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'Boza', cuando tocar tierra es milagro

El relato de jóvenes inmigrantes que desafiaron el mar y la valla de Ceuta para encontrar un futuro mejor

Por José L. Echarri
12/04/2026 - 08:15
boza-tocar-tierra-milagro-inmigrantes-001
Fotos: José L. Echarri

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El momentáneo silencio de los aledaños del CETI se rompió con gritos de 'Boza' y los sonidos de las zapatillas desgastadas golpeando el mojado cemento de la carretera. A pesar de los rasguños y el visible cansancio, los inmigrantes sonreían, bailaban y posaban. Habían conseguido llegar a Ceuta.

Abdelmoneim, un joven moreno de 26 años de origen argelino, se sentó en el grisáceo guardarraíl junto a Ayoub, compatriota de 23 años y de pelo afro. No se conocían, pero tenían muchísimo en común: ambos salieron de su zona de confort, nadaron de noche para entrar en la ciudad autónoma y sintieron la presencia de la muerte.

Alrededor del escenario, el panorama era de lo más pintoresco: dos cabras, una de ellas aparentemente preñada, estaban protagonizando una morocada, un clima glacial que te agrietaba los labios y el paisaje que se completaba con un muro blanco paralelo al camino, que estaba decorado con mensajes motivacionales en los que destacaba la frase “Sobrevalorando límites”, un grafiti pintado todo en mayúscula, letras anchas y vestidas por azul índigo.

Inmersos en una sensación térmica helada, ahí estaba Ayoub, con un bañador verde de la marca Puma que lucía estampados de la pantera rosa, de brazos cruzados mientras veía en su teléfono un corto de Instagram.

El objetivo de todos los inmigrantes que quieren conseguir un futuro mejor es pisar el CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes). Algunos consiguen su meta a la primera, mientras que otros como Ayoub se ven obligados a recorrer distancias que se ríen de los miles de kilómetros de la mítica carrera de Self-Transcendence Race.

Abdelmoneim, residente del CETI: "Lo más duro que he pasado aquí en Ceuta es que en estos días ha muerto mi padre y no he podido despedirme de él"

“Antes intenté llegar a Ceuta cinco veces y las cinco me deportaron al Sáhara”, expresó entre tímidas risas, convirtiendo una traumática experiencia en una etapa más del camino.

Por su parte, Abdelmoneim tuvo que recorrer una larga ruta desde Argelia hasta Marruecos a pie y, tras ser deportado también en varias ocasiones, pudo asentarse en Castillejos, consiguiendo un trabajo de albañil.

Posteriormente, decidió dar el paso más importante: sumergirse en un mar incierto, peligroso y carente de piedad para poder llegar a tierras españolas.

Tras cinco horas y media de travesía, pudo pisar la arena caballa ileso, pero el gran golpe vendría desde el otro lado de la frontera, desde su hogar: su figura paterna, ese referente al que imitaba y adoraba, había perdido la vida.

“Lo más duro que he pasado aquí en Ceuta es que en estos días ha muerto mi padre y no he podido despedirme de él”, destacaba erguido, con la mirada perdida y abrigado con una cazadora oscura, vaqueros grises largos y una riñonera de color cobalto de la marca Reebok.

Su compatriota sí que sintió el verdadero terror cuando se vio inmerso en aguas que no le pondrían fácil el sueño de llegar a España.

“Viví la muerte, había mucho oleaje y lo pasé muy mal. Estuve seis horas o seis y media para llegar aquí”, confesó Ayoub, con un rostro visiblemente más serio que hace unos minutos.

Entre los silencios de la conversación, irrumpió un grupo de inmigrantes que corría como Usain Bolt, saltaba como Charles Austin y sonreía como si les hubiese tocado la lotería de Navidad.

El último paso hacia una nueva vida

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No eran corredores profesionales ni saltadores de altura olímpicos, y ni mucho menos la fortuna económica cayó de su lado. No tenían ‘El Gordo’, tenían un premio mucho más valorado: la llegada al CETI tras haber sobrepasado la valla que separa España de Marruecos.

Los voluntarios del centro, tras ser avisados por los vigilantes de seguridad, acogieron inmediatamente a unos migrantes que no frenaron su frenesí, emitiendo cánticos de euforia y alzando los brazos al cielo.

Bozaaaa, bozaaa, bozaaaa —gritaban, articulando un cántico adueñado a la lengua fula, que tiene un significado de victoria, libertad y de haber conseguido el objetivo.

Venid aquí, tranquilos —dijo uno de los trabajadores que se acercó al grupo de siete subsaharianos.

Las rejas del centro, utilizadas como tendedero de camisetas, vaqueros y toallas, tendrían que ser espaciadas para las prendas de ese colectivo de inmigrantes que habían logrado alcanzar la meta, al igual que hizo Abdelmoneim hace apenas un mes y Ayoub hace exactamente dos meses y diez días.

El humor aparece como refugio al recordar lo vivido y se permiten reír ante experiencias que no fueron para nada gratas en aquel momento.

“Lo que más me ha dolido es que la policía marroquí acabó rompiéndome el móvil”, expresa Ayoub sonriendo y luciendo sus piernas amoratadas fruto de los 12 grados de temperatura y de la intensa humedad que dominaba el verde terreno.

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A pesar de todos los inconvenientes encontrados, la premisa era clara. “No fallecer en el intento. No mirar hacia atrás y cumplir los objetivos”, resumieron ambos protagonistas.

Abdelmoneim y Ayoub volvieron al centro controlado por la Administración bajo la mirada de un gato negro, que parecía adoptar la función de vigilante, permaneciendo clavado en la puerta de acceso.

Los jóvenes tendrán que esperar su turno para salir a la Península, en un CETI que tiene una capacidad de 512 plazas, pero que ha llegado a albergar a más de mil personas, teniendo que replegarse usando tiendas de campaña.

Para algunos migrantes, Ceuta es la novedad al llegar o el enclave temporal en el que esperar. Sin embargo, para otros, la ciudad autónoma comienza a terminarse y el recinto pasa a ser otro capítulo más del viaje.

Mientras unos aún permanecen en el centro a la espera de ser trasladados, otros ya han superado esa fase y se preparan para continuar una nueva etapa lejos de territorio caballa.

35 inmigrantes, 34 varones y una sola mujer, esperan en la renovada estación marítima, equipados con su respectivo equipaje y su documento de identificación.

Muchos de ellos inmortalizan el momento previo al embarque, siendo la instantánea la demostración de la gesta, del sueño de poder pisar la Península.

El último paso hacia una nueva vida

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Aparece Enrique Román, operador de cámara de El Faro de Ceuta y único trabajador presente de un medio de comunicación de la ciudad, con su Canon xa45 de color oscura, listo para filmar otra salida más de inmigrantes organizada por el recinto para evitar el colapso.

¿Cuántos sois? —preguntó Román, un hombre alto, moreno y barbudo, a uno de los chicos que abandonaba el centro del Jaral.

¿Puedes hacerme una foto para que la vea mi madre? —inquirió Guediri Ramzi, argelino de 23 años, que se hizo el sueco ante la cuestión del compañero y que ya posaba con el dedo pulgar de su mano derecha hacia arriba.

Sí, por supuesto—respondió Enrique, que seguía sin saber el número exacto de migrantes que embarcaban hacia Algeciras.

En Argelia, si haces una foto, la policía…—expresó el joven, que portaba una sudadera rosa del rapero francés Jul, entre risas y cruzando las muñecas como si estuviera siendo esposado.

Posteriormente, exigió otra foto con su compañero Do Llar, un compatriota de 30 años que llevaba una sudadera blanca del equipo de baloncesto norteamericano Los Ángeles Lakers, vaqueros y una chaqueta azul marino de la marca Wedze.

No era una instantánea cualquiera, ya que sacaron una bufanda roja del Jeunesse Sportive Madinet de Béjaia, el equipo de su ciudad y un histórico del fútbol africano, consiguiendo éxitos de gran envergadura como la Copa de Argelia en el 2008 o la participación en la Copa Confederación Africana en ese mismo año.

Sellami Habib El Rahmane, veintañero de origen magrebí, es otro de los extranjeros que da el paso hacia la Península, tras haber peleado contra el mar para entrar en Ceuta.

“Nadé durante 15 kilómetros cuando entré, pasé muchísimo miedo y vi a la muerte de frente”, expresó.

Entre las palabras de los migrantes se repite la misma frase. “No hay derechos humanos”, exclaman con cierta desesperación tras haber sufrido en sus propias carnes situaciones que no saldrán de sus bocas, pero que sí quedarán permanentes en sus recuerdos.

Ayoub, residente en el CETI: "Viví la muerte, había mucho oleaje y lo pasé muy mal. Estuve seis horas o seis y media para llegar aquí"

Los 35 desplazados esperan en fila, algunos mirando al suelo y otros moviéndose en su propio sitio, debido a los nervios del momento.

La voz de Cruz Roja convierte en mudas las conversaciones que había entre los grupos y comienza a enumerar los nombres de cada uno de los chicos. “Mohamed Dallou, Do Llar, Selim Habib El Rahmane…”, recitaba la trabajadora de la organización, de baja estatura, cuerpo atlético y de tez blanca.

Los protagonistas marchan apresurados por el pasillo como si el Avemar Dos de Balearia fuese a escaparse. No miraron hacia atrás, solo cogieron sus maletas y comenzaron a imaginar cómo será la futura estancia, esa en la que podrán gozar de libertad, seguridad o una vida laboral justa.

El barco despide a la bocana del puerto y se adentra en el mar, ese que casi mata a algunos de ellos en el intento de conseguir un futuro mejor.

Hoy, ese demonio azul, espumoso e interminable es el puente que los lleva hacia un nuevo camino.

En cambio, Ceuta permanece atrás, inmóvil, al igual que la frontera, que sigue siendo testigo de infinidad de historias, algunas de ellas con un punto final impuesto por el oleaje, el frío y la niebla.

Tags: CETIFronteraFrontera SurInmigraciónValla

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Comments 9

  1. pavanacaballa comentó:
    hace 4 días

    Y las mujeres ?

    Responder
  2. Chismosos por doquier comentó:
    hace 5 días

    Y todos con el currículum en la mano para empezar el lunes a trabajar como médicos, arquitectos, ingenieros, economistas... Pagar pensiones, cotizar e integrarse... No?

    Responder
  3. Harto de aguantar... comentó:
    hace 5 días

    Cantillana... Brenes... Villaverde... Barakaldo... Almeria... Hostaleza... Torrepacheco... Esto no ha hecho nada más que empezar... No es ni la punta de iceberg. Deportación inmediata de todos.

    Responder
  4. Eladio Fugalte comentó:
    hace 5 días

    Invasión silenciosa y permanente por mar, tierra, aire, túneles, aeropuertos y cada uno que llega, otro mazazo a los que vivimos aquí a costa de impuestos hasta por respirar. PSOE, haz que pase(n).

    Responder
  5. pelotas comentó:
    hace 5 días

    coladero por anyera... co-la-de-ro

    Responder
  6. Qué desastre humano y económico comentó:
    hace 5 días

    Y los que aparecen ahogados son un par de líneas en las noticias y un número en el cementerio, de los desaparecidos en el mar y que no son reclamados.... hay centenares arrastrados por la corriente ASÍ QUE NO, NO es solución seguir recibiendo hombres que arriesgan la vida y que jamás tendrán lo que vinieron a buscar y, por tanto, será casi imposible su adaptación a la forma de vida occidental, sobre la imposibilidad de mantenerlos, a ellos y a la excesiva casta política con sus asesores, enchufados, vividores, que digo "mejor lo dejo" porque hay tantas cosas que los contribuyentes no podemos soportar económicamente que acabaremos explotando.
    Alguien cree que los desaparecidos le importan a alguien? Y nosotros le importamos solo a Hacienda.

    Responder
  7. Uno mas comentó:
    hace 5 días

    Más gente que mantener,perfecto

    Responder
  8. j.m comentó:
    hace 5 días

    INVASION

    Responder
    • JUAN AMADO comentó:
      hace 5 días

      Un articulo muy bien escrito.

      Responder

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