Es época de confeti y gloria, de pequeños pastores y reuniones obligadas. No de paz y mucho menos de amor, cuando en las rotondas la gente pega empujones para ir más rápido y nacen pícaros -aprovechados- hasta debajo de las piedras. Cada vez me gustan menos los pliegues del tiempo, las arrugas en forma de ausencia y las fotos de muertos que anhelas como vivos.
No hay humor que aguante estas fechas, así que supongo que por eso los más cuerdos emborrachan sus penas y los más locos las ahogamos en rayadas y blasfemias. Soy persona non grata- como Sánchez- en estas fiestas donde hay que mezclarse, besarse, apresurarse y empaparse de compras, con afectos fingidos, saludos inesperados y mucha falsedad reinante.
Ya ni los Toruños se salvan y gaviotas aullantes, pinos altivos y marismas heladas reciben a visitantes que, tras las pasadas lluvias que convidaron al Parque con esplendor de vida, ya transitan otra vez horadando los caminos con bastones de senderismo, ruedas de bicicletas y muchas ganas de estar sanos y vivos.
Puede que en eso consista este ciclo invernal que pasamos con página final de calendario, los que celebramos aún a nuestro pesar el estar aquí para hacernos mucho más viejos.
No tengo espíritu navideño, lo habrán captado. No creo haberlo tenido nunca, ni siquiera de niña cuando me despertaban mis padres para ir a la misa del gallo a las Carmelitas, con un frío perro que se te metía en el cuerpo en una noche en la que la Plaza de España, y no digamos ya el colegio, parecían más apesadumbrados que nunca.
Mi madre sí era una adepta total, una mujer leal a su pueblo, sus orígenes y sobre todo sus Campanilleros de Vilches que siguen años después de su muerte tan exactamente iguales- que cuando ella era niña- en voces y canciones que juraría que o han bebido la sangre de un vampiro máster o han viajado en el DeLorean.
Supongo que los Espinosas somos así de asépticos emocionalmente, porque no recuerdo a mi abuela de celebraciones, aunque tengo que reconocer que la viudez la avinagró a la misma edad que lo hizo conmigo la mía.
Esta época de confeti y gloria sólo me trae recuerdos de muertos que preferiría vivos, de gente que formaban un universo-el mío- que desapareció como si lo hubiera vaporizado la Estrella de la Muerte.
Así que, a mi pesar, y miren que los llevo en mi corazón que siempre están ahí aguantando mis chufladas, no puedo infundirles optimismo, ni exaltación de emociones porque no gasto. Me gustaría idealizarles fecha y festejos, amistad y familia, pero eso ya lo tienen- o no- todo el año, porque si me lo permiten, que sé que sí porque son de buenos mimbres, les diré que eso que idealizan estas fechas es lo que deberíamos procurar conseguir todos y cada uno de los días de nuestra vida...ser nuestra mejor versión y en ella los más felices que podamos con aquellos a los que queremos y nos quieren. Yo, al menos, lo intento con todas mis fuerzas.
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