No se puede cuantificar ni el miedo, ni la desesperación, ni mucho menos la valentía. Supongo que lo importante sí es perecedero, pero no medible, como el amor. Nosotras las que sesteamos ya la jubilación forzosa, no queremos ser matronas olvidadizas, ni culos adosados a una butaca. No lo fueron nuestras madres y no lo serán tampoco nuestras hijas. Nuestras madres, parte soldada al marco de la bisagra, nos trazaron un camino recto, correspondiente a nuestro género. Nuestras hijas- en cambio- son dueñas del mundo y aun así tan frágiles como corresponde a la parte que se atornilla a la hoja.
Nos dejaron a nosotras, almas cándidas, los tetones y las varillas para que fijáramos el movimiento, sellándolo y bloqueando todo. Pero no fue así porque aun parte central de la bisagra, nacidas en la dictadura, llamándonos por los nombres de nuestros padres, de nuestros maridos y luego de nuestros hijos, nos rebelamos internamente y masticamos furia igual que los dragones mastican piedra de fuego, para mantenernos la boca caliente cuando en la lucha diaria se nos acabaran las ganas. No puedo decir que hemos sido otra cosa que luchadoras de todo, ganadoras de nada porque se nos ha obviado y ralentizado, emasculado y comparado con ellos que siempre gozaron del aprecio de todo y todos. No es que seamos feministas, es que no nos queda otra.
Nuestras madres se asustaban cuando nos veían por el rabillo del ojo y movían la cabeza o nos increpaban, según el genio que gastaba cada una por tener esa hija tan vociferante, belicosa y rebelde. Pero nunca lo fuimos, sino que -al modo oriental- veneramos a nuestros padres, incluso más allá de la muerte, porque nos parieron así con las manos atadas, los ojos cerrados, la boca henchida en llanto, reconociendo solo nacer, cual era nuestra posición perniciosa en el planeta. Pero ya les digo que como maestras lo hemos bordado porque las generaciones que nos suceden, esas mujeres libres que hacen lo que quieren con su cuerpo, que no usan condones porque no les da la gana, que no se acuerdan ni del nombre de sus amantes y que estudian por desidia torera, es el último suspiro de la rebeldía de nuestras mentes que nos obligamos a parir porque estábamos jodidas de tanto callarnos por dentro. No digamos que en comparación con la vida de nuestras madres- amas de casa casi todas, integradas en un hogar y unos hijos, sabedoras de todo, pero conocedoras de nada, nunca reconocidas y siempre en segundo plano- la nuestra fue más difícil, solo que no la aceptamos porque queríamos más y mejor que ellas, sin que ni por un segundo supusiera restarles un ápice de su valor, fuerza o valentía. El que desprecia sus orígenes no tiene derecho a llamarse por su nombre, ni lucir su piel, ni sus ojos, ni a alzarse sobre sus pies al iniciarse un nuevo día.
Nuestras hijas no lo tienen más fácil porque se crean libres. No lo es, porque la lucha es eterna y nunca la sangre de mujer tuvo miedo a ser derramada. Fuenteovejuna nos hizo ver la sustancia de la discriminación, que el honor se escribe con género y que los hombres solo se movilizan para restaurar los cánones marcados por ellos mismos.
Si ahora me estás leyendo, no creo que tengas edad, ni tampoco género, sino ideas, fáciles, difíciles, intrincadas o simples, pero ideas. Que las compartamos o no, es solo cuestión de estética porque la hermandad ya la gozamos, porque esa mutua antipatía, las zancadillas y la envidia que se presumen vinculadas a nosotras es una leyenda negra más que nos vendieron muy bien desde tiempos ancestrales. No tenemos que batallar por un hombre, ni por una posición, ni odiarnos por el hecho de ser mujeres. Pero parece que cuesta que esta verdad llegue hasta la médula de la inteligencia. Quizás porque las bisagras son de metal y solo con flexibilidad absoluta son capaces de dar su mejor resultado.
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