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Apuesto por soñar

En este mundo frío donde la gente muere de soledad sin que nadie se dé cuenta, no nos saludamos ya porque desconocemos los nombres de nuestros vecinos. Olvidamos las normas de cortesía que nos enseñaron nuestros mayores y si vamos en coche transmutamos en asesinos en serie. La época no cambia absolutamente nada, excepto quizás el ritmo de las compras. Pero dado que ahora tenemos internet para todo, no ojeamos el catalogo de la Biblioteca Nacional, ni exploramos los descubrimientos científicos, sino que usamos la IA para trampear los exámenes y los trabajos escolares. Hemos avanzado grandes pasos hacia el precipicio que enfilamos cuando descubrimos que se puede comprar casi todo. El alma como no se ve, se queda dormida, olvidada y quieta hasta que nos llegan los desastres existenciales y entonces acudimos a los libros de autoayuda y las series de Netflix. La ansiedad ha venido a instalarse a casa, junto con el Shein y el TikTok. Vivimos la vida de los influencers porque creemos a pie juntillas que ellos trabajan en lo que nosotros querríamos, todo el día de jolgorio en jolgorio sin estirar la pata. Envidiamos la salud ajena, la delgadez que mata, el dinero que no cesa, nunca la buena voluntad, los amigos verdaderos, ni ese Amor que lo llena todo.

Antes teníamos lo justito, pero éramos más nosotros. Disfrutábamos con un pastel como si fuera fiesta, que probablemente lo era. Un día de campo, de playa, no necesitaba ni siquiera un balón. Ahora si no vamos pertrechados de todo, no damos un paso. Tenemos un ranking de bolsas de todo tipo, para no gastar en bolsas de plástico cuando los pobres mares ya están asfixiados con nuestra dejadez y nuestros palomares. Valiente regalo envenenado vamos a dejar a los que nos sigan, si es que pueden despegar los ojos de sus aparatos electrónicos. Ya no somos nada sin un cargador, una potencia externa -llámese como quieran- porque los tiempos corren en nuestra contra y nos hacemos mayores a ritmo de verbena. No somos quienes fuimos, ni los que seremos porque nos hemos acompasado al tiempo y solo vemos lo que queremos, extrañas criaturas que se consuelan con trabajar para comprar y comprar para no acordarse de lo que han tenido que trabajar. Antes los cielos eran azules y las tardes paseadas y los pies no corrían 10000 pasos, sino hasta la casa de tu amiga, al colegio, al mercado con tu madre o a mirar quién te decía “bonita” para ponerte colorada.

La vida era de una simplicidad tremenda sin instrucciones de Google que dan la tecla, cierto, pero quitan ese intrépido entusiasmo de aprender de tus errores, de hacerte chuletillas a mano alzada o a meterlas en la barriga trasparente del bic rezando para que no te cogieran.

Yo nunca hice chuletas por mi propia idiosincrasia, por cagueta, vamos. Pero los que lo hacían rebuscaban para sacar tiempo, no de estudiar, sino de elaborar fórmulas aún más complicadas para no tener que hacerlo. Los uniformes picaban, los calcetines se caían, las piernas eran velludas y rasposas, las bragas llegaban casi al ombligo y de relaciones sexuales ni se hablaba porque no existían. Eran puramente tabú y punto. Los niños venían de detrás de las cortinas, de las ventanas cerradas, de los alientos a sombra, de los susurros y de las moscas. Cuántas moscas. Ahora si vas a comprar un insecticida hay decenas, para todo, como los champús y los desodorantes. De las cremas de belleza ni les cuento.

En este mundo frío de soledades ambiguas y compañerismos laborales, queremos que nos quieran sin darnos, que nos conozcan por nuestras redes sociales y nos valoren por lo que enseñamos en ellas.

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