marido o familiares, por protección ante miradas indiscretas o por prevenir tentaciones, por comodidad o moda, como forma de proteger la privacidad y de priorizar la personalidad o la inteligencia, como un signo de distinción social y cultural, por orgullo hacia su religión o su identidad cultural, por reivindicación, por conformidad con el grupo para su aceptación social. El hidjab, que significa disimular ante las miradas, es el velo que cubre cuello y orejas y sólo dejar ver el óvalo de la cara. Es el más utilizado en Ceuta.

Esporádicamente también se ve el el pañuelo a lo rifeño, el chador, el niqab y el burka. Hoy, por ejemplo, nos hemos cruzado con una chica joven con un niqab de color marrón claro que dejaba visible sólo los ojos, a modo de autoenclaustramiento. ¿Lectura literal del Corán, timidez social, penitencia, ofrenda...? Lo desconozco. A mi entender, la brecha es, sobre todo, de género.

El bus recorre el Paseo de la Marina Española, hace una parada en el casino y en la Plaza de la Constitución. Luego subimos por el Mercadona, pasamos el Portuario con sus señores tomando café con churros, y giramos hacia la avenida del Puerto. Enrique el Navegante nos saluda desde la rotonda, cansado de sostener su brazo en alto. Giramos hacia los jardines de la Argentina, recorremos el trazado paralelo al antiguo carril del ferrocarril Ceuta- Tetuán, en dirección a las playas de El Chorrillo, La Ribera, El Recinto.

No pasa nada de particular en el autobús, salvo que de las cinco personas que vamos ahora, cuatro están usando su móvil; yo, entre ellas, tomando alguna foto. Por la calle una chica lleva su café take away, pasa el furgón de las bombonas de butano, coches, motos, un viernes de lo más cotidiano. Aparcamos en la parada de El Mercado. Es un recorrido circular de una hora que se hace tedioso. Aún queda pasar por Campus Universitario, Recinto y San Amaro. Son las 13,30 y decido bajarme para terminar la ruta otro día.

Es un periplo demasiado largo para asientos tan poco confortables. ¿Por qué no se habrá importado de Marruecos la maravillosa idea de los taxis compartidos, por lo menos para este tipo de trayectos de largo recorrido dentro de la ciudad? Son más baratos, ecológicos y sostenibles, así que apostemos por ellos.

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