Más de mil personas en el CETI, que se dice pronto. Una cifra sostenida como se puede por los trabajadores de un centro en el que han tenido que aplicarse medidas extraordinarias que recuerdan las de los tiempos de los saltos masivos por el vallado.
A los que ocupan el centro se suman los de fuera, en una imagen nada adecuada a la política migratoria de cierto control que se ha ‘vendido’ de cara a la galería y que tiene que imponerse en una ciudad tan sensible como es Ceuta.
Es obligada una política basada en la transparencia, esa debiera haber sido la norma de la casa. Y en asuntos de este tipo, con un CETI desbordado, la administración central tenía que haber sido mucho más clara que nunca, dando cifras y soluciones.
Publicarlas es lo más acertado porque supone un mensaje de transparencia dirigido a la ciudadanía. Y esa ciudadanía, a la que ya se le machaca con mensajes tremendistas, hay que hacerle saber cómo están las cosas y de qué manera se tienen que abordar.
El miedo es mal consejero, como las mentiras. El CETI no pasa por sus mejores momentos y convertirlo en una especie de centro entregado a la desidia y descontrol no parece que sea la decisión mejor tomada por quienes tienen competencia y están obligados a ejercerla de la mejor manera.
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