Querida Sandra: he leído la noticia de tu muerte y no te puedes imaginar el dolor de tu ausencia.
Me imagino tu soledad, tu silencio y tus miedos. Pienso en ese pánico de todos los días al pisar el aula, en tus noches en vela dando vueltas en la cama insomne sobre qué pasaría mañana, cómo decírselo a los profesores, a la dirección del centro, a tus amigos, a tu tutor, a tus padres.
Te veo navegando en la angustia de un mar hostil sin saber el rumbo de tu destino y de tu suerte.
Decidiste marcharte, con la impotencia de no ver la salida.
Diste la voz de alarma, apretaste los dientes, aguantaste las lágrimas varias veces, quisiste hacerte invisible para que te dejaran en paz... Pero te derrotaron, escondieron tus gritos para que no saltara ninguna alarma.
Es el bullying el que te ganó la partida. Las dosis justas, el acoso desapercibido de los que deben cuidarte, el causar un sufrimiento medido, pesado y controlado para que nadie te crea.
Así funciona este lastre que sufren muchos alumnos, esta carga insoportable que te conduce al vacío desesperado.
Ahora actuará la fiscalía, la dirección del colegio, los profesores ciegos, sordos y mudos, la inspección, la Delegación de Educación, la Junta de Andalucía, el defensor del menor. Se tomarán declaraciones, se pedirán pruebas, se hablará con los causantes. Necesitamos penar la culpa para calmar el desasosiego.
Necesitamos no ver a esos adolescentes que pueden convertirse en monstruos y torturadores sin dejar huella, buscaremos cientos de excusas de los protocolos, de las tutorías, de los equipos de orientación. Cuando todos fallan no hay responsables directos y todo se convertirá en una nube que desaparecerá sin darnos cuenta.
Sandra llevaba desde la pasada primavera sufriendo el acoso de tres compañeras de su colegio. Su madre lo sabía y se lo hizo saber a la dirección del centro. Sabía la angustia que le generaba retomar las clases, por eso ella volvió a hablar con el equipo directivo y esta vez con un informe de la psicóloga que estaba tratando a su hija y con una petición en firme: que, al menos, la separaran de sus supuestas acosadoras. Pero no sirvió, tal vez fue un revulsivo para que el acoso se acrecentara en esa "maldad adolescente". Sandra acabó quitándose la vida el pasado 14 de octubre.
El centro no activó el protocolo de acoso, no se habló con las familias de las menores que supuestamente acosaban a Sandra, ni se avisó a los profesores del equipo educativo.
Sandra iba a viajar el fin de semana a Madrid con sus compañeras. Le gustaba el fútbol, se pasaba mucho tiempo con sus amigas del barrio, tenía previsto volar al Reino Unido, a York, para disfrutar de un intercambio de una semana con un colegio de allí.
Desde los tres años era alumna de ese colegio, pero, al parecer nadie de las autoridades académicas notó ningún cambio en el comportamiento de Sandra aunque llevará allí 11 años.
Y volverá a pasar, habrán otras Sandras que vivan en un infierno, en un laberinto sin salida.
Son otros tiempos: papeles, reuniones, burocracias, protocolos, avisos a los padres de los alumnos implicados, decisiones difíciles para las direcciones de los centros. Y aquí nadie se mueve porque el movimiento es incómodo y produce una reacción en cadena si te lo tomas en serio.
Y Sandra nos dejó porque no estuvimos atentos para evitarlo.






