La clase política sigue debatiendo la fórmula para disponer de una infraestructura que sirva de acogida a todo aquel que está en la calle. Personas a las que, de la noche a la mañana, se les ha truncado la vida hasta verse sin un techo, sin dinero y sin familia o amigos que les echen un cable.
La construcción de un albergue ha sido la promesa incumplida durante años. Ahora, ese debate termina bloqueado, atrapado en enfrentamientos políticos y amenazas de judicializar su puesta en marcha.
Mientras tanto hay gente que vive en la calle. Personas con sus problemas, con sus propios accidentes vitales, que tienen que dormir en un banco, esconderse en alguno de los bienes abandonados que hay en Ceuta o usar la playa como cobijo.
Aquí no estamos para juzgar cómo alguien termina así, sobre todo porque la vida tiende a repartir tortas y mañana puede que seamos nosotros los que nos veamos sin nada.
Ceuta debe tener con la mayor urgencia debida un albergue en funcionamiento para no toparnos con auténticos dramas sociales de hombres y mujeres expuestos a los peligros de la calle y necesitados de la caridad.
Nadie en su sano juicio quiere verse así, pidiendo para alimentarse o sin los recursos más básicos de higiene para no perder la dignidad.
Se han priorizado otros gastos e inversiones erráticas sin que duela el despilfarro del dinero público. En cambio, no se ha permitido poner en marcha la obra más justa con una sociedad que arrastra este tipo de fracasos.
Ceuta urge un albergue, acelerar su puesta en marcha, disponer de recursos para que nadie tenga que dormir en la playa, a las puertas de un cajero o entre cartones escondido como si fuera un delincuente.






