Hay un mirlo que picotea frente a mi casa, rebuscando entre los matorrales para encontrar caracolillos que desafían al cielo y lombrices dueñas de la Tierra. Mi perra lo acecha tras los cristales de mi casa, del mismo modo que yo anhelo el primer atisbo de primavera.
Los nuevos brotes- como botones rebosantes de vida de lo que serán los frutos del mañana- siempre me han contagiado alegría. Supongo que por eso mi Sombra (de tanto quererme), me dejó en primavera para disipar de algún modo tanta pena por su falta. Si lo hubiera hecho en el lastimero otoño o en el frío invierno habría sido igual de mortífero para mi alma, pero aún más inclemente para mi existencia. En cambio, los cambios que nos depara la vida, si son festivos nunca serán malos, si hay calor, vida, sueños y felicidad, nunca pueden pesarnos hasta el punto de abandonarnos a la desesperación.
Las cajas de autocobro-como el mirlo- se han instalado furtivamente en mi barrio, sin que nadie lo intuyera. Las vi el otro día, al terminar la compra. Estaban allí como los primeros brotes, deslumbrantes y silenciosas, cogiendo espacio donde antes no recuerdo bien qué había. Me ha dado por pensar -tras probar su funcionamiento, con el consiguiente vaivén entre la caja y mi compra- que llegaban para quedarse porque ni se quejaron por mi tardanza en colocarlo todo bien, ni porque me dolieran las piernas, ni porque tardara en sacar la tarjeta. No me miraron de ninguna forma concreta, ni me dieron charla obligatoria. Eso sí, grabaron hasta mis pensamientos no fuera a no ejecutar el arte de poner todo en el lector de barras, afanando algo por mi chochera.
El tiempo corre sobre mis espaldas poniendo trampas para que no lo alcance, pero no las cajas de autocobro, ellas solo ponen trampas a sus vecinos cajeros porque ellos se cansarán, querrán comer o evacuar lo que coman, querrán ver a sus familias, disfrutar de festivos, mientras que ellas no son sino esclavas de un programa que les impele a resignarse a su destino de nacer, trabajar y desgastarse sin importarle un haba a nadie. Más o menos como las mujeres de mi generación, pero con más piezas mecánicas.
El mirlo que revolotea para engullir vida que llevarle a sus polluelos no es único, sino múltiple en su plumaje negro, como la personalidad de los políticos que pactan su continuidad sin que los usuarios de los pactos (y las tretas) importemos, sin que la Sanidad pública nos llegue para curarnos, ni los Decretos hagan otra cosa que jorobarnos. Lo único bueno de los políticos es que son muchos y se pelean entre ellos carnavaleando los años bisiestos, porque cuando es uno solo al que todos le dan la razón, el País sangra y los paisanos mueren.
Tengo claro que las cajas de autocobro- como las discusiones pueriles de los políticos-han venido a quedarse, como los brotes nuevos, la primavera o el Tiempo que corre sobre mi chepa y que pesa como condenado de tanto llevarlo a cuestas.
Han venido a abonar despidos, bajar sueldos y hacer ganar dinero a las empresas por el bajo coste de su mecanismo y su propósito de trabajar sin cobrar, hasta su último aliento.






