Escribo el domingo 2 de agosto, sin saber todavía cuándo se solucionará del todo esto. Ceuta amaneció el sábado envuelta en taró, esa niebla nuestra que lo emborrona todo y que esta vez parecía una metáfora escrita por alguien con muy mal gusto. Debajo había una ciudad con el Ejército custodiando un supermercado para que sus vecinos pudieran comprar, con la feria suspendida y con un ministro de Asuntos Exteriores explicando desde una red social que «la práctica totalidad» de quienes habían entrado ya se habían marchado.
Basta con bajar a la calle para saber que eso no se sostiene. Y no hace falta creerme a mí: lo dijo el diputado socialista Melchor León, que confesó públicamente sentir vergüenza «porque se engañe de esta manera». Cuando la enmienda al Gobierno viene de un diputado del propio partido del Gobierno, el problema ya no es ideológico: es aritmético.
Repasemos. Vivas habló de «al menos 60.000» entradas. La Delegación del Gobierno la rebajó a 50.000 minutos después. El viernes por la tarde ya se aseguraba que 37.500 habían vuelto voluntariamente. Ceuta TV, que sí se molestó en hacer la cuenta, recordó que la Guardia Civil llegó a contar 197 personas por minuto en las escaleras del Tarajal y estimó una cifra más cercana a las 100.000. No me corresponde certificar ninguna de ellas. Sí me corresponde señalar que las entradas se calcularon a la baja y las salidas se proclamaron al alza, y que el resultado de esa doble operación es una ciudad que sobre el papel ya está resuelta y que en la acera sigue llena de gente sin sitio donde ir. El propio presidente de la ciudad dijo en televisión que no se cree la versión del ministro del Interior y que aquí siguen entre 10.000 y 15.000 personas. Cuando el máximo representante de una ciudad tiene que desmentir públicamente al Gobierno de su país, ya no estamos ante un matiz de gestión.
Lo irreparable
El delegado del Gobierno cifró ayer en 72 los fallecidos. Fuentes funerarias elevan el recuento a 79 cuerpos recuperados, y los GEAS calculan que queda «mínimo quince más en el fondo». Escribo esto sabiendo que, cuando usted lo lea, la cifra será otra.
Conviene saber con qué medios contaba Ceuta para afrontar algo así. Disponía de tres neveras para conservar cadáveres. La funeraria no tenía ni sudarios suficientes. Hay un solo forense, y ha habido que traer a otros de la Península y agentes de Madrid para las identificaciones. Ese era el margen.
Hay otra cara de esas mismas horas que merece contarse. De entre la maraña de personas atrapadas en el agua, el Servicio Marítimo y los GEAS sacaron a niños e incluso a bebés. Uno apareció solo, en un flotador, sin sus padres. Los guardias civiles terminaron al límite de sus fuerzas, derrotados ante un drama que crecía delante de ellos, y aun así siguieron sacando gente. Ninguna de esas imágenes ha protagonizado una comparecencia ministerial. Deberían.
Al otro lado, en Fnideq, la agencia Efe encontró a familias enteras esperando noticias de los suyos. «Solo Dios sabe lo que estamos pasando», decía una madre cuyo hijo de diecisiete años se había echado al agua de madrugada. Contaba que al chaval no le faltaba de nada en casa y que aun así se le metió en la cabeza cruzar porque oía a otros contar lo bien que les había ido. El suyo volvió, y pudo llamarla con el teléfono de otro para decírselo. Da igual de qué lado de la valla se nazca: ninguna madre debería estar esperando esa llamada.
Y aquí hay que decir lo que se vio. Durante horas, según relatan los propios agentes desplegados en el espigón, quienes debían contener no contuvieron. El viernes, en cambio, la policía marroquí se empleó a fondo en Fnideq con tres cordones de gendarmes, gases lacrimógenos y camiones con cañones de agua. Sabían contener y podían contener. Solo que el jueves no contuvieron. La omisión también es una forma de participar, y quien empuja a su propia gente al agua no puede después presentarse como socio fiable de nadie.
No todos son lo mismo
Entre las decenas de miles de personas que cruzaron había familias enteras, críos solos, un bebé en un flotador. Tratarlos a todos como si fueran lo mismo es una injusticia y, además, una torpeza intelectual.
Dicho eso, tampoco se puede hacer la operación contraria. Ha habido altercados que obligaron a intervenir a Policía, Guardia Civil y Ejército, y ha habido gente entrando en viviendas. La misma noche del sábado, mientras el ministro daba la crisis por revertida, la Policía Nacional detenía en el Polígono Virgen de África a un joven que intentaba acceder a un domicilio escalando por un balcón con un cuchillo; en La Colina otro logró entrar con los propietarios dentro. Eso ocurrió el sábado por la noche, no el jueves.
En las naves del Tarajal hubo gente esperando sin dar un solo problema, y esos no responden de nada. Los que se dedicaron a delinquir por nuestras calles, que fueron muchos, responden cada uno de lo suyo. La responsabilidad es individual, no se diluye ni se contagia. Meterlos a todos en el mismo saco es injusto, pero decir que todo el que entró venía en son de paz es sencillamente falso. Cualquiera de las dos mentiras le hace el trabajo a quien vive de polarizarnos. Y aquí ya solo falta que a uno lo clasifiquen por decirlo.
Veinticuatro días
Porque esto no ha caído del cielo. El Tribunal Supremo dictó el 8 de julio que a quien entra a nado no se le puede aplicar el rechazo en frontera, y dejó escrita la solución: nada lo impediría si existieran elementos de contención en el mar. La barrera neumática empezó a fondearse a las 7.50 de la mañana del sábado 1 de agosto, cuando los muertos ya se contaban por decenas. Feijóo lo resumió en una pregunta: si ahora valen las boyas, ¿por qué no se pusieron antes?
La respuesta llegó ayer, y es peor que el silencio. El propio delegado del Gobierno reconoció que se contaba con ellas desde el mismo 8 de julio y que no se instalaron porque «había que aclarar por parte de las autoridades judiciales» qué podía colocarse allí. Veinticuatro días de aclaraciones. No es que faltaran medios: es que se tardó veinticuatro días en decidir dónde ponerlos.
Añádase que el 30 de julio, el mismo día en que el espigón se convertía en una riada humana, la Embajada de Marruecos en Madrid mantuvo su recepción de la Fiesta del Trono según lo previsto, con asistencia de un ministro español. La agenda no se movió. Nadie canceló nada.
El ministro que ya ve la normalidad
El sábado compareció aquí el ministro del Interior. Tres frases suyas bastan. Dijo que «estamos cerca de alcanzar la normalidad» el mismo día en que el Ejército blindaba un centro comercial para que pudiéramos comprar. Dijo que «no hay ningún informe» que permitiera prever lo del día 30, cuando este periódico llevaba cinco ediciones avisando y los propios balances de Interior registraban hasta el 15 de julio un 150% más de entradas que el año anterior. Y dijo, con el mar todavía devolviendo cuerpos, que Marruecos es un «socio absolutamente fiable», veinticuatro horas después de que su presidente calificara lo ocurrido de «ataque a la integridad territorial de España». De modo que sufrimos un ataque cuyo autor, según el Gobierno, no existe. Alguien tendrá que explicar cómo se ataca la integridad territorial de un país por generación espontánea.
Mientras tanto, el ministro Óscar Puente celebraba en redes «otra crisis más que resuelve Pedro Sánchez» y el presidente publicaba su lista de canciones del verano camino de La Mareta. La banda sonora de su verano, el mismo día en que el Ejército custodiaba nuestros supermercados. No encuentro palabra menos gruesa que indecencia para describirlo. Con este historial, no me sorprende la pitada que recibieron a las puertas del Palacio Autonómico: quien no quiera oír silbidos que no llegue tarde a un funeral de ochenta personas.
Los que vienen a hacer caja
El sábado llegaron además, en persona, el grupo Núcleo Nacional —al que este periódico ha descrito como neonazi— y Alvise Pérez con Vito Quiles, a manifestarse por una supuesta reconquista de la ciudad. En el puerto llegaron a amenazar a periodistas por grabarles. No estuvieron aquí el jueves, ni el viernes de madrugada, ni cuando la Guardia Civil sacaba cuerpos del agua. Aparecieron cuando lo peor había pasado y las imágenes ya valían dinero.
Quienes de verdad les plantaron cara fueron los ceutíes. Cientos de vecinos llenaron la plaza de los Reyes gritando que Ceuta unida jamás será vencida. Y frente al bar donde estaban, un grupo de ceutíes de origen marroquí —españoles, vecinos, gente que llevaba dos días sufriendo esto como todos— les increpó con una frase que debería enmarcarse: «No te equivoques, yo estoy en mi país». Esa es la ciudad, y no la que ellos vinieron a filmar. Que no vuelvan.
Tarde y mal
Esas son las tres palabras. Las entradas explotaron sobre las nueve de la mañana del jueves y los Regulares no llegaron hasta las ocho de la tarde. Los refuerzos policiales no se anunciaron hasta el viernes. Las boyas estaban disponibles desde el 8 de julio. Se rechazó la oferta europea de desplegar Frontex. Y cuando por fin se reaccionó, la prioridad no fue resolver la crisis, sino vender que estaba resuelta. Si así se responde a una crisis anunciada, conviene preguntarse qué ocurrirá el día que la crisis no se anuncie.
Y déjenme terminar por donde de verdad hay que terminar. En cuarenta y ocho horas esta ciudad ha visto morir a ochenta personas, ha perdido su feria, ha cerrado entera durante un día, ha aguantado el miedo y ha visto llegar a los buitres. Y lo que yo he visto en la calle han sido vecinos comportándose con una entereza que no sé si se habría dado en otros sitios. Los que se han cubierto de gloria estos días no llevan escolta ni comparecen ante los medios. Viven aquí.
Somos ochenta y cinco mil en dieciocho kilómetros cuadrados, esa aldea irreductible a la que cada cierto tiempo alguien decide convertir en moneda de cambio. Que quede claro por si en Madrid, en Rabat o en Bruselas hay dudas: Ceuta es España. Y estos días, probablemente, la parte de España que más lo ha demostrado.






