En el lugar donde otros solo ven caos, la Policía Científica busca orden. Donde el fuego ha reducido todo a ceniza, donde una vivienda ha sido forzada o donde una vida se ha truncado, hay fragmentos invisibles que cuentan una historia. La labor de la Brigada Provincial de la Policía Científica en Ceuta comienza precisamente ahí: en lo que no se ve.
Comienza en lo que parece insignificante, en esos vestigios silenciosos que, tratados con método y rigor, pueden convertirse en prueba judicial y en respuesta para las víctimas.
La misión de esta unidad es clara: colaborar en las investigaciones desde el plano científico, aportando pruebas técnicas que permitan esclarecer los hechos. Intervienen en el esclarecimiento de todo tipo de delitos, desde los más habituales contra el patrimonio, como robos con fuerza en domicilios, hasta los más graves contra las personas, como homicidios o agresiones sexuales. Allí donde haya un indicio, allí acude la Científica.
Su trabajo consiste en localizar y analizar indicios físicos, biológicos y lofoscópicos (huellas) que permitan reconstruir lo ocurrido. Cada vestigio recogido tiene un objetivo: apoyar a las unidades de investigación y, en última instancia, a jueces y fiscales, que serán quienes valoren esas pruebas dentro de un procedimiento penal.
Al frente de este equipo se encuentra Víctor Velilla, jefe de grupo de Policía Científica en la Brigada Provincial de la Policía Nacional en Ceuta.
Aunque la imagen popular asocia esta unidad exclusivamente con escenas del crimen, la realidad diaria comienza mucho antes. Cada mañana, el equipo atiende las reseñas de detenidos, ya sea por motivos judiciales, por infracciones de la Ley de Extranjería, menores no acompañados o procedimientos relacionados con asilo. La base de todo es la identificación.
En ese proceso se toman fotografías, datos personales y, sobre todo, huellas dactilares que se incorporan a una base de datos nacional conocida como Personas, una de las herramientas fundamentales de la Policía.
Ese número asociado a cada individuo vincula nombre, antecedentes, fotografía y huellas, y se convierte en la referencia para cualquier futura actuación.
Paralelamente, el área de inspecciones oculares revisa los partes de incidencias registrados en comisaría durante las horas previas. Robos, lesiones, incendios o cualquier hecho denunciado puede requerir una intervención técnica. La planificación comienza en ese despacho, antes incluso de pisar el escenario.
Cuando se produce un delito y la Policía Científica es requerida, el procedimiento está milimetrado. El primer paso es asegurar la zona. Después, los agentes se colocan el material de protección necesario para evitar la contaminación del escenario. Nada puede alterarse.
A partir de ahí comienza la búsqueda de vestigios. Huellas dactilares invisibles, restos biológicos, fragmentos físicos que, tras un estudio posterior, puedan vincular a autores o víctimas con el lugar de los hechos. “Intentamos dar luz a lo sucedido”, resume Velilla. No se trata de intuiciones, sino de método.
Frente a la imagen televisiva de resultados inmediatos y laboratorios futuristas, la realidad es distinta. “Es un trabajo arduo y metódico”, explica. Cada escenario plantea sus propias dificultades, y la obtención de pruebas requiere tiempo, paciencia y una metodología estricta que garantice la validez judicial de lo obtenido.
En los últimos años se han producido avances tecnológicos relevantes. Uno de ellos es el uso del sistema Forenlir, una máquina empleada a nivel central que permite revelar vestigios lofoscópicos y balísticos. En determinadas ocasiones se ha podido utilizar en Ceuta, aunque su uso es limitado.
Especial relevancia ha adquirido la biología ADN, que permite identificar perfiles genéticos de autores y víctimas. Sin embargo, la Brigada en Ceuta no dispone de laboratorio propio, por lo que depende de los laboratorios centrales para estos análisis. Esa dependencia influye directamente en los tiempos de respuesta.
El plazo para obtener resultados varía según el caso. Un robo con fuerza puede resolverse en cuestión de una semana tras la recogida y estudio de huellas. En cambio, intervenciones con armas de fuego o análisis biológicos pueden prolongarse debido a la necesidad de estudios especializados fuera de la ciudad.
La presión del tiempo es una constante. Los grupos de investigación necesitan resultados para avanzar en sus diligencias y, en muchas ocasiones, trabajan contra reloj. La Policía Científica mantiene funcionarios en localización permanente, los 365 días del año, con servicio disponible incluso de madrugada.
Aun así, los procesos técnicos requieren sus tiempos. La urgencia no puede comprometer el rigor. “Hacemos todo lo posible por dar respuesta”, señala el jefe de grupo, consciente de que detrás de cada informe hay víctimas que esperan justicia y procedimientos judiciales en marcha.
En ocasiones, las intervenciones suponen auténticos desafíos físicos y técnicos. Recuerda un incendio de gran magnitud en la ciudad en el que fue necesario trabajar durante seis o siete días desescombrando para localizar el foco de inicio. Ese fue el que ocurrió en el conocido edificio de colores y que causó grandes destrozos.
En el caso de Mohamed Ali, el joven asesinado cuyo cuerpo fue encontrado en García Aldave, los agentes de esta unidad tuvieron que emplearse a fondo y utilizar arneses para trabajar en barrancos y recuperar vestigios.
Dentro del área de criminalística, los agentes son expertos en balística operativa. Analizan armas intervenidas para determinar si son reales y si tienen capacidad de disparo. También estudian cartuchería, vainas y proyectiles hallados en escenarios.
Cuando es necesario, los vestigios balísticos se remiten a los laboratorios centrales, donde se puede determinar si diferentes disparos han sido realizados por la misma arma. Esa conexión puede vincular distintos hechos delictivos entre sí.
La unidad dispone además de un banco fotográfico y realiza pruebas de fuego real en dependencias habilitadas para recuperar proyectiles que después serán analizados. Cada detalle queda documentado para su comunicación a la autoridad judicial.
Otra especialidad es la investigación de incendios. El análisis se centra en la “vida del fuego”: cómo se inició, cómo se propagó y si fue fortuito o intencionado. La observación de la oxidación de materiales y la localización del foco resultan determinantes para establecer si se trata de un hecho criminal.
La falsedad documental es otra de las áreas clave. Mediante luces forenses y un sistema denominado DocuVox, los agentes examinan medidas de seguridad y comparan documentos con originales auténticos para determinar su veracidad. Estos estudios suelen realizarse a requerimiento judicial o de grupos de investigación.
El laboratorio dispone de una campana de cianoacrilato y un horno de secado. La primera permite revelar huellas latentes en superficies no porosas mediante reactivos químicos y temperatura controlada. El resultado son impresiones que, tras su tratamiento y fotografía, pueden ofrecer una identificación clara.
El horno de secado se utiliza para superficies porosas. Los objetos se someten a procesos específicos que fijan las huellas antes de su documentación. En muchos casos, estos métodos ofrecen mejores resultados que los reactivos físicos empleados en el lugar del delito.
Además, la unidad participa en autopsias junto a médicos forenses y en procedimientos de identificación de cadáveres sin identificar, así como en investigaciones de accidentes laborales desde el punto de vista técnico.
Alejandra Salmerón pertenece a la Brigada Provincial de Policía Científica. Su explicación en este reportaje se centra en las huellas latentes, aquellas que no se ven a simple vista pero que pueden resultar decisivas en una investigación.
La inspección ocular debe ser minuciosa y detallada. Antes de aplicar cualquier reactivo, es imprescindible observar y pensar como quien cometió el delito: dónde pudo apoyarse, qué pudo tocar, cuál fue su trayectoria. El tiempo no se mide por reloj, sino por precisión.
En una demostración práctica, explica cómo el sudor y la grasa natural de la piel permiten dejar rastro. Sobre un folio blanco, invisible al ojo humano, se aplica un reactivo negro magnético con un pincel específico. Poco a poco aparecen las crestas y surcos de la mano: la huella dactilar emerge.
Una vez revelada, la huella se coloca a escala, se fotografía y se envía al área de identificación. Allí se introduce en el sistema SAID, el Sistema Automático de Identificación Dactilar, que la compara con millones de impresiones almacenadas de detenidos y reseñados.
El sistema ofrece posibles coincidencias, pero la decisión final nunca la toma una máquina. Es el especialista quien coteja puntos característicos y determina si existe identificación positiva. La responsabilidad recae siempre en el profesional.
Si no hay coincidencia, la huella queda registrada como anónima, vinculada al hecho investigado. Puede suceder que, en el futuro, si esa persona es detenida, el sistema establezca la relación y se le imputen nuevos delitos.
En el área de identificación se registran huellas de detenidos, menores no acompañados, extranjeros en situación irregular y cualquier persona que deba ser reseñada. Se toman las diez huellas dactilares y las palmares, además de fotografía y datos personales.
Las huellas son únicas. Pueden coincidir patrones generales, pero no existen dos exactamente iguales. Ni siquiera en gemelos univitelinos las impresiones son idénticas. Esa singularidad convierte la dactiloscopia en una herramienta fundamental.
Aunque el sistema puede detectar automáticamente si una persona ya está registrada, cada coincidencia debe ser verificada manualmente para evitar errores graves de asociación. Un número mal vinculado puede tener consecuencias jurídicas importantes. Por eso, insisten, el trabajo debe ser minucioso y riguroso.
En definitiva, la labor de la Policía Científica en Ceuta es un ejercicio constante de paciencia, técnica y responsabilidad. No hay música de fondo ni resoluciones instantáneas. Hay observación, reactivos, fotografía, análisis y horas de estudio. Y, sobre todo, la convicción de que cada vestigio, por pequeño que sea, puede ser la pieza que complete el puzle de la verdad.
En cada intervención hay una constante que atraviesa todo el trabajo de la Policía Científica: la responsabilidad. Cada huella revelada, cada arma analizada, cada documento examinado puede tener consecuencias directas en la vida de una persona.
Por eso, insisten, nada se deja al azar. Aunque existan sistemas automáticos y bases de datos avanzadas, la última palabra la tiene siempre el especialista, que revisa, coteja y confirma con criterio técnico.
La tecnología es una herramienta imprescindible, pero no sustituye la metodología. El sistema SAID puede proponer candidatos; los laboratorios centrales pueden determinar coincidencias balísticas; el ADN puede perfilar autores o víctimas.
Sin embargo, todo ese engranaje funciona únicamente si el primer paso la recogida del vestigio en el escenario se ha hecho de manera impecable. La cadena empieza en el terreno y termina ante un juez.
Ese recorrido, desde el lugar de los hechos hasta la sala judicial, puede durar días, semanas o meses. Un robo con fuerza puede resolverse en un plazo relativamente breve si las huellas ofrecen un resultado claro. Un caso con armas de fuego o análisis biológicos puede demorarse más, especialmente cuando se depende de laboratorios centrales. La paciencia forma parte del proceso tanto como la precisión.
También forma parte del trabajo la presión. Los grupos de investigación necesitan resultados para avanzar; las víctimas esperan respuestas; los procedimientos judiciales no se detienen. Mientras tanto, la Brigada mantiene servicio permanente, con funcionarios localizables los 365 días del año.
La intervención puede producirse de madrugada, en un incendio todavía humeante o en un barranco de difícil acceso. El horario lo marca el delito.
Hay actuaciones que dejan huella en quienes intervienen. Incendios en los que es necesario desescombrar durante varios días para localizar el foco inicial. Escenarios complejos donde hay que fijar cada vestigio mediante fotografía e infografía para que jueces y fiscales puedan comprender con claridad lo ocurrido. O intervenciones con arma de fuego en las que cada vaina y cada proyectil deben documentarse con extremo cuidado. Son retos técnicos, pero también humanos.
Y, sin embargo, la mayor parte del trabajo ocurre en silencio: en el laboratorio químico donde una huella invisible aparece bajo el efecto del cianoacrilato; en la sala de identificación donde un especialista compara crestas y puntos característicos; en el análisis minucioso de un documento que puede ser falso; en la comprobación manual de un número asociado para evitar un error que podría ser grave. Es un trabajo de detalle, de concentración y de rigor.
La Policía Científica no detiene, no patrulla, no interroga. Su aportación es otra: convertir indicios en prueba, transformar lo aparentemente insignificante en elemento probatorio. Desde la huella latente que no se ve hasta el estudio de la operatividad de un arma, todo responde a un mismo objetivo: esclarecer lo sucedido con fundamento técnico.
Al final, más allá de máquinas, reactivos y bases de datos, lo que sostiene el trabajo es la convicción de que cada vestigio puede aportar una pieza esencial. Que una huella anónima hoy puede ser una identificación mañana.
Que un análisis balístico puede conectar hechos distintos. Que un estudio de incendio puede determinar si hubo intencionalidad. En ese compromiso con la verdad técnica descansa la labor diaria de la Brigada Provincial de Policía Científica en Ceuta.
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