Paradójicamente, mientras las cabeceras de los principales medios internacionales se anclan en otros conflictos, la República del Sudán franquea la que es contemplada la mayor crisis de desplazamiento. El estado africano se ha sumergido en una guerra catastrófica que ha dejado miles de fallecidos y millones de desplazados. Y lo que se inició como un repique de poder, se ha erigido en un desastre humanitario de dimensiones grandiosas, con violencia étnica, quebrantamientos mayúsculos y una urbe al filo de la hambruna.
Dicho esto, con unas connotaciones preliminares que siente las bases de lo que realmente sucede, desde el 15/IV/2023, Sudán vive una guerra civil entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) dirigida por Abdel Fattah Abdelrahman Burhan, también conocido como Abdelfatah al Burhan (1960-65 años), y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR o RSF) capitaneadas por Mohamed Handan Dagalo (1974-51 años), distinguido como Hemedti. Ni que decir tiene que este laberinto bélico, fundamentalmente en la capital Jartum y en la demarcación de Darfur, tras virulentos combates las RSF se han hecho con el control de la amplia mayoría de la zona.
Aproximándome en el tiempo, en octubre de 2025, el escenario alcanzó su punto máximo con el desmoronamiento de El Fasher, el último enclave significativo en Darfur bajo la intervención del ejército. La toma de esta localidad ha sido flanqueada de crímenes masivos y con informes que superan los dos mil civiles ejecutados en cuarenta y ocho horas. El furor vehemente es tan elevado que los lunares de sangre en la superficie son perceptibles desde los satélites.
Pero para percatarnos de la raíz de este enfrentamiento habría que referirse a los líderes mencionados anteriormente, ambos militares participaron en el golpe de Estado de 2019 que depuso a Omar Hasán Ahmad al Bashir (1944-81 años), quien rigió el país durante cerca de tres décadas.
En principio, convinieron una especie de transición hacia una administración civil, pero ese objetivo de ningún modo se plasmó. Las tiranteces saltaron por los aires cuando se quiso incluir a las RSF dentro de las Fuerzas Armadas, lo que habría comportado que Hemedti viera frustrada su autoridad independiente.
Pero antes, las RSF resultaron del ejército paramilitar Janjaweed, autores del genocidio en Darfur entre los años 2003 y 2005, respectivamente, donde perdieron la vida en torno a trescientos mil individuos. Estas facciones perpetraron barbaridades sistemáticas contra las comunidades zaghawa, masalit y fur, englobando asesinatos en masa, violaciones y devastación de poblados. Entre tanto, Hemedti dispuso su riqueza regulando minas de oro en Darfur.
Conjuntamente, varias potencias extranjeras esconden intereses en el conflicto. Fijémonos brevemente en el Reino de Arabia Saudí y la República Árabe de Egipto que respaldan al ejército sudanés, mientras que Emiratos Árabes Unidos es tachado por Naciones Unidas (ONU) de proporcionar armas avanzadas, incluidos drones chinos, a las RSF. Esta actuación externa ha convertido a Sudán en un campo de batalla regional donde la paz parece inadmisible.
De todo ello, quedaría por encajar en las piezas de este puzle la réplica o manifestación internacional, donde no son pocos los que se atreven a calificarla de despreciablemente exigua. Estados Unidos y otras naciones han pretendido intervenir sin resultado alguno. Amén, que el Consejo de Seguridad de la ONU determinó poner el punto y final al mandato de la Misión Integrada de Asistencia para la Transición (UNITAMS) de las Naciones Unidas en Sudán, sin que milite una mínima sospecha de opción.
Sin soslayar, que algunos países prosiguen infringiendo el embargo de armas aplicado por la ONU en Darfur, posibilitando que ambos bandos continúen compitiendo.
En otras palabras que sirvan para avistar en una instantánea sucinta lo que está acaeciendo en Sudán: esta guerra constituye un indicativo sobre los conflictos por venir: múltiples factores externos alimentan la violencia, los intermediarios habituales naufragan y la paz resulta inaccesible. Y entre tanto abatimiento hay que hacer alusión a cinco variables intervinientes: víctimas mortales, desplazamientos masivos, hambruna, violencia sexual y violencia étnica.
“He aquí la mayor emergencia humanitaria del mundo, donde su población se siente relegada y la nación se sumerge en una espiral de violencia y sufrimiento indefinidos”
Primero, según Naciones Unidas, entre el mes de abril de 2023 y el mes de diciembre de 2024, más de veintisiete mil personas civiles perecieron, aunque la cifra real se valora superior. Tan solo en el primer tercio del año presente se justificaron al menos tres mil trescientos ochenta y cuatro fallecimientos de civiles, con corta diferencia el 80% de las víctimas civiles del año anterior en seis meses. Otros filtros evalúan más de ciento cincuenta mil defunciones concernientes al conflicto.
Segundo, casi trece millones de sujetos han sido obligados a abandonar sus casas. De estos, poco más o menos, nueve millones son desplazados internos y cerca de cuatro millones han atravesado los límites fronterizos en dirección a territorios próximos, principalmente, Sudán del Sur, Egipto y Chad. Obviamente, esto convierte a Sudán en la mayor crisis de desplazamiento. O lo que es igual: uno de cada trece refugiados es de origen sudanés.
Tercero, cerca de veinticinco millones de sudaneses, la mitad del conjunto poblacional, afrontan una embarazosa incertidumbre alimentaria. En el campo de desplazados de Zamzam, en Darfur, la ONU ratificó situaciones de escasez de alimentos. Y por si fuera poco, los combates han pulverizado tres cuartas partes de las infraestructuras de salud en los sectores dañados.
Cuarto, la violencia sexual se emplea como arma de guerra de manera metódica y extendida. Amnistía Internacional documentó la violación de numerosas mujeres y niñas entre los años 2023 y 2024, mientras que Human Rights Watch contrastó otras tantas de entre siete y cincuenta años en el estado de Kordofán del Sur. UNICEF extrajo doscientos veintiún episodios denunciados de violación de menores en 2024, incluidos niños menores de cinco años y cuatro bebés menores de un año.
No obstante, las organizaciones concuerdan en que estos números representan una proporción mínima del contexto, ya que las víctimas no lo delatan ante la amenaza al estigma, los desagravios o la dificultad de acceder a las autoridades. Los crímenes abarcan violaciones particulares y en masa, sumisión sexual durante semanas o meses y excesos como el castigo o la represalia.
Y quinto, las arremetidas de las RSF se encaminan primordialmente contra comunidades africanas no árabes. La ONU ha informado de la progresiva limpieza étnica y genocidio, semejante a lo acaecido hace dos décadas en Darfur.
Quizás, esta sería la parte conclusiva de este pasaje, pero adelantándome a lo que seguidamente fundamentaré, a pesar del alcance de la crisis, Sudán es uno de los conflictos más omitidos.
La deferencia internacional es exigua, la financiación humanitaria irrisoria y millones de personas lo soportan en el mutismo total , mientras el mundo aparta su mirada a otro lado. Y las víctimas son almas que parecen ser ilusorias a criterio de muchos. Llámense familias desplazadas, mujeres violadas, niños y niñas incorporadas como soldados, ancianos ajusticiados en sus hogares, comunidades anuladas del mapa, etc. Con lo cual, quiénes lo saben por el cargo que ostentan tienen el deber moral de proceder, impedir la oleada de armas y avalar el auxilio de la población, porque lo que pasa es una crisis humanitaria en toda regla. Son vidas humanas aniquiladas por la codicia del poder y la pasividad meditada por unos cuantos.
A día de hoy, más de treinta millones de sujetos, o lo que es igual: dos tercios de la población, entre ellos dieciséis millones de niños, demandan ayuda apremiante. Asimismo, cerca de veinticinco millones sufren hambre aguda y en el norte de Darfur y en las montañas Nuba orientales se han encontrado entornos de hambruna.
Del mismo modo, los brotes de padecimientos y las alteraciones climáticas dificultan todavía más este paisaje.
No cabe duda, que las entidades humanitarias ofrecen ayuda, pero la inestabilidad, unido a la logística y la carencia de fondos problematizan su actividad, fundamentalmente en regiones apartadas. Si la entrada de ayuda humanitaria no prospera, las arduas condiciones se agudizarán más. Sudán precisa de un compromiso internacional continuado y una respuesta conjugada.
En base lo expuesto previamente, podría hablarse de agentes externos que obtienen tajada. O séase, cada bando es apuntalado por estados que persiguen ganancias, como la adquisición de oro o la concesión de un puerto en el Mar Rojo. Mientras que el ojo de la opinión pública se ubica en las guerras de Ucrania y en el alto al fuego artificioso de Gaza, Sudán vive sumido en un conflicto interno sin que el mortífero combate aparente adquirir un final a corto plazo.
Desdeñada por la mayor parte del mundo, la guerra civil en Sudán cuenta con la intromisión de diversos actores que suministran refuerzo militar a cada grupo y, a su vez, se sirven del conflicto, aventajando sus intereses respectivos a los daños humanos y la fluctuación en la que se halla hundida la nación africana.
El figurante internacional al que lógicamente se le asigna mayor incumbencia por cebar el conflicto es Emiratos Árabes Unidos (EAU). Los incitadores de las FAR obtienen armas y pertrechos de EAU, a la vez que los emiratíes se lucran del oro sudanés que llega a Dubái a través del contrabando desplegado por diversas compañías.
A este tenor, tanto los rebeldes como las FAS, recurren al oro para obtener armas, son las Fuerzas de Apoyo Rápido las que exhiben la supremacía en esta carrera armamentística: tras la independencia de Sudán del Sur en 2011, Jartum vio dilapidada la vía a sus reservas de petróleo, lo que indujo a un aumento en la minería del oro. A la par, las FAR arrebató el control de las minas productoras de Jebel Amir y con ello una proporción sustancial de la producción de oro en Sudán que sin descartar las tramas habidas con el Gobierno, exportan clandestinamente, básicamente a EAU.

La realidad es que mientras la disyuntiva en Sudán degenera, EAU sigue explotando a los distribuidores de oro, a cambio de armas, drones y administración médica. Este funcionamiento, según fuentes oficiales estadounidenses, europeas y de diversos estados africanos, forma parte de una maniobra supuestamente humanitaria materializada desde un aeródromo y hospital, ambos emplazados en la República del Chad, limítrofe con Sudán. Ya a mediados de 2023, los agentes de la República de Uganda localizaron rifles de asalto y munición en un avión procedente de los Emiratos que pilotaba en dirección a Chad, aparentemente trasladando bienes humanitarios.
Posteriormente, durante una reunión del Consejo de Seguridad celebrada el 18/VI/2025, el embajador de Sudán reprobó a EAU por asistir a los rebeldes militares, haciendo una llamada a seis pasaportes emiratíes que se encontraron en Jartum, en una acción conjunta consumada por las FAR. Amén, que el diplomático emiratí consideró estas indirectas como grotescas, destacando la tarea humanitaria que cumple su país.
De igual forma, la guerra de Sudán predispone una encrucijada para la organización paramilitar rusa, el Grupo Wagner, de agrandar su disposición en Sudán. Recuérdese al respecto, que antes del conflicto esta estructura acarreaba un propósito en la expoliación de oro en Darfur. Tras la fulminación de la guerra en Sudán se valió para facilitar soporte a las FAR desde el Estado de Libia, Chad y la República Centroafricana, con asistencia de combatientes y mercenarios a su servicio.
La colaboración no solo se convirtió en el envío de facciones, sino igualmente de munición e incluso Sistemas de Defensa Antiaérea Portátiles. Es imprescindible no dejar en el tintero que el Grupo Wagner trabaja con EAU en el tráfico de oro y dispone de su apoyo económico. Pese a ello, su patrocinio a las FAS se ha visto aminorado desde la muerte de su líder en las postrimerías de 2023.
El posicionamiento de Moscú parece no mantener justamente el mismo rumbo. La Federación de Rusia intenta asentar una base naval en Puerto Sudán, en este momento dirigido por las Fuerzas Armadas. Por ello, en los últimos meses se ha girado más por el respaldo a Abdelfatah al Burhan, debido a una proposición a este puerto.
De hecho, Yasir al-Atta (1962-63 años), integrante del Consejo Militar, manifestó encontrarse preparado para dar luz verde al levantamiento de un “centro de suministros logístico” en Puerto Sudán, a cambio de una provisión de armas y munición de Rusia. Pero este no es el único fin: con este salto estratégico, Moscú busca congelar las lazos del Consejo Militar de Transición con Ucrania que ha estado abasteciendo de drones a las FAS, así como encauzando intervenciones contra mercenarios rusos en el espacio sudanés.
Por supuesto, las atracciones en la guerra civil sudanesa no concluyen aquí. La República Árabe de Egipto ha provisto de apoyo aéreo y drones a las FAS, aunque de manera específica. Los malestares entre El Cairo y la República Democrática Federal de Etiopía desde la edificación de la Gran Presa del Renacimiento etíope se acrecentaron marcadamente, porque conjetura una amenaza para el racionamiento de agua de los egipcios. El Cairo quiere aumentar su influjo y conseguir que las FAS fortalezcan su poderío en Sudán, cuyo peso geoestratégico frente a Adís Abeba es considerable.
En cambio, Estados Unidos reivindica que se instaure un régimen liberal en Sudán, para lo que ha elevado su talante diplomático en la comarca. Así, John Godfrey, en veinticinco años se convirtió en el primer embajador americano en Jartum.
Washington desconfía que el estado se maneje por fuerzas antioccidentales y es remiso a la creación de una base naval rusa. También, Estados Unidos contempla que la ampliación del conflicto abrigaría resultados negativos en la seguridad del Mar Rojo, así como otorgar la propagación del terrorismo desde la República de Yemen y la República Federal de Somalia en un Sudán claramente fluctuante. Para sortear este escenario, la administración estadounidense se ha puesto manos a la obra con sanciones a varias compañías y sujetos gravitando en uno u otro bando.
Como se ha podido distinguir a lo largo de estas líneas, lo que a primera vista se muestra como un conflicto civil entre dos bandos militares, enmascara múltiples intereses internacionales con diversas aristas.
La incógnita indiscutible aflora cuando estos intereses, sobre todo de carácter económicos, geoestratégicos y geopolíticos, se aúpan por encima de las valoraciones humanitarias de la guerra. Es incuestionable, que países como EAU que se muestra como imparcial e incluso consignatario de ayuda humanitaria, favorece el conflicto y aviva la guerra entregando provisiones a algunos de los bandos.
Al igual de irrebatible que la ONU y los actores occidentales, lo tienen bastante escabroso para interponerse: Abu Dabi no solo contradice cualquier complicidad directa en el conflicto, sino que presume de su condición extraordinaria producto de sus reservas de petróleo, su notabilidad diplomática en el conflicto de Israel-Palestina y su trascendencia estratégica para neutralizar a la República Islámica de Irán.
Es inexcusable que los líderes de las diversas potencias mundiales sean reflexivos del infortunio humanitario a gran escala que deriva en Sudán y que ello promueva un cambio de paradigma en su accionar. De lo contrario, será inverosímil que la guerra finalice, pues las certezas acreditan que la mediación internacional interesada en el conflicto no hace más que agigantar la violencia y espolear la soflama de un combate que cada jornada se lleva a más inocentes.
Curiosamente, los combatientes que asolan Darfur se encuentran mejor blindados, preparados y financiados. A ello hay que añadir, el contrafuerte de uno de los estados más ricos del territorio (EAU) y que es aliado de Estados Unidos, cuando el régimen emiratí desmiente ayudar a alguno de los bandos.
En la guerra anterior los paramilitares combatían a favor del ejército sudanés. Hoy, las FAR pugnan a la milicia nacional en una acometida que de lleno a descuartizado el país y causa según los indicadores, la peor crisis humanitaria. Sus fuerzas han perpetrado barbaries que Naciones Unidas señalan crímenes de guerra y otras administraciones la juzgan de genocidio.
“Mientras el oro, las disputas geopolíticas y la opresión étnica son la punta de lanza en Sudán, la consternación no cesa en el mayor éxodo interno registrado”
Otro matiz que no ha quedar en el tintero es que hasta 2011, Sudán subsistía esencialmente de las reservas de petróleo de los Estados de Unidad y Alto Nilo, establecidos en el ahora Sudán del Sur. Aquel año, tras seis décadas inacabables de guerra civil, esta comarca aprobó su independencia y se llevó la mayor parte de los yacimientos petroleros. Estos obtenían alrededor del 75% del crudo de lo que hasta ese intervalo había sido la totalidad de Sudán.
Despojado de su recurso natural más beneficioso, el aún presidente del país, al Bashir, reforzó la dependencia de la economía sudanesa de la explotación de las minas de oro. Por aquel entonces, este recurso significaba un ingreso secundario.
En 2012, el Banco Central de Sudán ratificó una ley que exigía derivar la circulación del oro hasta la capital. O lo que es igual: el metal precioso no podía ser enviado si antes no transitaba por Jartum y se comerciaba al coste que decretaba el Gobierno. Esta fórmula se rompió en muchas momentos por el presidente Al-Bashir, que habilitó el establecimiento de itinerarios de exportación del oro comparables a las oficiales. Al igual que a integrantes de su Dirección, de la extracción ilícita favoreció a una empresa emparentada con los paramilitares del Grupo Wagner y otra engranada con la familia de Hemetti.
Es así, como ambas facciones aliadas del Gobierno, se vieron agraciadas económicamente por su régimen. Y pese a que en 2019 el dictador se dejó llevar por otros asuntos evaluando el alejamiento del sostén de las FAR y del ejército, los parientes de Hemetti conservaron su autoridad sobre una parte valiosa de los yacimientos de oro. Un hegemonía que aún exhibe y por el que se alarga la gentileza de EAU.
Finalmente, en este galimatías es preciso subrayar el protagonismo de EAU. Siendo una de las cuatro naciones propuestas en 2023 por la ONU y la Unión Africana para intermediar y lograr un compromiso de paz que ataje la guerra en Sudán, la petromonarquía árabe lleva años estribando a las FAR de Hemetti. Ciertamente, con ingenio sabe jugar sus cartas bajo la manga.
Desde el comienzo de la conflagración, el presidente de EAU, Mohamed bin Zayed Al Nahayan (1961-64 años), ha realizado diversas apelaciones a la paz y la estabilidad. Simultáneamente, se repite una y otra vez su provecho proveniente del tráfico encubierto de oro, al igual que surte de mercenarios colombianos a las FAR.
En consecuencia, Sudán sumido en la mayor emergencia humanitaria del mundo, su población se siente relegada y la nación se sumerge en una espiral de violencia y sufrimiento indefinidos. Una consternación que no cesa con los mismos métodos adoptados en el genocidio de Darfur y el mayor éxodo interno en ningún tiempo registrado a nivel global.
Mientras, el oro, las disputas geopolíticas y la opresión étnica son la punta de lanza para comprender exactamente lo que está aconteciendo en Sudán. Y como no podía ser de otra manera, el control de los yacimientos de oro por parte de la guerrilla y sus operaciones con EAU, se atinan en el ojo del huracán del conflicto.







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